- ámbito
- Edición Impresa
Miguel Ocampo celebró los 90 años en plena creatividad
«Rojo invierno», óleo de 162 x 130 cm de Miguel Ocampo que el artista realizó en París en 1965.
Con gran sabiduría una vez escribió que en sus inicios y con los compañeros de su generación constituyeron «la nueva pintura», «las formas emergentes», «las nuevas tendencias». Sintieron que arrasaban con la historia.
Más adelante arrasó el informalismo y otros ismos con los que se embanderaron. Aparecieron la «action painting», el «op art», el «hard edge», el «pop art», el «minimalismo», la «bad painting». Vino «la muerte de la pintura» y su resurrección. Reconoció que todas esas modas le fueron útiles, ya que en ellas está implícito el cuestionamiento permanente de su quehacer pictórico.
Pero Ocampo eligió lo interior, lo propio. Así ha pintado toda su vida. Goza con el color conseguido, con la forma, no importa si se trata de paisajes como el famoso cuadro «Invernáculo» realizado en París en 1949, las abstracciones a las que va a llegar influenciado por la obra de Klee y ese año 1952 que reunirá en la galería Viau de Buenos Aires a los concretos y a otros artistas no menos sensibles pero que se caracterizaron por sus vibraciones cromáticas: Aebi, Fernández Muro, Sarah Grilo y a los que más adelante se unirán Kazuya Sakai y Clorindo Testa.
El crítico Ernesto Rodríguez señaló entonces que «en las obras no representativas , ceñidas a los valores plásticos de la línea y del color, se ve al poeta que hay en Ocampo, destacando la unión del ojo sensible y el ojo analítico». Pero hay una constante en Ocampo: mirar su obra, no importa el período , deja una sensación de paz.
En París 1961-66, tarea de diplomático, de arquitecto pero sobre todo pintor. Vendrá el período puntillista donde no queda un centímetro del soporte sin cubrir, consigue un dinamismo, una corriente de fuerzas que se expande por toda la superficie.
Vendrán esos «desnudos», curvas orgánicas del cuerpo humano femenino, formas onduladas, sensuales, transparencias y que según el artista, utilizó como elemento abstracto.
Años de Nueva York entre 1969 y 1978. Los críticos usaban entonces un lenguaje muy específico para referirse a su sutileza, a sus líricas imágenes, a sus susurrantes tonos.
«El tema de mi pintura es la ambigüedad, no por la ambigüedad en sí misma, su función es darle estímulo a la imaginación, a la ilusión, una ventana abierta a la fantasía». Estos pensamientos fueron recogidos por Rafael Squirru en un libro sobre el artista «Ensayo Crítico Biográfico» , publicado en 1986 del que también extraemos lo siguiente: «en mis dos últimos años pinto con más tiempo, con libertad, sin compromisos, ni siquiera conmigo».
Una constante en este gran señor en la pintura y en la vida es su deleite ante los detalles de una rama de mimbre que describe en su cuaderno de Bitácora: «mimbre seco, solo, sobre fondo negro, acentos morados y verdes, ángulo sup. izq. blanco».
Así de simple y así de intenso, Ocampo pinta lo que ve, lo que lo rodea, puede interpretar la noche, el agua, la luz de la tarde, el vibrar de una hoja, el temblor de una rama, los colores de la naturaleza. Cuando cumplió 80 años y en ocasión de una muestra en el Centro Cultural Recoleta dijo: «Quisiera que estos trabajos significasen mi gratitud a la ilusión y ganas de seguir pintando». Aún lo hace.


Dejá tu comentario