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Mil y un modos de burlar la censura de prensa en Cuba
Como no pertenecen a la prensa oficial, y son vigilados y acosados por el castrismo, estos periodistas publican sin los recursos más elementales: algunos no tienen ni teléfono, menos todavía un celular o acceso a internet (mientras el sueldo de un médico es de u$s 20, un aparato de celular se paga u$s 85 y su habilitación, otros u$s 65; la hora de internet en un cibercafé sale u$s 7). «Por eso es que la mayoría envía notas cortas, subidas apresuradamente», dice desde sus oficinas en Florida, EE.UU., el cubano Hugo Landa (54), director de Cubanet News, quien contestó por correo electrónico las preguntas de este diario.
Periodista: ¿Cómo comenzó Cubanet.org?
Hugo Landa: Cubanet fue fundada por Rosa Berre, con la participación de su esposo Carlos Quintela, y otros amigos, en 1994. Tanto Rosa como Carlos eran periodistas profesionales en Cuba y, desencantados del régimen, estuvieron entre las más de diez mil personas que se asilaron en la Embajada del Perú en La Habana en 1980. Ambos murieron sin regresar jamás a la isla. Rosa dirigió Cubanet hasta su muerte en 2006 y tuvo la visión de comprender que internet podía ser un arma poderosa para romper el bloqueo informativo. Tenía contactos y amistades en el mundo del periodismo en la isla y supo que había gente que, a pesar del riesgo, quería escribir y contar su versión de lo que estaba sucediendo. Después de la caída del Muro del Berlín, con la disolución de la URSS y el corte de los subsidios a la isla en 1992, la gravedad extrema hizo que, a pesar de la represión, el periodismo perdiese más el miedo y actuase con mayor osadía.
P.: ¿Cómo hace Cubanet para llegar a los lectores dentro de la isla?
H.L.: Tenemos un promedio de 30.000 visitantes diarios. Para los cubanos el acceso a internet es casi nulo y nuestro sitio está bloqueado en los servidores de la isla. Por eso es que enviamos un boletín electrónico diario con el texto íntegro de lo publicado en la página a miles de lectores, algunos en Cuba (el sitio está bloqueado en los servidores cubanos, y bajar un correo implica menores costos que navegar en la red). También publicamos impresos que introducimos en la isla por diversas vías.
P.: Al ser disidentes e independientes, los periodistas no reciben subvención o empleo del Estado castrista. ¿A ustedes les pagan?
H.L.: Cubanet les envía mensualmente una modestísima cantidad de dinero, en dependencia de lo que escriban, para que puedan sobrevivir y, en muchos casos, pagar el acceso a internet. Es más una ayuda, para que puedan subsistir y seguir trabajando que una «paga».
P.: ¿Esto no los «marca» para ser perseguidos por el régimen?
H.L.: Son valientes todos. Incluso, inmediatamente después de la «Primavera Negra», los que no fueron encarcelados continuaron escribiendo y firmando los reportes con su propio nombre, además de que surgieron nuevos periodistas. En los 90 y principios de los 2000, los periodistas leían el material por teléfono, se grababa y luego se transcribía. Más tarde algunos lograron enviar faxes. En la actualidad, casi todo se recibe a través de correo electrónico. Los periodistas acceden a internet en varias embajadas solidarias que les permiten usar las computadoras. Aclaro que ni una sola pertenece a nuestros «hermanos países latinoamericanos».
P.: Con la llegada de Raúl Castro a la Presidencia, ¿se ven cambios hacia el periodismo opositor?
H.L.: Todo parece indicar que las tácticas represivas del Gobierno han cambiado, quizás debido al alto costo político y mala prensa mundial de los hechos de la «Primavera Negra» (además de sanciones de la Unión Europea) y al fracaso, ya que no pudieron ahogar la disidencia y la prensa independiente como pensaron. Desde hace un tiempo, se limitan a hostigamientos y detenciones frecuentes, seguidas por liberaciones en pocas horas o días, mitines de repudio por parte de brigadas paragubernamentales, presentados como «actos espontáneos del pueblo revolucionario».
P.: ¿Cómo ve el caso Hilda Molina, que se ha convertido en una causa prioritaria para los Kirchner?
H.L.: Callar lo que hace el régimen, para no incomodar a los Castro, no ayudaría. El escándalo Molina al menos sirve para que el mundo no ignore -aunque muchos quieran hacer la vista gorda y seguir hablando de los logros de la revolución- que en Cuba hay una dictadura que retiene a once millones de ciudadanos como rehenes, que no pueden salir ni entrar a su propio país sin un permiso del Gobierno. Son 11 millones de cubanos que están bajo prisión domiciliaria.
Entrevista de Carolina Barros


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