3 de diciembre 2008 - 00:00

"Milk", la gran tragedia homosexual, camino al Oscar

Sean Penn da vida a Harvey Milk, el primer político estadounidense en declararse homosexual, y VictorGarber al alcalde de San Francisco, ambos asesinados por el mismo hombre.
Sean Penn da vida a Harvey Milk, el primer político estadounidense en declararse homosexual, y Victor Garber al alcalde de San Francisco, ambos asesinados por el mismo hombre.
Nueva York - Treinta años antes que Barack Obama, Harvey Milk disertó sobre la « esperanza» con un collar de flores al cuello, en el Día de la Libertad Gay de San Francisco. «Sin esperanza, no sólo los homosexuales, sino los negros, los ancianos, los discapacitados y toda la gente que no se considera útil acabará claudicando», proclamó Milk ante 250.000 seguidores en aquel verano histórico del 78.

Tres meses después murió asesinado. No fue un magnicidio a lo Martin Luther King, sino más bien una vendetta. Dan White, ex policía y veterano del Vietnam, perturbado por sus fracasos políticos, decidió tomarse la justicia por su mano y mató primero al alcalde George Moscone y después a Harvey Milk en su despacho de concejal de distrito, a poco de haberse convertido en el primer funcionario electo en hacer bandera de su homosexualidad.

«Si una bala me abre la cabeza, dejen que esa bala destruya las puertas de todos los closets», dijo el mártir de la causa gay en una grabación premonitaria, la misma que se escuchan en los primeros fotogramas de «Milk». Gus Van Sant (el director de «Elefante», «Paranoid Park») orquesta la tragedia anunciada como si fuera una ópera, y Sean Penn pone toda la carga personal y social en una partitura que suena ya poderosamente para los Oscar.

El destino puso un decorado muy real a «Milk», la película. California dijo «sí» a la Proposición 8 que prohíbe los matrimonios gays en el Estado, tres décadas después de aquella Proposición 6 contra la que luchó Harvey Milk y que pretendía purgar a los profesores homosexuales de los colegios públicos.

Por unos minutos, realidad y pantalla se funden en un solo plano. La cruzada moral de Anita Bryant, precursora de Sarah Palin, sacude la platea. Y el público se pone de pie para celebrar el triunfo de la tolerancia, que al cabo de los años ha vuelto a estrellarse contra el muro de la hipocresía. «Hemos avanzado mucho desde entonces, pero para mí el matrimonio gay es el último bastión legal», admite Van Sant, encantado de que la película se haya convertido en arma política, ahora que la decisión final volvió a los tribunales y llegará muy posiblemente hasta la alfombra roja del Teatro Kodak.

El estreno de «Milk» sirvió como acicate a una nueva generación que tan sólo conocía de oídas la leyenda del «alcalde de Castro Street», emblema del barrio que se convirtió en refugio y resistencia para miles de homosexuales, acosados día y noche por la policía. El teatro Castro volvió a convertirse estos días en el epicentro reivindicativo.

Exactamente igual que en aquella larga marcha en la que 30.000 ciudadanos lloraron la muerte de Harvey Milk por San Francisco. Sean Penn, en uno de los tres papeles de su vida (junto a «Mientras estés conmigo» y «Río místico»), echó más leña a la hoguera política, condenando la «ignorancia histórica» del 52% de los californianos que negó a los homosexuales el derecho a casarse. Penn puso también a su personaje en contexto: «Milk hubiera puesto el Sida sobre el tapete, y Ronald Reagan no hubiera tenido más remedio que afrontar el tema bastante antes. Mucha gente murió de Sida porque él murió demasiado pronto».

Harvey Milk tenía 48 años en el último acto de su vida. La noche anterior vió «Tosca», de Puccini, y en el jefe de policía Scarpia creyó distinguir el rostro de su asesino. Josh Brolin da vida a Dan White, el concejal venido a menos, cuya presencia inquietante se va apoderando del entusiasmo natural de Harvey, consciente tal vez de haber llegado demasiado lejos.

«Jamás conseguiremos nuestros derechos si nos quedamos silenciosamente en el closet; no avanzaremos si no combatimos las mentiras, los mitos, las distorsiones...». La prodigiosa mutación de Harvey Milk -de vendedor de seguros y analista de Wall Street a activista social-se produce en apenas ocho años.

«Acabo de cumplir los 40 y no he hecho nada de lo que pueda sentirme orgulloso en la vida», le confiesa en el primer encuentro a su compañero Scott Smith (James Franco). La pareja hace las valijas, se deja el pelo largo y se instala en el 575 de Castro Street. La casa de fotos serviría de tapadera para el conciliábulo político. «Me llamo Harvey Milk y quiero reclutarte». El incipiente líder de la comunidad gay no pierde la ocasión de captar jóvenes para su causa, como el ex taxi boy Cleve-Jone (Emile Hirsch). Otros, como el infantiloide Jack Lira (Diego Luna), acuden a su reclamo y precipitarán su tragedia personal. El círculo de Harvey Milk se extiende por Castro y luego por Haight-Ashbury, hasta abrazar el micromundo intransferible de San Francisco, años 70. En Los tiempos de «Harvey Milk», el documental de Rob Epstein que ganó un Oscar en 1985, la ciudad ardía en los disturbios que siguieron al juicio de su asesino Dan White, quien salió a los cinco años de la cárcel y acabó suicidándose. En la versión de Gus Van Sant, rodada con un inusual clasicismo (« cuando la dirigí tenía en mente 'El Padrino'»), la ciudad es un silencio luminoso y unánime, donde resuena aún el eco casi profético de Harvey Milk: «Los mitos contra los negros empezaron a caer desde el momento en que emergieron líderes negros. Los mitos contra los homosexuales irán cayendo del mismo modo: necesitamos líderes fuertes, tenemos que hacernos visibles».

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