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Millán y Blanco, grandes afinidades y divergencias
una obra de su no menos talentosa invitada, la sureña Viviana Blanco.
La misionera Mónica Millán presenta «Murmuran las ramas», una serie de dibujos al lápiz y carbonilla sobre tela, unos trabajos donde la artista parece alcanzar el grado cero de la sensibilidad. Toda esta producción tiene una intención tan específicamente dirigida al campo sensible, que resulta casi inexplicable en palabras, salvo por la felicidad que depara contemplar esa danza de pájaros y plantas que flotan en el espacio, sostenidos por una energía que parece emanar mágicamente de ese encuentro. Las miradas de los espectadores quedan enredadas en esas marañas que implican una cosmovisión del mundo, de la belleza inagotable del mundo.
Con un virtuosismo excepcional Millán brinda una auténtica fiesta visual, pero su talento va más allá, su obra convoca otros sentidos, musical y háptica, ya que toca emocionalmente al espectador y hasta lo induce a imaginar la humedad que rodea sus dibujos. Hace un par de años la artista presentó un texto dedicado a describir el escenario donde se desarrolla una historia que la tiene como cronista y protagonista a la vez, y así relató: «En los dibujos describo mis sensaciones al entrar al monte. Allí no veo el cielo, pero camino sintiendo cada pisada, envuelta en la humedad y oscuridad del verde. El silencio no existe. Todo se mueve, un crepitar antiguo y constante crece desde la tierra hasta el cielo». Con la calma de las hilanderas, sus hilos y sus agujas, Emilia (el personaje del relato y los dibujos) levanta durante la lluvia unos esplendorosos monumentos. En la filigrana de los dibujos se entreteje la narración. Al evocar el acontecer palpitante de la selva, Millán renueva las cualidades estéticas de su tierra, estrecha su filiación con los hombres y mujeres cuyo destino es bordar para adornar este mundo, desde su infancia hasta la muerte. «Ya estoy de regreso en el monte», concluye el relato de Emilia, mientras sostiene un hilo infinito en su mano. No es la primera vez que Millán invita a otros artistas a compartir sus muestras. En esta ocasión Viviana Blanco fue la elegida. Las obras de ambas tienen aspectos en común y grandes diferencias, para comenzar las acerca una intersubjetividad extrema con la naturaleza, que tiene su más claro antecedente en Jackson Pollock, cuando de modo espontáneo afirmó: «Yo soy la naturaleza». Las dos coinciden en la ausencia casi total del color y en la condición onírica de sus dibujos, no obstante, la naturaleza evanescente de las líneas de Millán, gozosa, difiere del dramatismo de los trazos de Blanco.
Nacida en Bariloche, Blanco llegó con un album de recuerdos, con imágenes -muchas de ellas imaginarias, otras, reales, pero casi todas situadas en la frontera donde se encuentran lo fantástico y lo real- que son el punto de partida de su producción. Se trata de escenas vívidas, como el negro reflejo de unas aguas densas por donde se desplaza un cisne con dos cabezas. En la superficie de ese inmenso lago oscuro, las ondulaciones y los ritmos, generan un efecto que se aproxima vagamente al llamado «moiré» del arte cinético.
Entre los dibujos hay un hombre con cabeza de pájaro ejecutando una misión insensata: carpir una tierra árida, impenetrable. El cuerpo del personaje está conformado por una sucesión de líneas curvas que reproducen el veteado de la madera. El énfasis en la línea se reitera en el tronco de un árbol que se continúa sin interrupciones en la figura de un ciervo.
La savia que circula por la planta, la sangre del animal y el impulso que mueve la mano de la artista, brindan continuidad y energía a esa línea, y confirma la mencionada intersubjetividad con la naturaleza, cualidad que comparte con Millán.
Por lo demás, la gran dimensión de los dibujos no es lo de menos, contribuye a destacar el pathos y los trazos que en algunos espacios se vuelven casi abstractos.
La tierra es el tema fundamental de la muestra, aparece anegada o cuarteada por la sequía, y, sin embargo, este motivo trasciende la advertencia sobre los cuidados que reclama la naturaleza. Las obras de Blanco al igual que las de Millán, no pretenden transmitir un mensaje ecologista, se perciben más bien como enigmas, en ambas, el sentido y las formas van a la par.
El doble, una presencia constante en toda la producción de Blanco, más allá de ser un recurso válido para subrayar el discurso, refleja la condición ilusoria del arte. Al fin y al cabo, los dibujos son imágenes que replican la vida o, a la inversa, la vida imita el arte y lo duplica, como opinaba Oscar Wilde. Pero el doble en estos dibujos, nos remite a la eterna y compleja lucha de los opuestos, presentes en la literatura de Borges (dos pintoras, dos conspiradores, dos gauchos, dos guerreros sajones, dos historiadores), como estos dos personajes que nos conmueven con el gesto empecinado de trabajar inútilmente la tierra.
El contexto que rodea a Viviana Blanco contribuye a la interpretación de su obra. Hasta los 18 años vivió en la Patagonia con una familia trabajadora del campo, sin contacto con el arte. Con el arribo de la TV se ilumina su memoria: «Los dibujos animados y las series despertaban mis fantasías, las repasaba por la noche, antes de dormir». De ese tiempo proviene su encantamiento proustiano por el mundo de los sueños: «Eran sueños poderosos, verdaderos viajes para mí». El vivir y el soñar son actividades estrechamente ligadas desde entonces; al igual que los surrealistas la artista parece capacitada para soñar, a su entera voluntad.
No es extraño que llegada la hora de estudiar se interesara por la psicología. Así llegó a una Buenos Aires, compró una caja de pasteles al óleo, y advirtió que no podía dejar de dibujar. Los ritmos que agitan la línea del dibujo, generan un efecto hipnótico, están gestados como decía Proust «en los largos sueños que seguían a mis sueños». El recuerdo del universo onírico pasó a ser una actividad consciente, la memoria se convirtió entonces en una fuente para alimentar la invención, y se sincronizó el pulso con la imaginación para transponer las imágenes al papel.
Hay en los dibujos un registro riguroso de la memoria visual de los sueños, pero hay un clima de nostalgia, un horizonte donde no existe el color y el Paraíso parece definitivamente perdido.



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