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“MinuPhone” de Minujín vuelve a ejercer su efecto movilizador
Marta Minujín en el «MinuPhone» original, que creó a los 22 años en 1967, y hoy en la reconstrucción de una obra pionera técnica y conceptualmente, que se puede ver y experimentar en el Espacio Fundación Telefónica.
Decir que participar de un happenning no es lo mismo, ni puede compararse a ver los videos y fotografías y leer los documentos que lo registran, es una obviedad. Por fértil que sea la imaginación, tampoco es lo mismo ingresar en el «MinuPhone» para realizar una llamada. ¿Cómo describir esa experiencia tan breve como delirante? Vivirla implica adentrarse en una marea de sensaciones simultáneas. Para comenzar, hay que llamar por teléfono desde la cabina y, mientras esperamos que nos atiendan, vemos subir agua color negra o verde por las paredes, sentimos que un viento huracanado nos despeina y simultáneamente se encienden luces de colores, rojas, amarillas, azules. Entretanto, hablamos por teléfono. Pero si apoyamos las manos o la cabeza sobre una cortinita que desciende a la altura de nuestros ojos, las formas quedan grabadas unos instantes, y si obedecemos todas las señales y miramos hacia abajo, una pantalla nos devuelve nuestra imagen mientras volvemos a escuchar, amplificada y diferida como un eco, nuestra propia voz reiterando la conversación. Solo ha pasado un intenso minuto y medio, cuando alguien nos tiende una mano para despertar. Si apretamos un botón en la base de la cabina, podremos llevarnos una foto de nuestro rostro, la mano y la firma de Minujín, tomada mientras hablábamos por teléfono. El nuevo «MinuPhone» se encuentra junto al original y -vale la pena aclararlo-, replica una a una, las cualidades de la obra de 1967. La reconstrucción se inició en 2010 con el patrocinio de Fundación Telefónica y el resultado es perfecto, abre camino a la restauración del arte tecnológico. Un excelente libro de la Colección Conceptual, editado por la Fundación Espigas y el Espacio Telefónica, detalla la historia y también las vicisitudes que presentó la realización de una obra pionera desde todo punto de vista: técnico y conceptual.
Minujín había ganado en 1966 la Beca Guggenheim que la llevó a Nueva York. «Casi no teníamos para comer y vivíamos en un lugar horrible», cuenta, y señala que su marido, el economista Gómez Sabaini que hasta hoy la acompaña, tenía una beca de la OEA de 250 dólares. No obstante, Minujín no dudó al gastar 5.000 dólares (de los 8.000 de la Beca, toda una fortuna) para construir la obra. En este sentido, la determinación de la artista, que ya había leído a Marshall McLuhan y había trabajado con los medios de comunicación en «Simultaneidad en Simultaneidad» (obra que realizó en 1966 junto a Allan Kaprow y Wolf Vostell para generar una «invasión mediática instantánea»), fue apostar todo a la creación de algo único. Las solicitadas cabinas telefónicas de entonces, inspiraron la obra revolucionaria y ligada al placer estético de una etapa signada por sus indagaciones sobre el poder de la comunicación, pero teñida a la vez por la psicodelia hippie. Para concretarlo buscó lo mejor: el Experiments in Art and Tecnology (E.A.T.), institución creada el año anterior por dos ingenieros y artistas de la talla de Robert Rauschemberg (el primer estadounidense que, en 1964, ganó el Gran Premio de la Bienal de Venecia). Lo cierto es que el ingeniero Per Biorn se entusiasmó con el proyecto, y construyó la cabina. Pero se entusiasmó demasiado.
El texto más explícito sobre ese trabajo es la carta que Minujín les escribió a sus padres, donde dice: «Ayer he pasado un día terrible -de nervios que me descomponía- fui a lo del ingeniero por primera vez, y paramos la cabina afuera -la verdad, viéndola ¡es fantástica! Está parada sobre una plataforma de tres metros por uno y de 40 cm de alto -con todos los circuitos al interior con tapa transparente, es decir que el que está parado hablando por teléfono puede ver los distintos efectos que van viniendo. [.] Ayer pusimos a prueba cinco efectos -uno marca el número que quiere y en al aparato de Tape toma lo que dijiste durante 45 segundos, [.] es como volver atrás con la conversación. Luego en el techo hay luces de colores verdes, rojas, amarillas, que varían según la dimensión de tu voz -si es fuerte es roja, si es débil es amarilla- luego el viento sale por el teléfono y te da en la cara. Un signo te dice que mires para abajo y en ese momento tu cara aparece en la pantalla de TV -quiere decir que te estás pisando la cara- [.] lo que me puso nerviosa es que [.] pusieron al ingeniero como creador a medias de la cabina y no es absolutamente cierto, yo la inventé».
En esos años, el teórico del Pop, Oscar Masotta le escribía a Romero Brest desde Nueva York: «Marta me insufló ese objeto ansioso que tiene encima y ese gusto definitivo por la historia ansiosa, es decir por la evolución de un proceso donde cada etapa devora a la inmediatamente anterior». Romero Brest, enterado de que el E.A.T. quería comprar la cabina, pide que la lleve a Buenos Aires para exhibirla en el Instituto Di Tella. «Cuando se cerró el Di Tella la destrozaron», observa Minujín.
Han pasado 45 años desde entonces, la ansiedad abrió paso a una actitud reflexiva y la artista recuerda con claridad su lucha con el ingeniero del E.A.T.. «Yo tenía 22 años. Pero la obra es del creador», sostiene, hoy como ayer. Y con el humor que la caracteriza, recuerda: «Fue increíble la repercusión. La gente hacía cola en la galería Howard Wise. La cabina tuvo tanto éxito, que la dejaron todo el verano. Pagaban un dólar para llevarse una foto Polaroid. Algunos llamaban desde lejos al número de la cabina, pensaban que a pesar de la distancia iban a experimentar los efectos de estar allí adentro».
La obra responde al afán de procurar a los espectadores una experiencia estética transformadora, de insertarlos en un espacio mágico que, corte de modo abrupto con las contingencias grises de la rutina. «Lo interesante es que para la gente fuese un salvavidas en el océano, donde todos los problemas que tenés se suspenden por un rato, te metés en la cabina y te mandás un viaje».
El objetivo de que la gente salga cambiada de ese «viaje», persigue la artista con obras actuales, como la «Torre de Babel», que levantó en Buenos Aires y reiterará en París el año próximo. El deseo de Minujín continúa siendo el mismo: «descolocar» con su arte, crear obras cargadas de sentido, que estimulen la percepción sensible y susciten ideas liberadoras.


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