Mona Hatoum trajo una obra de fuertes contrastes

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Desde que abrió sus puertas en el barrio de La Boca con una muestra del mexicano Tamayo, la Fundación Proa cumple con la misión didáctica de presentar artistas internacionales que rara vez llegan a la Argentina. La exhibición de la artista Mona Hatoum (Beirut, 1952) radicada entre Londres y Berlín, cumple una vez más con este objetivo. El público porteño y, sobre todo, nuestros artistas, tienen la posibilidad de conocer de modo exhaustivo a una figura que supo ganar espacio en el circuito contemporáneo y gestar una carrera internacional. Hatoum llegó a Proa para montar una muestra antológica junto a la curadora Chiara Bertola, pero además para contar cuál es el sentido de su obra. La muestra revela sus secretos. La trayectoria de Hatoum, sus estudios de diseño gráfico, su trabajo en una agencia de publicidad estadounidense, su primer viaje a Europa y la experiencia de quedarse a vivir en Londres cuando al promediar la década del 70 estalló la guerra civil libanesa, está ligada a una estética politizada y cosmopolita. "Ni siquiera antes de irme de Beirut habría sido capaz de identificar qué parte de mí misma provenía de la 'tradición árabe' y qué parte respondía a una influencia 'extranjera'".

Hatoum
quería estudiar arte y finalmente lo logró, pero su paso por el mundo del diseño dejó una huella inocultable en gran parte de sus obras. "Naturaleza muerta. Gabinete médico", se titula una vitrina que contiene formas que se asemejan a los globos de cristal navideño o a radiantes envases de perfume, aunque, en realidad, reproducen algunos "modelos" de granadas de mano. La obra es deudora del diseño de alta gama. La violencia subyace bajo la estetización exacerbada de los colores y las formas sopladas en cristal de Murano. El gran "remedio" para la humanidad permanece en un gabinete médico (al igual que las pastillas de Damien Hirst).

La obra de Hatoum es ambiciosa: sabe sacar partido de las influencias, conoce los secretos del poder evocativo y trabaja la ambigüedad para abrir cauce a un amplio caudal interpretativo. En algunas obras resuenan los rasgos de otros artistas. La imagen de una mujer bordando fotografiada sobre tules superpuestos trae el recuerdo de los personajes borrosos de Gerard Richter.

Al ingresar a la sala de Proa, un cubo realizado con alambre de púas contrapone su formato minimalista a la carga ofensiva-defensiva del material. Luego, frente al rigor del alambre de púa hay una red evanescente tejida con pelo humano y, junto a ella, resplandece el cristal de Murano de la instalación "Una salpicadura más grande". Rojas como la sangre, las dramáticas salpicaduras son una referencia -acaso cínica- a la pintura "The Grand Splash" de David Hockney y también a la felicidad que irradian sus famosas piletas. El sentido oscuro de las gotas de sangre se acentúa con la comparación.

El recurso de establecer contrastes entre estetización y violencia, se suma a la estrategia de los cambios de escala, práctica que se remonta a los tiempos surrealistas. El más notable es el de dos gigantescos ralladores de cocina presentados con las dimensiones de un biombo y un diván. Las cosas cambian también su función. "Lo siniestro" freudiano, aquello familiar que puede volverse terrorífico, es una constante en la producción. Como quien cuelga una ristra de chorizos en la cocina, Hatoum suspendió coladores, sillas, una tijera y un cucharón, entre otros objetos culinarios atados a un cable. La obra se llama "Electrificado" y culmina en un enchufe.

Si bien en la concepción de las obras -antes que la imaginación poética- se percibe el predominio de un método bien estudiado , el aporte de la sensibilidad corre parejo con la libertad de expresar sensaciones. "Ahogando penas, Cachasa" consiste en una serie de botellas ingeniosamente cortadas que parecen flotar en el mar.

La artista dedicó una sala a las cuestiones donde se cruzan cuestiones públicas y privadas. Allí mismo montó una vívida proyección con sonido que captura el movimiento de la vereda de Proa y la vista del paisaje que llega hasta el Riachuelo.

Luego, la más abstracta y enigmática de las instalaciones es "Turbulencia", una inquietante marea de bolillas de cristales negros inspirada en el acuerdo de Oslo para la paz entre Israel y Palestina.

Los soldaditos de juguete pero bien armados, recortados en la pantalla de una lámpara con bellas estrellitas, proyectan una danza macabra sobre las paredes de una salita en penumbra. Una extensa serie de bordados realizados en fundas para almohadas exaltan la condición femenina. La artista trabajó en un hospital con las madres de niños con enfermedades cardíacas y les pidió que bordaran sus sueños. El dolor está sin embargo ausente en los elaborados diseños (dato perceptible si se cotejan las obras con los bordados de Feliciano Centurión).

Un capítulo aparte es el de los mapas. Para comenzar, hay un planisferio devastado a mano sobre papel de arroz. El hemisferio Norte tiene una dimensión menor que la de África y América del Sur. La proporción del mapa agrandado en el Sur y encogido en el Norte coincide con el planisferio desplegado sobre una alfombra Bukhara. Hay sobre el piso un ominoso manto de jabones con pequeñas cuentas color rosa que apenas dejan adivinar un recorrido y, en abierto contraste, hay un globo terráqueo cuyos meridianos y paralelos son de hierro, indestructibles.

En su texto "Del rigor en la ciencia", Borges describe el Arte de la Cartografía y la imposibilidad de realizar un mapa que coincida con el territorio. Se sabe, el mapa es una convención siempre sujeta a revisión. Pero ante la producción de Hatoum, una artista cuyas raíces están atadas al convulsionado territorio de Medio Oriente, resulta imposible olvidar que el mapa es el sitio donde se definen las fronteras políticas.

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