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Murió Luna: el mejor intérprete de la cultura de sus contemporáneos
En más de medio siglo de obra, Félix Luna -que murió ayer a los 84 años-, entendió que la cultura es el lugar común en el que todos se encuentran y se reconocen.
Como pocos historiadores -ésa fue la disciplina en la que más se lo reconoce -usó el escalpelo del investigador y descubrió, como todo creador genuino, nuevas zonas de la realidad argentina. Pero también logró transmitir los frutos de su ciencia en decenas de obras de divulgación; fue en ese terreno de llevar el relato de la historia al público común, a los medios y a las escuelas, el creador de un estilo que ha generado una raza de imitadores que no logró nunca superarlo. La popularidad que alcanzó lo convirtió durante muchos años en objeto del recelo y hasta la envidia de los historiadores profesionales y académicos, que se rindieron en un acto simbólico, a su elección como miembro de la Academia Nacional de la Historia.
En una obra vasta es difícil destacar en un instante sus pilares. Uno es seguramente su serie de biografías, que inició en su juventud con el «Yrigoyen» (1954). Un homenaje a quien reconocía como inspirador de su militancia política -fue siempre un radical, aunque se lo identificase con la intransigencia de la UCRI y el MID- que para cualquier historiador era un desafío; pocos años antes, Manuel Gálvez había publicado otra biografía que se consideraba insuperable. La empató y, como ocurre en toda ciencia, completó las aristas magistrales de Gálvez.
A esa obra de juventud siguió su primer ejercicio de ficción -«La última montonera», de 1955- que no desarrolló mucho. Prefirió la poesía para letras de canciones populares y perfeccionar su prosa para darle a sus libros de historia un atractivo narrativo que no se veía en la disciplina desde los historiadores liberales del siglo XIX. Como ellos, cuando las percepciones historiográficas de Luna sean superadas por nuevos especialistas en el curso del tiempo, seguirá siendo leído como un gran escritor.
El éxito del «Yrigoyen» le trajo mucha fama y ese libro ha sido leído de manera distinta en cada tiempo; hoy se percibe con más crudeza que en 1954 la intención de Luna de contrastar la personalidad del fundador del radicalismo con el autoritarismo de Juan Perón, bajo cuyo gobierno se publicó la obra.
Con las siguientes biografías, el estilo y la originalidad de Luna se afianzó. Era un forzado del trabajo, tanto que en la oficina de la calle Reconquista, que ocupó durante muchos años, tenía varios escritorios en distintas habitaciones, en los que se sentaba para escribir varios libros a la vez. Había logrado radicar ese nido intelectual en un viejo conventillo reciclado con altas ventanas con rejas, detrás de las cuales gozaba del sol y la vista de glicinas de un jardín que evocaba, seguramente, un país rural que supo representar, aunque nunca vivió. De familia riojana, vivió ligado a ese origen, que lo inspiraba en su visión de un país plural, federal, igualitario. Un sueño por el que peleó con las herramientas del intelectual -un animal que sólo sabe leer y escribir, pero bien- y en algunas oportunidades, de la política.
A esa primera biografía siguieron el «Alvear» y «El 45», obra ésta que cambió la historiografía sobre Juan Perón. reveló documentación desconocida sobre las relaciones de éste y Eva Perón (por ejemplo las cartas cruzadas cuando estaba detenido en Martín García). También de su lectura en perspectiva surge una intención política: ese libro de 1968 está empapado del espíritu de esa década y les descubrió a los peronistas un Perón desconocido que tendría su refiguración en el tumultuoso proceso de los años 70.
La cumbre de su estilo historiográfico es «Ortiz, reportaje a la Argentina opulenta» (1978), que les descubrió a los lectores un período oculto de la historia reciente, el gobierno de Roberto M. Ortiz, cuya renuncia abrió camino a las dictaduras de los años 40 que precedieron al peronismo. En ese libro, de prosa encantadora que llama a frecuentes relecturas, Luna usa esa licencia que sólo pueden permitirse los historiadores: imaginar qué hubiera ocurrido si Ortiz no se hubiera enfermado y no le hubiera dejado el gobierno en 1942 al «viejito» Ramón Castillo, contra quien se inició el ciclo de gobiernos militares que duraron décadas. La hipótesis del libro es que si Ortiz hubiera terminado el mandato no hubiera habido Perón, algo indemostrable pero sugerente. Cuando escribía eso, gobernaban los militares del Proceso y era lícito preguntarse qué hubiera ocurrido si Isabelita hubiera terminado el mandato. No hubiera habido Videla. Ese es el contexto de la que quizás con el tiempo termine siendo su obra máxima.
Con «Perón y su Tiempo» (tres volúmenes publicados en 1984), hizo el último aporte sólido de la historiografía al conocimiento de las presidencias de Perón. Articuló una interpretación global del personaje y puso en la superficie a otros personajes y temas ausentes en la bibliografía existente hasta entonces. El cierre del ciclo es esa mezcla de historia y ficción que es el popularísimo «Soy Roca», autobiografía ficticia de Julio A. Roca que se conoció en el momento de la declinación del gobierno de Raúl Alfonsín y que es una radiografía del liderazgo político. ¿Cómo no relacionar el éxito de este libro con la pregunta que se hacía la Argentina sobre el resurgimiento de los caudillos que significan Alfonsín y Carlos Menem? De nuevo Luna como el mejor intérprete de la cultura de sus contemporáneos.
A esa etapa de su obra pertenece uno de los libros menos citados pero más profundos de Luna, «Fuerzas hegemónicas y partidos políticos» (1988). Se trata de un ensayo en el cual desarrolla la hipótesis de que la cifra de la crisis política argentina es la dialéctica perversa entre partidos que, al llegar al gobierno, se organizan en movimientos hegemónicos que destruyen a sus opositores y que sólo encuentran destino en la desestabilización del sistema democrático. Es seguramente su obra más sólida como politólogo.
Estas honduras de intelectual las hizo convivir no sólo con la divulgación en radio, TV, cine, fascículos, conferencias y docencia o su gran creación: la revista «Todo es historia», que se convirtió en una verdadera universidad en la formación de historiadores durante décadas. También alcanzó popularidad como autor de piezas inolvidables y que representan el alma argentina como «La misa criolla» y «Mujeres argentinas», que contiene ese himno a la melancolía que es «Alfonsina y el mar». Fue su creación más popular, aunque su preferida era la «Zamba para usted», que escribió en homenaje a su mujer, Felisa de la Fuente, que lo sobrevive.


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