9 de septiembre 2009 - 00:00

Ni hueca competencia, ni absurdos complejos

Luiz Inácio Lula da Silva
Luiz Inácio Lula da Silva
Tan proclives a los bandeos emocionales, los argentinos sentimos que con Brasil ya no hay parangón, ni siquiera en fútbol (esto último con algún fundamento desde el sábado). El problema es que en cuestiones más serias, como la política regional, el sentimiento es el mismo, lo que supone no sólo un abandono de la manera en la que nuestro país se ha visto tradicionalmente a sí mismo sino un recorte de su proyección de desarrollo. Un recorte arbitrario, por lo demás, dado que reconocer la superioridad territorial, poblacional y productiva del vecino no debe implicar que uno de los países más importantes de América Latina (el nuestro) deba asumirse como un enano político y económico.

Esta vez el tema pasa por los fenomenales acuerdos de compra de armas que Brasil acaba de cerrar con Francia: u$s 14.000 millones destinados a cinco submarinos (uno nuclear), 50 helicópteros, 36 cazas, misiles, fragatas y corbetas.

Muchos en nuestro país pretenderán despertar el reflejo dormido de la vieja competencia binacional. No es el caso. Pero sí, a la luz del modo en que el vecino se ha convertido en una gigantesca aspiradora de inversiones, poder diplomático e influencia global, corresponde plantear algunas preguntas. ¿Cómo se ve a sí misma la Argentina a futuro en el concierto regional e internacional? ¿Como un enano irredimible, derivación del golpe letal y duradero a la autoestima que significó la crisis de 2001-2002? ¿Como un socio menor de Brasil, un apéndice, al estilo de Canadá con Estados Unidos, tal como propuso en la última campaña el diputado Francisco de Narváez? ¿O como un socio con vocación de trato igualitario, al estilo de Francia con Alemania, que permitió a esas dos naciones convertirse en el eje de la integración europea?

Mediante su acuerdo con Francia, Brasil busca una serie de objetivos:

1. Potenciar sus avances en materia tecnológica.

2. Recuperar la supremacía militar en la región frente a Colombia y Chile (Venezuela, pese a la nueva tanda de shopping de Hugo Chávez en Moscú -ver aparte- aún está lejos de ser una amenaza).

3. Tras rechazar las ofertas de armas estadounidenses y optar por las francesas, enviar un mensaje potente a Washington: la recreación de la IV Flota y el polémico pacto sobre las bases en Colombia hacen que la potencia del Norte sea vista más como una amenaza y un rival que como un socio pleno.

4. Dejar claro que peleará por la primacía militar en la región, tanto en lo operativo como en el comercio de armas.

5. Reforzar la protección de la Amazonia y del litoral atlántico, donde yacen sus nuevas y cuantiosas riquezas petroleras.

Pero todo lo anterior tendrá una serie de consecuencias:

1. La transferencia de tecnología provocará un salto cualitativo de la industria de armas brasileña, lo que le permitirá exportar (como socia de Francia) en la región, dando pelea a Estados Unidos y a Rusia.

2. Desarrollo industrial: la unidad de propulsión nuclear del submarino será local y en los astilleros se dará participación clave a empresas brasileñas.

3. ¿Hay un protocolo nuclear secreto? Analistas de temas militares y dirigentes del Partido de los Trabajadores hablan de reactivar el plan de construcción de la bomba atómica, algo que describen como central para un país con aspiraciones globales, y de no firmar nada que comprometa más a Brasil en el marco del Tratado de no Proliferación (TNP). Recordemos que la desactivación de los respectivos planes nucleares con fines militares y de los proyectos misilísticos como el Cóndor fueron la clave de la distensión bilateral en los 80 y de la posterior integración en el marco del Mercosur.

¿Y la Argentina? El análisis preponderante, con algunas salvedades, se ha dedicado a destacar lo admirable de las políticas de Estado de Brasil, su fortaleza y liderazgo, y la clarividencia de Lula da Silva. Sobre cómo debemos posicionarnos ante el nuevo escenario, poco y nada. Pero no debe pasar inadvertido que el foco brasileño ilumina nuestras carencias, como el tantas veces mencionado retraso relativo de las Fuerzas Armadas argentinas, el magro presupuesto militar de menos del 1% del PBI, la nula renovación de equipos y la imposibilidad de garantizar los derechos nacionales ampliados en el Atlántico a 350 millas de acuerdo con la presentación realizada en abril ante la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar.

Insistimos: esto no significa plantear la urgencia de comprar juguetes de guerra para competir con Brasil y Chile, por caso, con los que, además, no tenemos hoy hipótesis de conflicto. Pero sí es cierto que lo que sucede en una región que ha duplicado su gasto militar en los últimos cinco años, que recela de la IV Flota y de las bases en Colombia, amerita una reflexión profunda. Y la exploración de todas las oportunidades de establecer salvaguardias mutuas y mecanismos de coordinación con los vecinos.

Está también el tema que empieza a sonar sobre un posible relanzamiento del programa nuclear brasileño. ¿Cómo sería? ¿Civil o militar? ¿Implicaría un desarrollo solitario o, acaso, conjunto con nuestro país? Difícilmente Brasil avance en esto ignorando a la Argentina, y habrá poderosos sectores económicos (que ven su proyección más en el mercado norteamericano que en el Mercosur) que se opondrán a marchar a un enfrentamiento con Estados Unidos. Pero allí hay otro tema sobre la mesa.

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