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No la salvan sus buenas intenciones
En «Cómplices del silencio», el director italiano Stefano Incerti intenta retratar la Argentina de 1978 con escenas de tortura, frases hechas y situaciones inverosímiles para el público local.
Stefano Incerti es un director de cierto prestigio en Italia, sobre todo por «Luomo di vetro», el hombre de vidrio, sobre las angustias de un arrepentido de la Cosa Nostra. Pero aquí toca un poco de oído, y con decisiones de puesta que arriesgan alejar al espectador. El argumento inicial no parece malo. Hasta tiene el respaldo de la verdad histórica, ya que su autor, Rocco Oppedisano, vivió la época de cerca. Pero hay situaciones inverosímiles para el público local, actuaciones esquemáticas, frases hechas, que restan demasiados puntos.
Dos cronistas italianos vienen al Mundial 78. Su consigna es fútbol, asados y mujeres. Pero aprovechan a visitar unos parientes, y ahí empiezan sus males. Primero, en vez de brindarles un asado argentino les dan pastas, como para remarcar el origen común. Un comensal evidencia su conservadurismo: se queja de que han cambiado la salsa. Y como es funcionario de gobierno, vigila a tutti. El sobrino estudiante con alma de foto-reportero entrega al protagonista unas fotos comprometedoras. Éste encima se engancha con una guerrillera misteriosa. La verdad será terrible tanto para el cronista como para el padre del chico. En suma, ni fútbol (sólo unas pocas tomas vhs), ni asados, pero sí una mujer, razzias, arrestos antojadizos, represión, torturas, muchas y muy fuertes, y epílogo en 1983.
A lamentar, las escenas con soldados en fila vigilando el paso de quienes llegan a Ezeiza, un militante clandestino con un chaleco pintoresco que lo delata a dos cuadras, otro que saca un espejito retrovisor por la ventana, y demás situaciones propias de las malas películas bélicas y policiales americanas, amén de un inalámbrico de posibilidades mayores a las conocidas en la época, y un largo etcétera de subrayados innecesarios.
A consignar, sin embargo, los escasos tramos pasionales: la música que cambia de tango a otra cosa, el encuadre que se va poniendo horizontal, confirmando que la pareja se fue esa misma noche a la cama, el regreso del hombre al lugar de la milonga, donde está solo y espera, como decía Scalabrini Ortiz, y una frase poética que, irónicamente, le dice el propio represor: «Cé una solitudine che nasce della vita stessa», hay una soledad que nace de la vida misma. Se podría hacer otra película con esto, una buena película.
P.S.


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