4 de febrero 2016 - 00:00

Ñoquis, eficiencia estatal y nepotismo. País observa

Lejos de emparentarse con el ideal de la eficiencia administrativa, la burocracia en la Argentina parece, demasiadas veces, una sucesión de capas geológicas superpuestas cuyo examen permite historizar con precisión qué sector político fue sembrando el Estado con "su gente". Esto, claro, conspira contra la calidad del servicio público, tiende a sobredimensionar el aparato estatal y lo hace oneroso para los contribuyentes y poco eficaz.

El kirchnerismo puede atribuirse el haber "recuperado el rol del Estado" tras la debacle de 2001-2002. La ANSES distribuye recursos con mayor presteza que en el pasado y cuenta con una base de datos valiosa que permitiría direccionar mejor los subsidios y ayudas. La AFIP ha logrado cumplir mucho mejor su rol de cobrar impuestos, y los excesos en la presión tributaria son más producto de decisiones políticas que la exceden que de falencias propias. La nómina de los empleados públicos se engrosó también con la recuperación de empresas emblemáticas como YPF, Aerolíneas Argentinas y otras. Sin embargo, en los casos mencionados y en otros, el Gobierno anterior actuó también, al igual que los que lo precedieron, como una suerte de agencia de colocación de cuadros políticos propios.

Mauricio Macri prometió en la campaña liberar al Estado del peso de los "ñoquis", militantes que cobran un salario por tareas que no realizan y cuyo verdadero rol es el de "hacer política". Sin embargo, la ola de despidos de las últimas semanas estuvo signada en numerosas ocasiones por operaciones de "brocha gorda" consistentes en echar primero y revisar después, por lo que los afectados no fueron solamente "ñoquis". La prueba de ello es que el propio Gobierno debió dar marcha atrás varias veces.

La Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) asegura que los despidos han sido unos veinte mil en todos los niveles de la administración, tanto nacional como provincial y municipal. Cinco mil de ellos, sostiene el sindicato, fueron reincorporados dada la flagrancia de los errores cometidos.

El ministro de Modernización, Andrés Ibarra, admitió ayer que "al 31 de enero se desvincularon 6.200 personas" del ámbito público. Esto no significa que no habrá más despidos ya que como dijo el funcionario "el proceso (de revisión de las contrataciones) continúa".

ATE, que ayer decidió un paro nacional para el próximo miércoles 24 a raíz de estas cesantías, recuerda que tanto los gobiernos macristas como los kirchneristas, por caso en Santa Cruz y Tierra del Fuego, coinciden en esas prácticas. Nadie, por más que el rol de fiscal de la Nación se alterne llamativamente entre oficialismos y oposiciones de ocasión, está a salvo de las críticas.

Nadie, realmente. Entre las actuales autoridades, el ministro de Cultura, Pablo Avelluto, pasó de defender el despido de quinientos agentes como "una decisión espantosa pero necesaria" a tener que justificar la contratación de su novia, presuntamente "ad honorem". Y la propia vicepresidenta, Gabriela Michetti, que echó a más de dos mil, promovió dos veces dentro del escalafón del Congreso a su prima kinesióloga.

Mientras, muchos denuncian revanchismo y despidos por motivos políticos. El caldo de la sospecha, pernicioso, se va espesando, al punto que se sabe de personas que ocultan tatuajes de tono político o que temen que sus superiores husmeen en sus publicaciones en las redes sociales. El "te revisamos el Twitter" de la directora de Radio Nacional, Ana Gerchenson, a un periodista al que acababa de separar de la programación radial, no hizo más que expresar ese estado de cosas.

¿Exageración? Probablemente. El que la tendencia iguale a sectores políticos enfrentados hace pensar más bien en pedestres necesidades de caja que tratan de camuflarse de un modo socialmente más aceptable.

Dependerá de Mauricio Macri y sus funcionarios despejar esas dudas, dimitir solamente a los falsos trabajadores y no sumir en la zozobra a quienes no lo merecen. También ayudará que cumpla con su promesa de promover una verdadera carrera burocrática, de modo que el Estado deje de estar compuesto por las capas geológicas de las modas políticas.

La sociedad observa.

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