18 de junio 2010 - 00:00

“Nunca decidí que me dedicaría a la danza”

Noemí Lapzeson: «Estamos siempre de frente, sobre todo en el teatro: quise ver qué pasaba por detrás».
Noemí Lapzeson: «Estamos siempre de frente, sobre todo en el teatro: quise ver qué pasaba por detrás».
Varias décadas después de haber dejado la Argentina y tres de vivir en Suiza, Noemí Lapzeson no perdió el acento porteño pero sí se desacostumbró al ruido y los contratiempos de esta ciudad, a la que llega una vez más para presentar un espectáculo en el Teatro San Martín, desde el miércoles pasado. Con la compañía que fundó en 1989, Vertical Danse (nombre que homenajea a Roberto Juarroz y su «Poesía vertical»), Lapzeson ofrece «Pasos y Corazón», obras que podrán verse todavía esta noche y mañana a las 20.30 y el domingo a las 17 (sala Cunill Cabanellas).

La primera fue creada para una de las bailarinas predilectas de Lapzeson: la argentina Romina Pedrolli. En este solo se la ve de espaldas, y esta parte de su cuerpo es el centro de la expresión. «Estamos siempre de frente, sobre todo en el teatro: quise ver qué pasaba por detrás», dice la coreógrafa. Al igual que «Pasos, Corazón» surgió a partir de un poema, en este caso del dramaturgo y escritor alemán Heiner Müller, y en ella intervienen cuatro bailarinas y dos actores. Para la artista es habitual basar sus coreografías en obras literarias; de hecho, concibe la danza como un discurso con el mismo peso emocional de la escritura. Sin temor a exagerar puede decirse que la belleza de sus creaciones se imprime en el alma del espectador como un signo indeleble y conmovedor.

Después de formarse aquí con Ana Itelman, a los 16 años Lapzeson viajó a Nueva York con una beca para estudiar música y danza en la Juilliard School. En esos tiempos un compañero suyo le prestaba el piano para estudiar: era nada menos que el compositor Philip Glass. Pero ese iba a ser sólo un paso en su carrera, previo a llegar a trabajar en la compañía de la genial Martha Graham (1894-1991), donde fue solista durante 14 años.

«Siempre me preguntaban por qué no iba con ella, pero a la vez me daba miedo, porque se contaban cosas muy grandes de ella, hasta que vi Clitemnestra y me gustó tanto que me decidí. Estuve 4 años en el cuerpo de baile, donde la disciplina es enorme. Cuando pasé a solista todo era mucho más fácil: a medida que crecía me dejaban más libertad».

Lapzeson confiesa que pese a que se escapaba para tomar clases con Merce Cunningham y otros maestros, bailar con Graham era estar tan alto que no parecía haber más destinos. «Aunque si hubiera sido conciente de lo que pasaba alrededor me hubiera interesado la post-modern dance, la experimentación, pero pasé un poco à-côté», dice usando uno de los galicismos que ya tiene incorporados naturalmente.

Después vendría Londres, un regreso a Nueva York y la mudanza a Europa. En Ginebra, ciudad de Calvino y de Borges, Noemí encontró su lugar en el mundo, creó su compañía y consolidó su prestigio, reconocido con importantes premios. «Nunca decidí que me iba a dedicar a la danza», dice hoy. Tal vez porque unir música, movimiento y concepto siempre fueron algo natural para esta mujer menuda de ojos transparentes. O tal vez porque fue la danza misma la que decidió por ella.

Entrevista de Margarita Pollini

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