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“Nunca uso en mis libros mis experiencias como policía”
Del Arbol: “Me apasionan los monstruos, pero no en su vertiente monstruosa, en esa pornografía de la grandilocuencia de la violencia. Lo que me interesan son las motivaciones”.
Víctor del Arbol realizó estudios de Historia en la Universidad de Barcelona, fue seminarista durante 5 años, y policía (Mosso d' esquadra) durante 20. Ha publicado las novelas "El peso de los muertos", "La tristeza del samurái", "Respirar por la herida" y "Un millón de gotas", que han sido traducidas a varios idiomas. Considerado un renovador de la novela negra, le han sido otorgados los premios "Le Prix du Polar Eurepéen", "Le Prix QuercyNoir", el premio Tormo Negro, el Premio Tiflos de Novela", entre otros. En su breve visita a nuestro país dialogamos con él.
Periodista: ¿Escribir novelas policiales tiene que ver con haber pertenecido durante 20 años a la Policía de Cataluña?
Víctor del Arbol: Hay dos variantes en mi vida, la pasional y la circunstancial. Soy escritor desde que era un crío, pero circunstancialmente la vida me llevó por diferentes caminos, uno de ellos la Policía. Entré a los 22 años. Me metí en esa historia por lo mismo que años antes me metí en el seminario, uno piensa que puede cambiar el mundo cuando es joven. Y si no quieres cambiar el mundo cuando eres joven estás jodido, estás muerto. Otra cosa es la pasión, que la encuentro a través de la escritura. La Policía me dio experiencias que de otra manera no hubiera podido tener. Pero lo que me pudo pasar como experiencia sólo me sirve a mí. Nunca uso las anécdotas de mi trabajo para crear tramas, personajes. Trabajo sobre las emociones. Utilizo las que sentía como policía. Hablo sobre la diferencia entre la justicia y la ley, el miedo, la desesperación. Y me apasionan los monstruos, pero no en su vertiente monstruosa, en esa pornografía de la grandilocuencia de la violencia. Lo que me interesan son las motivaciones. Por tanto, ¿qué tienen que ver mis obras con el género policial? El policial es una novela de enigma. Es un reto intelectual entre el escritor y el lector. Es como un yincana, como la búsqueda del tesoro, un juego de pistas, a mí eso no me interesa. Me interesan las causas y las consecuencias. Si hay un niño asesinado, no me interesa tanto quién lo ha matado sino por qué, y qué causa eso en el entorno. Es una piedra que cae en un lago. Me importan las ondas que ese crimen provoca. Por lo tanto lo que escribo no es novela policial, y si es novela negra es porque vivimos en un mundo que es una novela negra.
P.: Desde esa perspectiva, ¿qué buscó contar en su novela "Un millón de gotas"?
V. del A.: Un millón de historias, pero el tuétano es qué es la libertad, y qué estamos dispuestos a hacer para mantenerla o conseguirla. Eso está en la fábula del lobo y el perro doméstico. Se encuentran un lobo y un perro doméstico. El perro está lustroso, bien alimentado, duerme en la casa junto al fuego. El lobo, zaparrastroso y hambriento, le dice: quiero verme como tú, ¿qué tengo que hacer? Vigilas la casa, ladras a los extraños, cada tanto tu amo te da una palmadita y mueves la cola. Estoy cansado, dice el lobo, eso lo puedo hacer, pero ¿qué es eso que llevas en el cuello? Un collar, por la noche me atan para que no me vaya por ahí. Ah, no, eso no me interesa. Se separan, y cada uno piensa que su decisión es la acertada: el lobo su libertad, su búsqueda y sus penurias, y el perro en su comodidad que es su forma de libertad. La novela parte de esa parábola de Esopo. Esa dicotomía a lo largo de la historia de la literatura sobre qué es la libertad.
P.: Dado que no hace un ensayo, ¿encarna ese dilema en un personaje?
V. del A.: Ficciono la vida de Elías Gil, padre de Gonzalo, el protagonista. Un minero asturiano, un hombre de izquierda, comunista cuando en España no existe aún ese partido. Viaja a la Unión Soviética convencido de que es la tierra de las novelas de Mijaíl Sholojov, el paradigma de la libertad. Allí se encuentra con un preso común, Igor Stern, al que le conmutaron la pena de muerte por trabajos forzados en el gulag de la isla de Nazino. Elías encarna al perro, la civilización, los ideales, la utopía, el compromiso con los demás, el ser un hombre de bien. Del otro lado, el lobo siberiano, sin dios ni patria, cuyo único valor es su libertad, en el sentido muy primitivo de hacer lo que le da la gana. Confronto esas dos visiones. El lobo reconoce en el perro que vienen del mismo origen. Le dice: con tus ideales eres exactamente igual que yo y te lo voy a demostrar. Y Elías le contesta: no soy como tú, tengo principios, soy un ser humano no un animal. Durante 60 años confrontan. Esa es la columna vertebral que va moviendo toda la novela.
P.: ¿"Un millón de gotas" es además una búsqueda del padre como héroe y como víctima?
V. del A.: Todas mis novelas parten de preguntar quiénes somos. No somos ni lo que creemos ser ni lo que podríamos ser, somos lo que somos porque venimos de donde venimos.
P.: ¿Eso es lo que busca saber Gonzalo, el protagonista, a partir del suicidio de su hermana?
V. del A.: Gonzalo de algún modo soy yo, en sentido generacional. El frustrado abogado Gonzalo descubre que su hermana se suicidó tras la sospecha de que torturó y mató a un mafioso ruso que había secuestrado y asesinado a su hijo de 8 años. Lo que parece una venganza va más lejos y lleva a Gonzalo en busca de su pasado. A su padre, Elías, ingeniero comunista en Asturias, becario en la Unión Soviética, prisionero en un gulag por oponerse al estalinismo, combatiente en la Guerra Civil y en la Segunda Guerra Mundial, sobreviviente en los campos de refugiados en Francia, que pasa al París de la posguerra, el regreso a su tierra. Gonzalo crece con la idea que tenemos los hijos de que nuestro padre: en un momento nuestro héroe, en otro, nuestro motivo de rebeldía. Y al final nos queda una sensación de vacío porque pensamos que no fuimos justos. A Gonzalo ya no le interesa saber si su padre era un héroe o no, sino saber del hombre de carne y hueso. Las estatuas no sirven para querer a alguien, para entenderlo.
P.: ¿Lo que comienza como policial se vuelve una novela histórica como las de Javier Cercas?
V. de A.: Están los que dicen que no está tan claro que los buenos fueran tan buenos y los malos tan malos. Es una tendencia a la visión emancipadora ideológica de la ficción. Mi visión es distinta a la de Cercas. He escrito sobre la División Azul desde el lado nacional y desde un comisario político bolchevique, intentando dar las dos visiones. Las personas son complejas y no hay que simplificarlas. Elías puede ser un chequista en 1937 en Barcelona y proteger luego a un falangista amigo de la infancia, pero de eso no se puede sacar una conclusión global. La historia es la historia y lo que no hay que hacer es olvidar. No se puede convertir a la Guerra Civil y sus consecuencias en una especie de Far West donde todo vale. La Guerra Civil no es un imaginario donde todo es posible, tiene unas causas, una lógica en sus desencadenantes y en su proceso, y consecuencias que son objetivables. No es cierto eso de sopesar en la balanza y que finalmente son iguales. Cuando se dice hubo muertos por los dos lados, es cierto, pero se está faltando a la verdad. La clave es la legitimidad. La Segunda República Española es un estado legitimado democráticamente. El movimiento nacionalista parte de un principio deslegitimador que es el golpe de Estado fallido, que desemboca en la Guerra Civil. A partir de ahí los que toman el poder reescriben la historia para legitimarse. La literatura ha pasado de esa historia contada por José María Gironella, el escritor más vendido durante el franquismo, o Camilo José Cela a la que contaron Juan Marsé o Manuel Vázquez Montalbán. La visión histórica, a los que nacimos o teníamos pocos años cuando murió Franco, nos permite alejarnos emocionalmente de los hechos. En eso están Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes con una visión de que todo es relativo, que no todo está claro. Mi visión es la opuesta, creo que sí, que está claro, que la clave está en la legitimidad, en el cumplimiento de la ley. Y eso busco que surja de mis novelas.
P.: ¿Ahora qué está escribiendo?
V. del A.: Una historia de amor. He tratado en mis novelas el tema del dolor como fuerza motriz, como aquello que nos recuerda que la vida hay que pelearla, es el instinto de supervivencia. Pero tenemos necesidad de trascender nuestra vida, y eso se consigue a través del amor. Los escolásticos decían que la emoción es la inteligencia del alma. Es lo que no podemos explicar ni por la razón ni por el instinto. ¿Por qué nos enamoramos de personas que racional o instintivamente sabemos que no nos convienen? Es que hay una pulsión poderosa: la emoción, que nos lleva a vivirl ese encuentro hasta sus últimas consecuencias. Quiero explorar en una novela la pasión en positivo.
Entrevista de Máximo Soto


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