Entre el 22 y 27 de mayo una comitiva de la Fuerza Aérea Argentina visitó las instalaciones de la base de reserva conjunta de la estación aérea naval de Fort Worth. En ese cuartel ubicado en Texas están: la planta de producción N° 4 de Lockheed Martin para el caza F-16 destinado a la fuerza de los Estados Unidos, el Comando de Material y los componentes aéreos de la reserva de combate de la Fuerza Aérea, la Armada, la Infantería de Marina y la Guardia Nacional estadounidense. La delegación criolla, compuesta por jerarquizados pilotos y técnicos, asistió con el propósito de pulir aspectos finales de la oferta de cazas F-16 Figthing Falcon de la dotación de la Fuerza Aérea dinamarquesa, a punto de ser desprogramados. Estados Unidos interviene porque es el fabricante del avión caza y Washington, a través del Departamento de Defensa, tiene la última palabra para autorizar la reexportación de ese material bélico sensible, además se requiere negociar contratos suplementarios que aseguren el funcionamiento operativo de los F-16. A su regreso al país los viajeros comunicaron una novedad sombría. La contraparte estadounidense, se entiende las oficinas a cargo de la operación, puso en stand by la negociación atento el escenario de incertidumbre y endeudamiento del país. La especie no es una novedad ni constituye un obstáculo insalvable, mas bien uno lo incluiría en el clima de la inminente negociación de Argentina por redefinir el acuerdo con el FMI. Enterado, el senador Julio Martínez dijo que había elevado un proyecto de reclamo: “Intimamos al PEN a garantizar los ya escasos recursos presupuestarios de las FF.AA., y que se abstenga de firmar contratos o precontratos multimillonarios que comprometan y condicionen futuras gestiones”. El texto no lo dice pero colaboradores del senador al tanto del reclamo adujeron que apunta a la propuesta de los aviones JF.17 Thunder de la República Popular de China dada la renovación del swap con yuanes y la posibilidad de que pueda aplicarse a la adquisición de las aeronaves chinas.
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