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Operativo antifuga: peronismo K intenta evitar nuevos éxodos
Raúl Othacehé, Julio De Vido, Alejandro Granados y Francisco “Paco” Durañona
La mudanza de Othacehé, oficializada anteayer en una cita con Massa en la quinta La Colonial, de Merlo, tuvo el impacto -aunque no sorpresivo- de las tormentas pronosticadas: debajo del menú clásico de reproches y críticas, activó los movimientos preventivos que se simplifican, en su caos, en una especie de operativo antifugas del peronismo K.
Sobre el tablero del PJ, donde juega Othacehé -en diciembre fue electo consejero-, pero Massa dice no querer jugar, intervienen en estas horas múltiples factores. Veamos:
•El salto de Othacehé, el primero poselección, fue motorizado por el massismo como el principio de un éxodo de caciques. Al sumar Merlo, Massa extiende su predominio en la Primera Sección donde sólo resisten Mariano West, el único con el que el tigrense no tiene diálogo, de Moreno, Hugo Curto, de Tres de Febrero y Alberto Descalzo de Ituzaingó, sin computar Morón en manos del sabbatellismo ni los distritos medios y chicos del tercer o cuarto cordón. De esa perifería, dicen en el Frente Renovador (FR), llegarán las próximas adhesiones, entre las que mencionan a Juan Delfino (Suipacha) y Stella Maris Giroldi (Campana), a partir de su cercanía con Othacehé con quien apostaron, en 2003, a Adolfo Rodríguez Saá. Así y todo, Massa todavía no engordó su esquema en el conurbano sur donde sólo incide vía Darío Giustozzi, más allá de los vínculos que se le atribuyen con otros alcaldes.
•A pesar de los dones de Massa para administrar los tiempos para sus movimientos políticos, entre los caciques del PJ bonaerense de la zona sur, que los últimos días incrementaron sus charlas, se da por hecho que no habrá fugas en lo inmediato. Se enumeran dos razones: la fortaleza de la Tercera estuvo, siempre, dada por su capacidad de mantenerse unida, lo cual le garantiza más peso para jugar en la disputa de 2015 y, en paralelo, un componente político-económico: la mayoría de los distritos del sur tienen altísima dependencia de los recursos de la Casa Rosada y de La Plata. El síndrome manada que generó un movimiento hacia Massa en la Primera en 2013, en la zona sur interviene para mantener a la tropa abroquelada. El salto de Giustozzi, silvestre, no tuvo efecto cascada.
•La relativa unidad de la Tercera agita la teoría de costos sobre quien pierde con la fuga de Othacehé. "El kirchnerismo no tiene candidato presidencial, todavía. Si Massa le saca un intendente a Scioli, el costo es de Scioli", dijo, anoche, un intérprete K. Esa mirada se generalizó en el kirchnerismo y explica, al menos en parte, por qué los intendentes aún leales entienden que la Casa Rosada parece no preocuparse por el peligro de fuga. Massa decodificó el pacto con Othacehé del mismo modo que los ultra- K: golpea a Scioli más que a Cristina. En La Plata lo leen como parte de un procedimiento que responde, ante todo, a una falencia sistémica del cristinismo en su mecánica de destratar a los intendentes y darle volumen a La Cámpora.
•Sin embargo, no todos en el kirchnerismo parecen ajenos a los vaivenes. Hubo intervenciones puntuales como la de Julio De Vido que recibió al puñado de intendentes jóvenes que circulan bajo el sello Los Oktubre, entre los que figuran Patricio Mussi, Eduardo "Bali" Bucca y Francisco "Paco" Durañona, entre otros. La charla estaba programada de antemano pero tuvo, en el contexto de la cabriola de Othacehé, otra incidencia que sugiere que De Vido, que supo ser el mayor enlace con los patriarcas del conurbano, puede retomar ese rol. Avisa, por lo pronto, que está listo para lanzar el plan de obras "Más cerca" versión 2014. Existe, genéricamente, aunque confluyan intereses distintos y hasta antagónicos, coincidencia en apurar un operativo antifugas para evitar nuevos éxodos. Alejandro Granados, en su doble rol de ministro sciolista y patrón de municipio, pretende darles continuidad a las reuniones de la liga conurbánica que convocó el lunes en El Mangrullo y promete mantener sistemáticamente.
•Queda, latente, la lectura política sobre por qué movió Othacehé, más allá de sus quejas por la falta de interlocutores con Balcarce 50. Alguno le atribuye cierta osadía porque parece una acción extemporánea cuando la discusión feroz empezará en unos meses. Otra lectura es sobre el negocio de "mover antes" -lo de llegar entre los primeros- o, más enrevesada, la interpretación de un acuerdo táctico para mantener activo el fenómeno Massa. La previsible ristra de críticas a la volatilidad de Othacehé sólo alimenta el anecdotario: la mayoría de los caciques del conurbano reportaron, antes, con simbiótica obediencia a otros jefes. Jorge Ferraresi y Mario Ishii fueron dos de los que opinaron.


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