"Oylem Goylem es un potente antídoto contra la violencia, la intolerancia y los racismos viejos y nuevos", señala Ovadia, quien trabajó para Giorgio Strehler en el Piccolo Teatro de Milán y ha hecho cine dirigido por Mario Monicelli y Nanni Moretti, entre otros.
Su espectáculo se convirtió en "un éxito transgeneracional" en Italia, y a lo largo de 25 años fue aclamado en Europa y en Estados. Su debut en Buenos Aires se realiza por intermedio de la Società Italiana Argentina, el Instituto Italiano de Cultura de Buenos Aires y la Embajada de Italia.
Periodista: ¿Quién lo introdujo en la cultura yiddish?
Moni Ovadia: No soy una autoridad en la materia, ni quiero serlo. Sólo quiero expresar mis opiniones y reflexiones personales con total libertad. Por eso nunca quise ser profesor sino artista. Soy de familia judía, llegué a Italia siendo un niño y estudié en la escuela judaica de Milán a la que asistían jóvenes de todas partes del mundo. Era una cultura muy vital y cosmopolita; la de ahora está muy influida por Israel. Tuve muy buenos maestros que me introdujeron en la música, el teatro, el jasidismo y las tradiciones yiddish. Pero los instrumentos para navegar en esa cultura me los dio un queridísimo amigo, Claudio Magris.
P.: El autor de "Danubio".
M.O.: Sí. Su libro "Lontano, dove" ("Lejos de dónde") fue durante muchos tiempo mi "livre de chevet", como dicen los franceses. Ahí narra y explica el éxodo de los judíos del este de Europa, través de la obra de Joseph Roth. Es un magnífico ensayo sobre la cultura yiddish. Estuvo al lado de mi cama por años y años...
P.: ¿Por qué es ejemplar la cultura yiddish?
M.O.: Porque es la civilización de la diáspora, del exilio, y representa un ejemplo histórico extraordinario. Porque fue producida por un pueblo desarraigado, por una nación que vivía a caballo de las fronteras que no tenía ejércitos, ni policías y demostró que se puede ser nación y pueblo sin necesidad de la violencia, ni de grandes aparatos políticos ni estatales. Su mayor apoyo y refugio lo encontró en las tradiciones familiares. Creo que esto es algo propio de la condición humana, no sólo de la cultura judía.
P.: ¿Cuál es su posición frente al conflicto palestino-israelí?
M.O.: Mi mensaje de paz está implícito en esta tradición cultural, basada en la espiritualidad y la ética. La cultura yiddish glorifica la condición de exilio. No tiene la obsesión de pertenecer a una nación, porque de esa obsesión nace el nacionalismo que es una de las peores epidemias de la humanidad, ninguna otra mató tantos seres humanos. Nuestro mensaje de paz y de universalidad llega a través del humor y de la paradoja. El mundo es tonto y basta salir a la calle para verlo. Porque el ser humano tiene una gran riqueza en: energías, sentimientos, emociones y en su capacidad de conocimiento. ¿Y en qué emplea su vida? En hacer plata. Es tan triste... ¡Es un desastre!
P.: ¿Cómo definiría al humor judío?
M.O.: Es un humor de historias y chistes que no son chistes, sino una forma muy sintética de filosofía basada en la razón paradojal y la risa es su efecto secundario. Pero, el humor judío no sería posible sin su concepción del dolor y de la tragedia, su visión ética de la vida y sus contradicciones. El humor judío ríe al borde del abismo. No de los otros, sino de la fragilidad propia. Por eso llega muy fácilmente a todo el mundo. El 95 % del público que asistió a mis espectáculos de cultura yiddish no era judío. Y eso se debe a que estos contenidos son universales, pertenecen a toda la humanidad.
P.: Uno de sus espectáculos más celebrados fue "Mame, mamele, mamma, mamà. El crepúsculo de las madres".
M.O.: ¡Cómo se ríe el público con ese tema! Como decía un escritor estadounidense, para ser una buena madre judía no es necesario ser mujer, ni madre, ni judía. Es suficiente con hacer ejercicios y practicar. Espero poder traer ese show a Buenos Aires, porque hay una escena muy divertida con una madre judeo-argentina. Aunque la madre judía más perfecta que conocí en mi vida es mi amigo Magris.
| Entrevista de Patricia Espinosa |


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