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Paco de Lucía: la vuelta de un clásico
Tras larga ausencia, De Lucía brindó en este regreso porteño un concierto redondo, con la solidez de alguien que está de vuelta de todo, con el permiso que tienen los clásicos y los referentes de repetirse.
Paco de Lucía & Septeto. Con A. Pérez (bajo, palmas), A. Serrano Dalmas (armónica, teclado), A. Sánchez Palomo (guitarra), I. Suárez Escobar (percusión), A. Fernández Montoya "Farru" (baile, palmas, coro), D. de Jacoba y A. Glores Cortés (cante, palmas). (Teatro Gran Rex; 15 y 16 de noviembre).
Hacía muchos años que Paco de Lucía no venía a la Argentina. Es raro, porque en nuestro país siempre ha tenido una acogida muy calurosa, de públicos muy diversos, desde guitarristas de todo género y amantes del flamenco hasta melómanos sin distinción. Pero es como si hubiera estado ayer. Muy poco cambió en su música, en su estilo, en su modo de encarar una expresión muy fuertemente ligada a una región de España que, a fuerza de artistas como él, se ha hecho internacional.
Llegó esta vez en formato octeto, con una estructura similar a la de tantas otras veces. Su guitarra, que arrancó sola el concierto con "El niño El Curro", es la guía que conduce las más de dos horas de sonidos, cante y baile. La percusión, con muchos elementos latinos, del "Piraña" Suárez Escobar es una pieza fundamental, con el cajón peruano como sonido dominante. Dos cantaores, David de Jacoba y Antonio Flores Cortés, ocupan un lugar que, según siempre dijo Paco, le hubiera gustado a él: el de expresar desagarradamente con la voz las coplas españolas. Y el grupo se completa con el bajista Alain Pérez -que no se priva de hacer palmas en algún momento-, el tecladista y armoniquista Antonio Serrano Dalmas, el segundo guitarrista Antonio Sánchez Palomo (un papel que durante mucho tiempo ocupó su hermano Ramón de Algeciras y que ahora ocupa su sobrino)- y un bailaor que también hace palmas y coros cuando es necesario.
Con ese equipo, De Lucía brindó en este regreso porteño un concierto redondo, a su modo, con la solidez de alguien que está de vuelta de todo, con el permiso que tienen los clásicos y los referentes de repetirse. Hubo temas viejos que, a pesar de lo que se publicó por allí, no se correspondieron a ningún álbum concreto, ni siquiera a alguno en vivo o a un compilado. Como dijimos, empezó solo con "Mi niño..." y fue enlazando, sumando acompañantes sucesivamente, piezas como "Antonia", "El tesorillo", "Callejón del muro", "Palenque", etcétera. Concluyó con "Cositas buenas" y "Zyryab", dos composiciones suyas interpretadas y grabadas muchísimas veces. Y como bis tocó otro de sus hits, "Entre dos aguas".
El virtuosismo de este artista de Algeciras no tiene cuestionamiento posible, porque es acrobático y deslumbrante, pero sabe ponerlo al servicio del flamenco. El resto de sus músicos lo respaldan en eso. Los cantaores y el bailaor sorprendieron especialmente al público. Insistimos con el papel central que le cupo a la percusión, la única pata que no podría faltar. Serrano tuvo momentos muy buenos con la armónica; con el teclado, en cambio, sus "colchones" de cuerdas tienden más a la convención y fueron menos interesantes. Y el resultado final estuvo a la altura de un músico que los argentinos siempre están muy interesados en volver a escuchar.


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