- ámbito
- Edición Impresa
Padece Francia legado antiautoridad del 68
¿Por qué nuestros niños ya no saben leer ni escribir? Tal es la pregunta que desvela a los padres. Ya en 2004, el Ministerio de Educación nacional detectó que, al llegar al 6º grado de la primaria, el 15% de los alumnos no dominaba la lectura ni la escritura. Una epidemia de «des-ortografía» se expande por la escuela francesa. Entre tanto, el manual de Boscher, un método tradicional de lectura, vende cada año 80.000 ejemplares. La explicación es que uno de cada tres padres enseña a sus hijos en paralelo a la escuela, tras descubrir con horror que éstos terminan primer grado sin haber aprendido a leer y escribir.
La escuela pública francesa, otrora un poderoso instrumento de igualación social, hoy expulsa alumnos hacia el sector privado, reinstaurando los privilegios de la cuna y del dinero.
Una comparación del rendimiento de egresados de primaria en la década de 1920 con los de la de 1990 mostró que, en ortografía y gramática, los «antiguos» superaban a los «modernos».
A fines del año pasado, una encuesta encargada por el diario Le Figaro reveló que, sin distinción de ideología ni de edad, el 79% de los franceses pide mayor disciplina en la enseñanza empezando por lo más elemental: que los alumnos se pongan de pie para saludar al profesor.
En el banquillo de los acusados está el Mayo del 68. Recientemente, en el diario El País de España, Mario Vargas Llosa hizo una requisitoria a esa revuelta que «no logró destruir el Estado», pero «sí legitimó la idea de que toda autoridad es sospechosa».
Los señalamientos alcanzan también a las tesis de Pierre Bourdieu sobre la escuela como lugar de transmisión de la cultura dominante y de reproducción de las desigualdades y a la muy difundida obra de Michel Fou -el autor de «Vigilar y castigar»- que, según sus críticos, equipara a maestros con policías y guardiacárceles.
Ése fue el marco ideológico que hizo posible el avance del «pedagogismo», ideología señalada por sus detractores como igualitarista y que, al colocar al niño en el centro del proceso de aprendizaje, reduce al maestro al rol de «acompañante».
Aunque la reacción contra estas teorías se está consolidando, y cada vez son más los que preconizan el retorno a los métodos clásicos de enseñanza, algunas costumbres no son fáciles de erradicar. Los maestros se siguen formando en la teoría «sesentayochista», se enseña cada vez menos gramática y vocabulario, los manuales se simplifican y reducen su contenido y los ejercicios se hacen sobre fotocopias donde el alumno sólo llena casilleros y pierde así la práctica de la escritura.
Claude Imbert, director de la revista Le Point, señala que «todo el ciclo educativo está alcanzado por el derrumbe de la autoridad del maestro» en nombre de «la sacralización del niño rey, inmunizado contra la sanción, tolerado en sus deseos y caprichos (...) descerebrado por un pedagogismo delirante».
Jean-Paul Brighelli, cuyo libro -«La fábrica de cretinos»- no deja dudas sobre su diagnóstico del estado de la escuela francesa, es un profesor de Letras que recibe anualmente a camadas de aspirantes al bachillerato. Estas teorías que «vaciaron la enseñanza de contenidos», dice Brighelli, arrojan a la calle a jóvenes que «se saben desprovistos, incapaces de reflexionar, de adaptarse». El propone «un tronco común exigente hasta 2º año del secundario» y llama a «salir de la demagogia», porque «los alumnos desprecian a los profesores que no los hacen trabajar».
La obra de Brighelli, junto con otras de crítica a la pedagogía actual, es best seller en Francia. Falta que el debate -casi ganado en la teoría- se traduzca en reformas que le devuelvan a la escuela pública de ese país el brillo que supo tener.


Dejá tu comentario