13 de julio 2011 - 00:00

Para Alfonsín, Macri ahora es un prócer

El radicalismo elevó ayer a Mauricio Macri casi a la categoría de prócer en su afán por cerrar un acuerdo con el triunfante jefe porteño que hace un mes rechazaba de plano. De la mañana a la noche, producto del contundente 47% en la Capital Federal, el PRO pasó a ser el bien más apetecible en el espectro político. Todo lo que fueron críticas pasaron a halagos. ¿Que más puede pedir un radical de estos tiempos que un botín como ése?: la mitad de la Ciudad en manos de un candidato local que no está atado a un referente presidencial. Sueña entonces Alfonsín, que Macri por arte de magia se lo cederá para el 14 de agosto y el 23 de octubre.

Si todo lo que dice ahora el radicalismo sobre Macri es cierto, Silvana Giudici debe estar cayendo en un complicado pozo depresivo. Hizo campaña a la cabeza de una lista que muchos en la UCR les costó apoyar, en parte por impresentable, y ahora se encuentra con que el candidato porteño con el que la hicieron pelear no era tan malo como decían. Son los riesgos de presentar una lista para negociar y después no poder levantarla.

Gracias a Dios los radicales están acostumbrados a estas volteretas y, entonces la previsora Giudici no le pegó tanto a Macri en la campaña. Esa actitud le valió el enojo de muchos militantes en serio dentro del partido, pero ahora sirve como argumento para dar la vuelta y negociar sobre la base de que, al final de cuentas, «tan lejos no estamos». El problema, que la clase política raramente puede divisar con claridad, es que los votos de Macri, como los de cualquier otra fuerza, no son un rebaño de ovejas que responde linealmente a órdenes superiores.

La prueba está en la misma UCR. El macrismo, se sabe, está formado por una centroderecha a la que se unieron peronistas y radicales desencantados. Sobre esa base cabría preguntarse: ¿en qué mente de los estrategas de campaña de Alfonsín entró la idea de que quienes se fueron del radicalismo hace años por presentar candidatos como los que llevaron ahora en la Ciudad con Giudici a la cabeza, volverán ahora a apoyarlo en una presidencial?

Ese razonamiento, que ayer aplicaron los radicales en su desesperación por cerrar un acuerdo con Macri, bien le podría servir a Cristina de Kirchner para ilusionarse también de hacerse con parte del botín porteño.

En dos días Alfonsín repitió hasta el hartazgo en los medios: «Si fuera porteño votaría a Macri». Lo hizo de nuevo ayer agregándole ahora la certeza de que el triunfo del PRO le puso «un límite» a la administración de Cristina de Kirchner. Es cierto, Macri le asestó un golpe al Gobierno del que todavía muchos kirchneristas no se recuperan y de hecho en ese intento emiten declaraciones que no hacen más que dejarlo en evidencia en su mareo electoral. Pero es un triunfo de Macri que el radicalismo no puede reivindicar. Los elogios fueron más allá: «Hace falta humildad en la Argentina. Tuvo una actitud de diálogo con respecto a quienes no lo votaron, dijo Alfonsín sobre Macri, mientras Francisco de Narváez negocia a toda marcha la unificación de los tres en la campaña.

Para poder participar de la fiesta macrista, los radicales deberían haber olvidado sus viejas prácticas y cerrado un acuerdo más temprano con el jefe porteño. Primero no quisieron acusando al macrismo de ser el límite moral; después, cuando era tarde, y marcharon a la elección con una fórmula de «mentirita».

No le hicieron caso a Ernesto Sanz, al que el alfonsinismo combatió como precandidato presidencial, pero también por promover dentro del partido un acuerdo con Macri y De Narváez.

Ayer Rozas apareció en su rol militante de presidente de la UCR enrostrándole al Gobierno, en una carta a los afiliados, las inconsistencias de mediciones que, en algún caso, quedaron en evidencia el domingo pasado: «Hace semanas La Cámpora era una marea de militantes que se llevaban puesto al peronismo; hoy, oficialistas y opositores se muestran sorprendidos por la elección de sus referentes en Capital», dijo allí. El mendocino se encolumna así tras Alfonsín, seguramente hasta el día después de las elecciones.

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