3 de abril 2012 - 00:00

Paradoja: buenas y malas noticias inflan a Wall St.

Wall Street coronó el primer trimestre con el mayor avance accionario de los últimos 14 años. Y arrancó abril con el mismo ímpetu (ayer ganó un 0,4%). Quienes temían que el cierre de marzo estuviera maquillado por el «window dressing» -el efecto de vestir las carteras, a último momento, con los papeles ganadores para dejar constancia de que se está montado en la ola- esperaban un traspié inicial. No se produjo. En Europa se ensayó, pero la suerte se dio vuelta a lo largo de la rueda, y las plazas principales del Viejo Continente acuñaron aumentos mayores al 1,5%. Primera conclusión: el rally de los activos de riesgo no se entregó todavía. Es verdad que campea la cautela entre los administradores de cartera es un argumento bajo la manga de los optimistas. En la medida en que la suba persista será difícil para los profesionales mantenerse al margen y no treparse al convoy.

Queda claro que el rally no devolverá las llaves del avance mientras la Fed aliente expectativas de intervención. Las minutas de la reunión del 15 de marzo se conocerán hoy y deberían servir para alumbrar mejor el estado de la discusión en el seno de la institución. Es curioso. Un desfile incesante de funcionarios oradores, las tres últimas semanas, se ocupó de remarcar que no hay ninguna necesidad de apelar a una tercera edición de la expansión cuantitativa. Sin embargo, los dealers primarios, aquellos agentes de mercado (los únicos) que operan en forma directa con el banco central, están convencidos, en su mayoría, de que habrá QE3. En una encuesta flamante, realizada por Bloomberg, 15 de los 21 agentes primarios consideran que la Fed se inclinará por la iniciativa. Sólo cuatro estiman que las chances del QE3 son menores al 50% (el restante no contesta).

La mejor vara para medir la percepción en los mercados de que la Fed meterá manos en el asunto no es la reacción de las Bolsas. Es el comportamiento de los bonos de largo plazo; esto es, la materia prima de su intervención. Y la mejoría del mercado de trabajo en EE.UU. -que no cesa de manifestarse- sembró las dudas. Llevó al emblema de las tasas largas -la de diez años- a trepar más de medio punto en los últimos tiempos. Semanas atrás saltó al 2,40% amagando con el trauma de un reacomodamiento de portafolios. Allí medió Ben Bernanke, el mandamás de la Fed, y quien definirá, en última instancia, la partitura. Es Bernanke quien mantiene despierta la ilusión de una política monetaria acomodaticia mientras los integrantes del elenco -cuando tocan como solistas- ensayan las notas de un eventual endurecimiento. Pero, cuando se mira el termómetro de las tasas largas, y se las observa en torno al 2,20%, se comprueba que los mercados no se comen los amagos de severidad. En ese sentido, la estrategia de Bernanke -la de aquietar las aguas- rinde sus frutos.

Las Bolsas subieron ayer alentadas por dos sorpresas que dieron cuenta de una mayor actividad que la esperada. En China, donde las encuestas PMI habían mostrado una fuerte desaceleración de la industria manufacturera, surgieron datos, provenientes de otra muestra, señalando -para el mismo período- todo lo contrario: tras un efímero bache, la industria protagonizaría un repunte in crescendo. ¿Dónde estará la realidad? Como todo en China, es arduo saberlo. Al menos, en tiempo real. Quizás las pequeñas compañías son las que están sintiendo el rigor, y las grandes firmas las que se abren paso con más facilidad (sería la explicación consistente, si se quiere creer que no hay error en ninguna de las mediciones). A la par, que las penurias de la industria europea se hayan multiplicado no importó. En EE.UU. el informe ISM manufacturero excedió las expectativas y concretó el uno-dos que definió la rueda con amplio saldo favorable. Noticias tan buenas -que hacen a un lado los temores de una frágil recuperación- no deberían alentar las chances del QE3. Es una paradoja que conservará vigencia hasta el próximo cónclave de la Fed: si las buenas noticias resultan provechosas para Wall Street, las malas deberían ser aún mejores.

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