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Paulina Rubio no logró llenar el Rex
La efervescencia por ver a Paulina Rubio no estuvo a la altura de las expectativas.
Paulina Rubio se viste con faldas muy cortas y botas muy altas, y luce un portaligas que la acerca al aspecto de una comehombres profesional. Sin embargo, su modo de relacionarse con el público está más cerca de lo naïve que de lo sexual, de lo infantil que de la sensualidad de una mujer adulta. Es por eso, entonces, que aunque sus canciones hablan de cuestiones relacionadas con personas maduras, su público se parece mucho al de los productos de Cris Morena/Telefé.
La efervescencia, sin embargo, es menor a la que vienen generando estas producciones televisivo-teatrales en los últimos años (que hasta han dado lugar a juicios millonarios, como el reciente en relación al programa «Niní»). A la mexicana, la convocatoria no le alcanzó esta vez para llenar el enorme Gran Rex, aunque es cierto que le tocó pelear con una fecha complicada, horas antes del comienzo de un fin de semana de éxodo turístico. En su caso, no desbordar los teatros no es un tema menor, porque es un clásico modelo de artista-producto, de esos que cada vez que repasan su currículum ponen más énfasis en sus logros comerciales -ventas, discos de oro y platino, premios de la industria- que en sus desarrollos artísticos.
Con todo, la fiesta está montada como para que todo salga bien; y no hay problemas al respecto. La cantante despliega una lista de canciones en la que conviven títulos más conocidos por el público -por caso, el súper hit «Yo no soy esa mujer»- con las canciones del último disco, «Gran City Pop», que está presentando en esta gira -y que tiene al argentino Cachorro López entre sus productores-. Así, temas pop de localización incierta se mezclan con piezas que conservan cierto toque mexicano -»Dame otro tequila»-.
Su afinación no siempre es precisa y sus grabaciones suenan en ese sentido mucho más prolijas que el vivo. Rubio se rodea de un cuarteto de músicos cuyo sostén está en el tecladista Daniel Mandelman y en el bajista/director Andreas Geck, con el guitarrista Benjamín Hazlett más preocupado por jugarla de lindo que por tocar. La parafernalia profesional del escenario es impecable y la iluminación y los videos que acompañan generan un efecto «kermesse» muy colorido que está en sintonía con el producto. Nadie espera mucho más que eso.


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