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Pedido al Banco Central Europeo: ¡actúe!
José Siaba Serrate
La reputación se destruyó. Y Europa paga el precio. Se reaccionó tarde, a los empujones. Uno imagina el susto y los reproches. No se hacen muchos esfuerzos, a decir verdad, por ocultar las cicatrices. El presidente francés Sarkozy -tal la versión que su colega español Rodríguez Zapatero les confió a sus cófrades socialistas, según El País- habría amenazado con abandonar el euro (¿y adónde se iba a ir?). Con el apoyo de Italia y del resto de los desventurados de la eurozona, París le torció el brazo a Berlín (al menos en la gesta que contó Zapatero). Uno piensa que Barack Obama, que no figura en los créditos, habrá influido también (después de todo, detrás del genio de De Gaulle, estuvo Eisenhower). Como sea, la premier Angela Merkel no tiene empacho en reconocer que la situación es «muy, muy seria» y que la crisis enseña que no sirve congraciarse con los demás a toda costa (un pecado que no cometió). En los momentos difíciles, «hay que poner los problemas sobre la mesa». El principal -que la unidad del euro pudo y puede quebrarse-, lo señaló, sin pelos en la lengua, Paul Volcker, el asesor de Obama en los temas de reforma financiera, y a quien no puede tildarse de enemigo a priori de la integración monetaria.
Derribar la reticencia alemana a que el Banco Central Europeo (BCE) compre deuda de los países vulnerables no fue fácil. Días antes ni siquiera se había podido tratar. De las cuatro medidas aprobadas por el BCE, admitió su titular, Jean Claude Trichet, en tres hubo consenso unánime. Esta decisión, la más importante, fracturó el espectro. Se habrían opuesto los presidentes del Bundesbank y del banco central de Holanda (y Juergen Stark, economista jefe del BCE). Pero fue su ejecución, el lunes pasado, lo que calmó la correntada. Saber que hay un comprador en firme de las deudas vapuleadas frena el embate. Les coloca un piso a sus precios. Pero sospechar, el jueves, que el BCE había desacelerado el volumen de sus operaciones volvió a enturbiar las aguas. Hay que entender que de los 750 mil millones de euros del mecanismo de estabilización sólo están disponibles 60 mil millones (del presupuesto de la Unión Europea). Quien quiera utilizarlos, sin embargo, deberá cerrar primero un programa de apoyo conjunto con la Unión Europea y el FMI. Son tiempos distintos de la urgencia que dicta el temporal. Es la munición del BCE -sólo ella- la que hoy sostiene el fuego de la contraofensiva. Queda claro que donde su artillería no llega -por ejemplo, no le cubre las espaldas al euro- las tensiones se agravan. No luce muy inteligente, pues, retacearla tras las primeras salvas. Se estima que el BCE intervino en los mercados de bonos con 7 mil millones de euros el lunes, pero la cifra habría descendido a mil o dos mil millones el jueves.
Flaco favor aporta que se sospeche, no bien comienza la faena, que la munición escaseará.
El descrédito es mucho y como el BCE no se extremará a fondo, a menos que la crisis lo vuelva a torear, no conviene esperar triunfos rotundos. Si bien el mito de su castidad quedó enterrado por los rigores de la realidad, el BCE es un Narciso incorregible. Orgullo y prejuicio alimentan sus decisiones. Ni es virgen ni un amante apasionado. Comprará deuda pero no lo hará con emisión de euros. Allí todavía es inflexible: promete esterilizar su intervención por completo. La política monetaria en sí no se relaja. No aumentará la liquidez aunque el BCE se dé a la tarea de redirigirla hacia los segmentos que la crisis obstruye. ¿Cuán inteligente es esta sutileza? Nada. Durará poco cuando el temporal arrecie. ¿Quién puede pensar que Europa precisa exactamente la misma política monetaria hoy que a principios de año? Eso es lo que el BCE sugiere (y lo que mantuvo a rajatabla hasta que se anunció el plan de estabilización). Si se sufre un fuerte shock crediticio, si toda Europa se abocará a ceñirse cuatro talles menos de política fiscal -cuando la salud de la economía pende de un hilo- lo comprensible es que, como contrapeso, se afloje el cincho de la política monetaria. Y arrojar al euro desde un acantilado no es la mejor receta para lograrlo, ya que también se requiere -en aras de calmar el vendaval- que no se exacerbe el contagio. ¿Cómo justificar la postura del BCE (un dislate que se enarbola como mérito)? Se alega que su mandato es la estabilidad de precios. Pero no hay signos de una inflación al acecho (aunque en la mejor tradición cervantina, el BCE gusta de arremeter contra los molinos de viento). Todo lo contrario. Nadie está convencido de que un ajuste deflacionario tendrá éxito. Por eso las promesas de austeridad fiscal son como un búmeran que, cuanto más drásticas, más lesionan la credibilidad. Es verdad que, en forma individual, los países miembros de la eurozona están atados de pies y manos, pero el BCE sí puede hacer política monetaria contra el ciclo. Si estuviera dispuesto a impedir una deflación antes que se instale a sus anchas -como la que ya se cierne en España-, otro sería el cantar. Lo dice bien Paul Krugman cuando diferencia a los EE.UU. de Grecia. «Nosotros tenemos una ruta de escape», en alusión a la senda de la recuperación económica. Europa debería buscar la suya. Y lo primero es pedirle al BCE que no la obstruya. Y que, por favor, instale un guard rail para que no desbarranque el nivel general de precios.

