Pedido a Santa Claus: una economía de EE.UU. que vuele sin ínfulas

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China, pertrechada con las mejores armas, conoció la experiencia antes que nadie. Y, desde agosto, no consigue desembarazarse de sus redes. Es la paradoja de la recuperación. Si la economía no sana, si no cicatriza sus heridas, nada justifica la resurrección vehemente de las Bolsas. Pero, a medida que se acentúa la rehabilitación, ¿cómo defender la aplicación intensiva de políticas de estímulo y no proceder a retirarlas? ¿Cómo estar seguro, en ese caso, de que no se producirá una recaída? Quizás la economía soporte bien el examen; aun así, cómo garantizar que la merma de combustible no apagará la efervescencia de las cotizaciones. O que lo hará con suavidad. Estamos, pues, frente a un cruce de caminos, inexorable, que la propia recuperación ilumina cuando deja de ser una luz mortecina al final del túnel. No es verdad que la crisis carezca de salida. Pero es una fina ironía que para tomar definitiva distancia haya que sortear un último laberinto.

Para los mercados, el restablecimiento de la economía es muy importante. Pero la generosidad de las políticas de incentivos no le va en zaga. Las Bolsas anticipan. Con notable ojo clínico, reaccionaron antes de que lo hiciera la propia economía. Pero, a decir verdad, primero se instalaron las políticas de estímulo. Mucho antes que las Bolsas levantaran cabeza. ¿Es una exageración afirmar -a la manera de Gordon Gekko- que si los mercados tuvieran que sacrificar una de las dos variables, preferirían demorar la recuperación y preservar el apoyo oficial irrestricto? Es lo que enseña China. Y lo que comienzan a sugerir los mercados de riesgo del resto del mundo desde que se supo que EE.UU., en noviembre, sólo habría destruido once mil puestos netos de trabajo. La consiguiente firmeza del dólar ofició de conductor de alto voltaje. Y hasta la volcánica pasión por el oro acusó el impacto.

Las Bolsas de Shanghái y Shenzhen arribaron a esta encrucijada en agosto. A la velocidad del rayo: con un avance en las alforjas, del 100% en nueve meses. Y aquí debieron parir un abrupto retroceso. Entiéndase bien: la recuperación se instaló a sus anchas en China. La producción industrial, por caso, creció un 19% interanual en noviembre. No hay otro ejemplo a mano de similar pujanza. Sin embargo, los máximos bursátiles datan de principios de agosto. Su empuje se eclipsó en el acto, cuando las autoridades insinuaron que podrían dar marcha atrás con las iniciativas de aliento, alarmadas ya no por la crisis sino por el desmadre de los bríos (como la fulminante expansión del crédito bancario). La admonición nunca se ejecutó. Pero es una amenaza creíble por lo torrencial de la situación. La lección: los inversores chinos eran más audaces antes de agosto, cuando nada perturbaba la vigencia del estímulo generoso. Bastó la sospecha sobre su continuidad para torcer la balanza. Y lo que la realidad sumó después de agosto -la confirmación de una recuperación robusta como ninguna otra- no compensó los temores. Desde ya que el dilema es de corto plazo. El Nikkei japonés demuestra que, si la salud de la economía se escabulle, no hay estímulo que valga, por más que dure veinte años. Pero, si se pide un deseo para estas fiestas, conviene rogar todavía por una economía que vuele sin ínfulas. Que no pretenda emular a Ícaro.

El informe laboral de noviembre -que, por primera vez, arrima la expectativa de comenzar a crear empleo en EE.UU.- dejó una huella profunda. Si la recomposición del empleo está a tiro, ¿significa que, a la par, se acorta el horizonte de vigencia de las políticas de estímulo? Atisbar una economía vibrante no puede dañar los precios de las materias primas. Pero los precios caen. Salta a la vista, pues, la gravitación de los planes de estímulo -incluyendo el aliciente de las tasas cero-. Así, el barril de crudo cuesta casi diez dólares menos que a fines de octubre. Cómo explicar que un talismán de usos múltiples como el oro -que protege de la inflación, del colapso del sistema financiero y del recalentamiento económico, cuando no de la mera incertidumbre- se derrita un 15% sólo porque cede la hemorragia laboral. Por empezar, no habrá nunca inflación si persiste la tala de empleos a destajo. Es alentador percibir, en cambio, que las Bolsas soportaron con mejor temple el chubasco de buenas noticias. Aunque la chapucería de forzar el repago anticipado del plan TARP -que obligó a digerir una tromba de papeles (de Bank of America, Citi y Wells Fargo) por cerca de 50 mil millones de dólares- les hizo mella. Quizás las acciones tengan mejor sustento que las materias primas o las monedas. No sólo por fundamentos. Uno diría, más bien, por la fortísima estacionalidad favorable de Año Nuevo. Un estímulo paralelo que no depende de los gobiernos sino que otorga el calendario. Y que, a su arbitrio, podría hacer mutis por el foro o estirarse hasta marzo. Sin embargo, ¿cuánto subió Wall Street desde que se supo la noticia del empleo? Nada; pese a que las ventas minoristas acumulan dos meses consecutivos de fuertes aumentos y la producción industrial revive. Es más: los inventarios mayoristas aumentaron por primera vez desde agosto de 2008. Nadie debería sorprenderse si el crecimiento del cuarto trimestre orilla un 4% en los EE.UU. No está mal para quien todavía ocupa una plaza en la sala de terapia intensiva. ¿Qué pasa, entonces, con los mercados? Es obvio: temen recibir el alta médica. Cuando la Fed reconoce que las presiones laborales se abaten, ¿está preparando el terreno? No. Pero, ello no frena el cambio de expectativas ni los reacomodamientos. Habrá, pues, que alistarse para sobrevivir a las buenas noticias. La Bolsa, montada en la estacionalidad propicia, debería zafar por un tiempo. Será, sin embargo, un duro examen para cualquier proyecto de burbuja. Los arbitrajes más remanidos -oro, materias primas, monedas, emergentes- tendrán que mostrar que sí son capaces de dar la talla. Por fuerza, una decantación es inevitable.

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