10 de diciembre 2009 - 00:00

Poco más que paisajes y populares actores

La música empalagosa y los diálogos redundantes afectan «Cartas para Jenny», melodrama sobre una huerfana judía con mal de amores que viaja a la tierra de sus mayores.
La música empalagosa y los diálogos redundantes afectan «Cartas para Jenny», melodrama sobre una huerfana judía con mal de amores que viaja a la tierra de sus mayores.
«Cartas para Jenny» (Arg.-Esp.-Isr., 2007, habl. en esp.). Dir.: D. Musiak. Guión: A. Baub. Int.: G. Accardi, F. Di. Tomaso, M. Fullola, M. Seefeld, B. Spelzini, A. Fresco, S. Segovia, J. Villegas.

Presentada y bien recibida desde hace dos años en diversos festivales de cine judío, recién ahora se estrena esta nueva película de Diego Musiak. Como en las anteriores («Fotos del alma», «Historias clandestinas de La Habana», «Te besaré mañana»), los temas clave son el amor y la afirmación de una identidad frente a los otros. Esta vez, en la persona de una joven judía que en poco tiempo debe afrontar cuatro etapas importantes de su vida.

La chica parece ser de las que acumulan desgracias inmerecidas: siendo niña perdió a su madre, y ahora se queda embarazada de un músico que promete casamiento pero se fuga cuando ya está todo listo y anunciado para la boda. Por suerte, la previsora madre había dejado unas cartas, cada una de las cuales debía abrirse en muy precisas ocasiones: el bat miztvá, cuando la niña pasa a ser mujer (y hace tan poco tiempo que pasó a ser huérfana), el casamiento, el primer hijo, y, en fin, la otra era para una situación de amargo desconcierto, como en este caso.

Esa carta la impulsa a viajar a la tierra de sus mayores. Ahí encontrará ciertas personas que han de orientarla, y le harán reflexionar sobre el verdadero tamaño de sus males. Dicho así, el asunto suena atractivo. El problema es que también suenan, pero demasiado, la música empalagosa y unos diálogos redundantes. Nada es perfecto. De todos modos, la gente puede tener varios motivos para engancharse: el tema, la progresión del cuento, los paisajes, y los protagónicos de dos populares figuras televisivas: Gimena Accardi, que aprovecha la oportunidad, y Máximo Augusto Calderón de la Olla, conde de Kricoragán, perdón, quisimos decir Fabio Di Tomaso, ahora con uniforme de soldado del ejército israelí dispuesto a ayudar a la pobre chica y hacerla olvidar del infame que la abandonó. Rodaje en Cruz de Piedra, Potrero de Funes, El Volcán, San Luis Capital, Barcelona, Jerusalem, Haifa y el Mar Negro, buena fotografía, guión, interesante, de Andrea Baub, alma Mater de la Compañía de Teatro Judío Contemporáneo. En resumen, daba para más, pero se pasa el rato.

P.S.

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