Postales del funeral del “jefe de jefes” de la droga

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México DF - El cortejo fúnebre avanzó por las calles de Culiacán, capital del estado mexicano de Sinaloa. Cinco Cadillacs de lujo y con cristales oscuros que recorrieron lentamente la avenida Álvaro Obregón y siguieron por la carretera a Nogales, donde se ubica el cementerio.

De Culiacán ha salido durante generaciones lo más granado del tráfico de drogas. También escritores como Elmer Mendoza, padre de la narcoliteratura, un género que se convierte en costumbrista con cada tiroteo. De sus páginas podría provenir la hilera de vehículos que transitó por las calles polvorientas y casas bajas levantadas con más o menos gusto, pero siempre limpias y bien arregladas.

Oro

Ya en el cementerio, unas cien mujeres, sólo mujeres, acudieron a despedir a Arturo Beltrán Leyva metido en un ataúd de madera, uno de los más caros, pero ni mucho menos bañado en oro, como especulaba la prensa local. En el panteón familiar no corren ríos de whisky, cocaína o cócteles de mariscos ni cantan los mariachis, sino que se sirven agua y jugos en silencio. Tampoco el entierro termina con ráfagas de rifles AK-47, como es habitual.

Todo muy austero para los gustos del lugar y para la importancia de un peso pesado del narcotráfico. Lo más lujoso fue una inmensa corona de flores de varios metros de alto que necesitó de ocho personas para moverla y que tenía un valor cercano a los 2.000 euros. ¿Quién la envió? Es uno más de los secretos que se quedan en Culiacán.

A pocos metros de las mujeres que rezan, entre ellas Felicitas Beltrán Leyva, hermana de Arturo, medio centenar de soldados sigue muy de cerca el entierro. Unos desde la tanqueta y otros con las botas en el suelo, pero el rifle cargado y sin seguro. Porque esto es una tregua en medio de una guerra que recrudecerá con su muerte.

El cementerio de Culiacán es uno de esos monumentos que no salen en ninguna guía turística pero que explican mejor que cualquier museo la historia del lugar. Entre los cipreses se levanta una pequeña ciudad jalonada por decenas de criptas del tamaño de un chalet de tres pisos que combina simbología católica con bóvedas, columnas y pequeños jardines.

Los jóvenes sicarios, aquellos cuya vida no pasó del primer enfrentamiento, tienen que conformarse con nichos pequeños. Pero el lugar del descanso eterno para los capos o el «jefe de jefes» es otra cosa. Cuenta con aire acondicionado, sillones, habitaciones para el descanso, salas para jugar a las cartas y espacio para que toque la banda de música. En el interior no falta la foto del difunto con un buen rifle a la altura del pecho, imágenes de San Malverde o la Virgen de Guadalupe. Y muchas flores siempre frescas, que nadie sabe quién pone, compra o riega.

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