"Aquello estaba deseando ocurrir", no ocurre, se posterga, y no se sabe cómo se sobrevive en medio de padecimientos, pensando que eso le ocurre a todos. Eso ocurre en la Cuba de la que dan cuenta estos atrapantes trece cuentos que Leonardo Padura, el más internacional de los escritores cubanos, el que es "tolerado" y hasta premiado por el régimen, cuando exiliados colegas suyos como Eliseo Alberto adoptaron la ciudadanía mexicana y Abilio Estévez la española.
Padura no se calla sobre lo que se padece, lo dice al pasar, pero lo dice. Habla del fatigado desencanto de los militantes revolucionarios llevados a combatir en Angola que, al regresar, se dan cuenta de que el futuro prometido se había esfumado, de los seres humildes cansados de los racionamientos, de la carencias de todo tipo.
Padura envía al lector postales de la melancolía caribeña. Retratos cotidianos de una realidad abrumadora. En "Adelaida y el poeta", una mujer mayor muestra que la realidad más íntima, el dolor que se ha acallado, la propia vida, puede conmover de forma superior a la ficción. Y quien dirige el taller literario donde Adelaida lee la historia de su hija muerta se llama Reinaldo, como Reinaldo Arenas, el gran escritor cubano, autor de "Antes que anochezca", que por rebelarse contra las imposiciones ideológicas, amando a Cuba, murió en Nueva York, en el exilio.
Padura afirma que "nadie, yéndose de Cuba, se va del todo". Muchos son los que estando en Cuba ansían estar en otro lado, y la mayoría de los que viven afuera sienten nostalgia, sueñan regresar, les duele el desarraigo. Es que Cuba sigue siendo la Cuba fascinante que hizo escribir al Guillermo Cabrera Infante, al que se homenajea en el cuento "Nueve noches con Violeta del Río", apología de bolero y del erotismo a través de "la dama triste del bolero", una mítica cantante inventada por Padura, que escapa a Miami cuando es enviada a cortar caña en la "Gran Zafra Azucarera" que salvaría al país.
Como los cuentos no están en orden cronológico se puede suponer cierta intencionalidad en que el libro se cierre con "El cazador", historia de un travesti que sale en busca de algo más que una noche más de sexo casual, la posibilidad de encontrar un hombre que se parezca a aquel que amó, y que concluye eligiendo cortarse las venas de la desesperación, de un sueño que resulta ya inalcanzable.
En "La muerte feliz de Alborada Almanza", el cuento más reciente, una anciana rodeada de privaciones ve que viene a buscarla su amado arcángel Rafael, "un mulato alto, fuerte, luminoso, al que le faltaban las alas que debía tener, pero que, entre las piernas, lucía un brillante músculo", que le dice "píntate los labios, que nos vamos al cielo". Y ella pide tres cosas: ver el mar, acariciar un perro y oír un danzón. Y aquello que ella estaba deseando le es concedido.
Padura, que alguna vez se recuerda como un joven "revolucionario, católico y pobre", contrasta a la religiosidad atea del comunismo con su paraíso fracasado, con lo fantástico que ofrece desde siempre la religiosidad tradicional. Padura, consagrado internacionalmente por sus novelas policiales del detective Mario Conde, demuestra su magisterio también en el relato breve.
| M.S. |


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