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Premier turco irrumpe en el gran escenario
Todavía es temprano para medir los alcances prácticos y técnicos del acta de declaración de diez puntos, suscripta ayer por Irán y acompañada por las firmas de los cancilleres de Brasil y Turquía. En ella, el punto básico es que 1.200 kg de uranio iraní se enriquecerán en Turquía y no en Francia y Rusia, como pedía la AIEA en 2009. Sin embargo, expertos afirman que Turquía no tiene ni el know-how ni las instalaciones para ese tipo de procedimiento.
La única alternativa, dicen esos gurúes, «es que el uranio, para ser enriquecido, tenga que ser tercerizado, y lo más probable, en Rusia». Que es, agregan, el socio armamentístico de Teherán y de Ankara, y también ahora de Brasil (en su paso por Moscú el fin de semana, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva habría cerrado la compra de sistemas antiaéreos y blindados Tigr, en la misma línea de los que ya adquirió Hugo Chávez). Una manera de que todo quede «en casa».
Ganador
Eso, desde el lado práctico. En cambio, desde el político, el gran ganador en la foto tripartita es el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, quien no sólo se agregó a último momento al escenario de negociación (y se preservó del desgaste mediático al que sí se sometió Lula da Silva), sino que su Cancillería fue la primera en dar a conocer el acuerdo, adjudicándose los logros. Gol, cantado, de Turquía, el país que no sólo es miembro de la OTAN sino el que tiene la llave para armonizar el mundo islámico y también liderarlo. No por nada Barack Obama dio su discurso de acercamiento a esos países desde Ankara en 2009.
En Brasil, mientras tanto, los detractores de la política proiraní de Lula da Silva analizan la entrada en escena de Erdogan como la del salvador que vino a diluir la sobreexposición internacional de su presidente. El de mediador global no es un traje para Lula, señalan en Brasilia. «Todavía no nos repusimos del papelón que hizo como pacificador en Medio Oriente», dicen, recordando el viaje del brasileño por Israel y Cisjordania en abril.
De todas maneras, quien sí se lleva el mejor trofeo es Ahmadineyad. Con la firma del acuerdo, ganó la copa más preciada en la carrera nuclear: tiempo. Es decir, otra gambeta a las sanciones del Consejo de Seguridad.


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