2 de diciembre 2008 - 00:00

Premio consuelo a una política tenaz

Washington - Durante la campaña electoral, Barack Obama hizo de la necesidad de cambiar la imagen de Estados Unidos en el exterior una bandera. Ya con el título de presidente electo en el bolsillo, el político decidió poner esa responsabilidad principalmente en manos de Hillary Clinton, que se perfila como una muy poderosa, pero también controvertida secretaria de Estado.

La designación, hecha pública ayer, dice tanto de Obama como de Clinton, quienes hasta hace sólo unos meses rivalizaron por la candidatura demócrata a la Casa Blanca. Durante la campaña, ambos se lanzaron muy duros ataques que aún flotan en la memoria de los estadounidenses. Fue Clinton la primera que acusó de «inocente» a Obama, y la que lo instó a explicar sus «asociaciones» con el ex terrorista Bill Ayers y el reverendo Jeremiah Wright.

Al escoger para tan alto cargo a su hasta hace poco encarnizada rival en el Partido Demócrata, el futuro presidente cumple sus promesas de conciliación y de buscar a los más cualificados. «Creo que no hay mejor abogada que Hillary Clinton para avanzar con los intereses de Estados Unidos. Creo que va a ser una excepcional secretaria de Estado.»

Al mismo tiempo, al aceptar, Clinton admite ya también de hecho su nuevo papel en el partido con una declaración de lealtad explícita desde el momento mismo de su designación: «Señor presidente electo, gracias por este honor. Si soy confirmada, lo daré todo por esta asignación, por su administración y por nuestro país». La Secretaría de Estado le llega a Hillary Rodham Clinton a los 61 años, en lo que aparenta será la culminación de una brillante carrera política que estuvo a punto de igualar la de su marido, el presidente número 42 de Estados Unidos, Bill Clinton.

Nacida en Chicago, le fue inculcado el espíritu de lucha desde joven por su padre, un empresario de clase media. El periodista Carl Bernstein dice en su biografía: «El padre dominó en la familia como un instructor militar. Clinton creció en un clima de severidad en el que aprendió a luchar».

Ese espíritu de lucha se manifestó ya desde la universidad, donde se distinguió como líder estudiantil. Sus estudios en Yale no sólo le reportaron un prestigioso título e innumerables contactos, sino la relación que más marcó su vida: allí conoció a Bill Clinton, con el que se casó en 1975.

Bill fue elegido gobernador de Arkansas en 1979, y Hillary comenzó una carrera como primera dama que en 1992 se trasladó a la Casa Blanca. Entre tanto, nació Chelsea, la única hija del matrimonio.Pero Hillary, la luchadora, no iba a quedarse a la sombra de su marido y puso en marcha numerosas iniciativas, en su mayoría de carácter social, además de trabajar en la prestigiosa oficina de abogados Rose Law Firm.

Su iniciativa más importante, sin embargo, fracasó. Desde la Casa Blanca intentó una ambiciosa y profunda reforma del sistema de salud que no prosperó por falta de apoyos en el Congreso.

Los ocho años de presidencia reportaron a Clinton aún más contactos y una preeminencia que habría sido muy difícil de conseguir de otra manera. Pero también le trajo problemas: el escándalo por la relación de su marido con la becaria Monica Lewinsky la obligó a sacar su lado más frío y duro ante la atención mundial, una imagen de la que ya nunca pudo deshacerse.

Una vez que su marido cumplió con sus dos mandatos, Hillary salió definitivamente de su sombra y retomó su carrera política, ganando las elecciones como senadora por Nueva York. Muchos lo vieron como un primer paso en su intento de convertirse en la primera mujer presidente del país. En 2007 Clinton lo confirmó anunciando su candidatura a las elecciones de 2008.

Conocida en todo el país, con sus incontables contactos y con el respaldo de la maquinaria política creada por su marido, Clinton era la gran favorita para ganar. Pero una serie de errores de cálculo y excesos de confianza, y la impactante irrupción de Obama la privaron de su gran sueño.

El nombramiento como secretaria de Estado está lejos de sus aspiraciones, pero le aportará una privilegiada atalaya desde la que seguir haciendo lo que más le gusta: política.

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