15 de noviembre 2010 - 00:00

Primeros gestos del G-20 para emergentes

¿Cuál es el balance de la cumbre del G-20? Es sencillo estimarlo: Seúl fue un mero facsímil de la reunión preparatoria de Gyeongju. Los jefes de Estado no lograron avanzar un solo palmo de terreno más allá del vivac que, tres semanas atrás, establecieron los ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales en su faena previa de exploración y reconocimiento de campo. El contacto personal de los líderes políticos a lo largo de dos días no sumó valor agregado. No forjó el consenso necesario para enriquecer las propuestas que habían delineado los funcionarios técnicos. Difícil, pues, ocultar la frustración. Barack Obama lo admitió de manera oblicua. «No siempre anotaremos carreras (jonrones), algunas veces serán (avances) sencillos», dijo apelando a la jerga del béisbol. Siempre se espera más de los bateadores estrella. Sobre todo -tal la idea del G-20- si lo que se promociona es que juegan en equipo.

Nada une más que el espanto. No sorprende, entonces, que al amainar el temporal, aflore un rosario de diferencias de criterio que, en su momento, supieron resignarse a un segundo plano. El cuaderno de bitácora que se ha dado el

G-20 como su norte de acción, en la medida en que se procede a atacar sus aspectos intrincados, alimenta resistencias y fricciones. Un mundo que se recupera con notables asimetrías complica aún más. Difieren las agendas nacionales, no sólo las preferencias sobre cómo abordar los problemas.

Avances

La cumbre de Seúl fue una frustración, pero si se comparan inventarios con la reunión de Toronto que la precedió, los progresos no son desdeñables. Se trata de avances logrados, en verdad, en ámbitos de menor jerarquía y mayor especificidad, que los presidentes refrendaron. Desde las normas mínimas de capital y liquidez que propugna el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea o las recomendaciones del Foro de Estabilidad Financiera hasta la reforma de cuotas y gobernanza del Fondo Monetario Internacional. Toda la temática cambiaria que otrora examinaba el G-7 se transfirió, por primera vez, al G-20 (ya en el cónclave de ministros de fines de octubre). También se estrenó la intención de definir una traza concreta para el proceso de rebalanceo global. Y si bien se desechó la propuesta de los EE.UU. de fijar metas numéricas para gatillar la obligación del ajuste de las cuentas externas (tanto de déficits como de superávits que excedan el 4% del PBI), se anudó el propósito equivalente de desarrollar un conjunto de «guías indicativas» que sirvan para disparar tal acción correctiva. Tocará a la presidencia francesa del G-20 diseñar, si es que puede, ese mecanismo de alerta y prevención. La principal dificultad, que no da señales de resolverse, es cómo involucrar a los países con superávit en la dinámica estabilizadora. La presión sobre China es conocida por infructuosa, aunque China ya recortó su excedente del 10,6% del PBI en 2007 a menos de la mitad. Un drama paralelo es comprometer a otros jugadores de peso -como Alemania, con un superávit que supera el 6% del PBI, varios países del norte europeo, o Japón-, que simplemente no se sienten alcanzados por ninguna responsabilidad en el proceso.

En definitiva, no puede hablarse de un estancamiento del G-20, sí de una morosidad pronunciada. De igual manera, también cabe anotar un mutis evidente en cuestiones de relevancia -como el meneado relajamiento cuantitativo, el QE2, de los EE.UU.- en las que resulta imposible conciliar posiciones. Conceder la libertad de acción a las partes puede ser descorazonador y, en apariencia, lesivo para el ideal de la cooperación. No obstante, más dañino sería pretender imponer con fórceps una visión rígida, reñida con la percepción de cuáles son los intereses nacionales, que provocase serio rechazo. Las limitaciones del G-20 son un punto en contra; que el G-20 las reconozca y sea flexible, en cambio, es un activo valioso.

Ya se apuntó en Toronto que el liderazgo de los EE.UU. había sido rebasado por la tozudez alemana. Allí la prédica del estímulo fue desplazada por la invocación a la austeridad (muy a pesar de los graves percances que originó en la propia Unión Europea). La situación no cambió. Se diría que las fisuras se multiplicaron. Cortesía del QE2 que lanzó la Fed, EE.UU. retomó el sendero del estímulo a gran escala, y lo hizo de manera inconsulta. La iniciativa -que nadie puede ignorar porque derramó su influencia en todo el globo- fue vapuleada como nunca. Representantes oficiales de Europa, China y las economías emergentes se turnaron para criticarla con acidez, pero el comunicado presidencial no la nombra siquiera. ¿Cuánto tiempo durará el G-20 en su rol autoimpuesto de principal foro de la economía internacional si se abstiene de tratar los temas importantes? Pues bien, el

G-20 no menciona al QE2, pero sí reconoce la responsabilidad de los países emisores de monedas de reserva y los potenciales efectos nocivos de sus decisiones sobre las economías emergentes. Es toda una novedad. Por primera vez se acepta que los países que poseen abundantes reservas y regímenes cambiarios flexibles, que lidian con la sobrevaluación de su moneda, soportan una carga excesiva. Y, también por primera vez, se les concede el derecho a defenderse con «medidas macroprudenciales cuidadosamente diseñadas». No se hacen nombres propios. No obstante, cómo no pensar en Brasil y el expediente de la aplicación de controles a la entrada de capitales.

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