Para los estadounidenses con ingresos anuales superiores a los u$s 400.000 y las parejas con más de u$s 450.000, la tasa para el pago de impuestos aumentará del 35% al 39,6%.
En los rendimientos de capital y dividendos, quienes ganan más pagarán un 20% en lugar del 15%.
Para todos los demás grupos de ingresos continuará rigiendo la tasa fiscal rebajada aprobada hace una década.
Se suprimirá la reducción de las contribuciones sociales, introducida hace dos años, en dos puntos porcentuales, lo que restará en torno a u$s 1.000 al año a una familia de ingresos medios.
Quienes más ganan tendrán que pagar en concepto de impuesto por herencias superiores a los u$s 5 millones una tasa del 40% en lugar del 35% actual.
Los recortes presupuestarios automáticos previstos y fijados por ley, que nadie realmente respaldaba, serán aplazados dos meses. Para compensarlo habrá que adoptar medidas concretas de ahorro y un aumento tributario.
Todos los funcionarios públicos y diputados renunciarán, al igual que en los pasados años, a subas salariales.
La mayoría de los beneficios fiscales para familias de menores ingresos se prolongarán durante otros cinco años.
Los desempleados seguirán recibiendo subsidios estatales por un período prolongado, con lo que se evita que dos millones sin trabajo pierdan ese respaldo al comenzar el año.
Estas medidas no suben el techo de deuda estadounidense, algo que deberá decidir el Congreso en los próximos dos meses para que el Estado pueda continuar pagando facturas e intereses.
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