12 de noviembre 2009 - 00:00

PROPUESTA INDECENTE DE DUHALDE A CARRIÓ

Hubiera sido el pacto más impensado. Eduardo Duhalde y Elisa Carrió cerrando un acuerdo para intentar controlar la provincia de Buenos Aires contra el matrimonio Kirchner y todo dentro de las oficinas de María Romilda Servini de Cubría. Casi una reedición fantasmal de la sociedad con el duhaldismo que siempre les endilgaron a los alfonsinistas bonaerenses, sobre todo en los últimos días de Fernando de la Rúa. Pero no pudo ser. El intento de diálogo lo hizo Duhalde, aprovechando que el juicio contra Carrió por calumnias e injurias había terminado en la nada. Pero sólo recibió de la chaqueña un portazo en la cara y la promesa de que nunca aceptará sentarse con él a la misma mesa política.

La guerra judicial entre ambos estaba en su tramo final. Servini de Cubría y sus secretarios estaban dedicados a preparar el papeleo que cierra esas pujas judiciales y no atendían ya los movimientos de las partes. Es decir, debían redactar el fallo final de Servini. Chiche Duhalde, la más violenta opositora a Carrió durante ese curioso juicio oral miraba a la chaqueña desde la otra punta de ese salón incómodo y atiborrado de estanterías con expedientes polvorientos, un clásico de los tribunales argentinos.

Fue en esa impasse cuando Amado Vecchi, abogado de Duhalde, le hizo un guiño a Carrió para que se alejaran del grupo; «Eduardo quiere hablar unos minutos con usted», la invitó.

Carrió, sorprendida, aceptó el convite: «Estaba terminando el juicio y sólo quedaba firmar el acta. No era cuestión de ponerse duros de nuevo», confesó después la jefa de la Coalición Cívica. Así, ambos se apartaron a un despacho contiguo donde Duhalde, sin reparos, comenzó: «Usted sabe que yo soy la única garantía de gobernabilidad en la Argentina», le planteó Duhalde.

Para entonces Carrió estaba casi asustada, se había dado cuenta que no le iban a hablar de calumnias e injurias sino de un pacto en la provincia de Buenos Aires y lo hacía justo la persona a quien había acusado incontables veces de cuanto delito político podría imaginarse.

«Seguramente pueden ganar los otros, ustedes, los radicales... pero tenemos que llegar a un acuerdo de gobernabilidad. Usted es una piedra en el zapato para un acuerdo de la oposición. No puede negarse a todos los acuerdos», avanzó Duhalde.

Tras el susto, Carrió retomó el discurso: «Ustedes y nosotros nunca vamos a hacer acuerdos. Es imposible».

«Carrió, usted no habla con ningún partido, no sólo con nosotros. No puede cerrarse», escuchó de Duhalde.

La chaqueña le tiró entonces su agenda de relaciones con el peronismo: «Yo tengo excelente relaciones con De Narváez, con Solá, con Reutemann, sólo no hablo con usted».

«Lo que pasa es que el único que puede ganarle a Kirchner en la provincia soy yo. Yo ya estoy afuera, no quiero ser candidato, pero quiero elegir a quien será el candidato. Nadie puede organizar la provincia, sólo yo». Nunca había escuchado Carrió una confesión de ese tipo, aunque sabía de antemano que ésa era la intención de Duhalde.

«Pero De Narváez le ganó a Kirchner mientras usted estaba fuera del país, ¿entonces?». «No se equivoque, De Narváez ganó por mí. Usted es una piedra».

La calificación de piedra le caía a Carrió en ese razonamiento de Duhalde por su supuesta oposición a un acuerdo, del que no estaba enterada aún, entre el duhaldismo y el radicalismo en la provincia de Buenos Aires».

«Si yo soy una piedra, usted es una interferencia grave para que las nuevas generaciones se pongan de acuerdo con comenzar a reconstruir el país». Carrió cerró así la conversación que parecía ya haber entrado en un terreno fantasmal. Eligió, entonces, salir de allí sin siquiera cuidar la elegancia del diálogo entre ambos. En la sala los esperaban Chiche con cara de pocos amigos y Servini de Cubría con el acta del juicio para firmar.