31 de enero 2017 - 00:00

Proteccionismo: trampa para EE.UU.

 Desde que ganó Donald Trump la presidencia, hay una gran preocupación por su propuesta de un mayor proteccionismo en EE.UU. Mucho se ha escrito sobre el costo para el crecimiento y el bienestar mundial de que un país con semejante peso decida cerrar su economía. Sin embargo, lo más interesante es que el proteccionismo de Trump será una trampa para el bienestar presente y futuro de los ciudadanos de los EE.UU., que serán los más perjudicados.

Una de las razones por las que siempre se habla del "consumismo" estadounidense es porque ellos tienen la posibilidad de comprar una gran variedad de bienes a los mejores precios. Por ende, su nivel de bienestar es alto por el mayor poder adquisitivo que esto significa, y por la amplitud de sus posibilidades de elección, que les permite adquirir lo que les es más útil. Pues bien, la era Trump amenaza con restringir y encarecer las opciones que tendrán disponibles, por lo que el nivel de vida de los estadounidenses se resentirá.

Es cierto que los empresarios y trabajadores de los sectores protegidos podrán ganar más, pero a costa del bienestar del resto de los ciudadanos de EE.UU. Pero ahora imaginémonos que tenemos una pequeña empresa en la que nos destacamos por hacer pirulines redondos, que es lo que vendemos y de donde sacamos mayor margen. También podemos fabricar pirulines cuadrados, pero nos cuesta más trabajo y los consumidores no están dispuestos a pagar lo mismo. ¿Tendrá sentido que parte de nuestros recursos productivos los destinemos a hacer pirulines cuadrados? Obvio que no, ya que al final del día nuestra facturación será mucho menor, porque produciremos menos pirulines y, encima, los cuadrados se venderán más baratos. Por lo tanto, si lo hiciéramos, ganaríamos menos y podríamos pagarles menos a nuestros empleados. Es exactamente lo que sucede en los países que optan por el proteccionismo.

Gracias a Trump, los productores de bienes que se pueden exportar o que se importan, pero no están protegidos, tendrán que comprar peores y más caros insumos dentro de su país, por lo que sus propios productos serán de menor calidad y más onerosos. O se encontrarán con que, como las compras al exterior caen, la demanda de divisas extranjeras para este fin baja y, por ende, su valor disminuye en el mercado estadounidense. Todo esto resultará en una pérdida de competitividad, por lo que producirán y ganarán menos, abonando sueldos más bajos. Finalmente se terminarán creando menos empleos en el sector de mayor productividad de la economía, por proteger los de aquellos que pueden generar menor riqueza y bienestar.

Es notable, pero la decisión que nosotros no tomaríamos para nuestro propio negocio, pensando en nuestro nivel de vida y el de nuestros trabajadores, es la que recomiendan Trump y muchos otros políticos y economistas para sus países. De hecho, es la idea que primó en la Argentina durante décadas y que llevó a proteger a los sectores más ineficientes a costa de perjudicar a los sectores más eficientes de la economía. El resultado es el obvio, las cosas son caras y no producimos la suficiente riqueza para que nuestro país se desarrolle, nos brinde cada vez más bienestar y baje la pobreza.

La apertura económica sólo destruye empleos en los sectores ineficientes que producirán menos. Sin embargo, crea muchos en los que tienen mayor productividad, que ahora reciben lo que corresponde por sus bienes, y pueden pagar mejores sueldos que los otros. Además, en la medida en que la gente tiene mayor poder adquisitivo y se produce más riqueza, se consumen más servicios que son los que hoy generan la mayor parte del empleo en el mundo. De hecho, no es casualidad que las economías abiertas son las que tienen menos desempleo y mejores salarios.

Por último, no es justo obligar a un consumidor o productor a pagar más caro el capricho de alguien que quiere hacer algo que no le es útil o cuesta mucho a los demás. En todo caso, quién opte por una tarea porque le da placer y no por ser demandada o porque lo haga particularmente bien, debería resignarse a ceder bienestar económico a cambio de la satisfacción de hacer lo que le gusta.

La primera conclusión es que Trump incentivará la producción y el empleo en los sectores de menor productividad de los EE.UU., lo cual sabemos es así porque no pueden competir con otros países. Para ello, terminará reduciendo el de los sectores más eficientes y, por ende, mermará el bienestar del resto de sus ciudadanos y del conjunto del país. Peor aún, ya que las inversiones irán a los primeros y no a los que tienen mayor capacidad de producir riqueza a futuro, por lo que se generará menos desarrollo y bienestar en el tiempo. La segunda conclusión es que, lamentablemente, el mejor ejemplo de cuál será el resultado del proteccionismo para EE.UU. es la Argentina y su perseverante subdesarrollo.

(*) "Libertad y Progreso"

Dejá tu comentario