11 de octubre 2011 - 00:00

Rareza de Rameau distingue la cartelera “off Colón”

Desde el sábado pasado, y con más funciones hoy, el jueves 13 y sábado 15 a las 20, la Compañía de las Luces dirigida por Marcelo Birman presenta por primera vez en Sudamérica la tragedia lírica «Hippolyte et Aricie», primera de las óperas de Jean-Philippe Rameau, en la versión de 1742. Con puesta en espacio de Pablo Maritano, la producción cuenta con un elenco integrado por Marisú Pavón (Fedra), Pablo Pollitzer (Hipólito), Ana Moraitis (Aricia), Sergio Carlevaris (Teseo), Norberto Marcos (Plutón), Beatriz Moruja (Diana), Nadia Szachniuk (una pastora), Esteban Manzano (Tisífone/ Parca I), Martín Benítez (Parca II), Juan Feico (Parca III), Cecilia Arroyo (una sacerdotisa) Soledad Molina (una cazadora), Luciana Milione (Enone) y Damián Ramírez (Mercurio), con el concurso del coro de la Compañía y de una orquesta de instrumentos de época.

En 1733, cuando se estrenó la primera versión de «Hippolyte et Aricie», Rameau (Dijon, 1683-París, 1764) contaba con 50 años y pocas obras en circulación. Más extraña aun es la carencia de información sobre sus primeros 40 años de vida; según la noticia biográfica publicada por Michel de Chabanon el mismo año de la muerte del músico, Rameau brindaba -incluso a su esposa- pocos datos sobre su infancia y juventud. Se sabe que era hijo de un organista, que estaba familiarizado con la música antes de aprender a leer, que su conducta en el colegio de jesuitas al que asistió no era ejemplar, que tuvo una breve estadía en Milán y que a su regreso a Francia, y antes de trasladarse a París, trabajó como violinista y organista en diversos puestos.

En la capital francesa publicó sus primeras obras para clave y también sus célebres tratados de armonía y teoría musical. Tras algunos intentos frustrados, finalmente en 1733 dio a conocer «Hippolyte et Aricie», basada en la «Phèdre» («Fedra») de Jean Racine, con libreto de Simon-Joseph Pellegrin. Pese a que la obra seguía el modelo implantado por Lully de cinco actos y un prólogo, con los ingredientes musicales y dramáticos habituales en la «tragédie lyrique», la partitura de Rameau motivó -en especial por sus audacias armónicas- el enojo de los «lullystas», que seguían aferrados a la estética del compositor italiano fallecido casi medio siglo antes.

Pese a estas voces discordantes, el impacto que provocó fue enorme, y, en una famosa sentencia, el compositor André Campra -continuador de la estética de Lully- declaró haber encontrado en esta ópera material musical suficiente para otras diez, y afirmó que «Rameau pasa frente a nosotros como el sol ante las estrellas». El efecto primero de la polémica desatada fue la intención de Rameau de abandonar la composición operística («Me equivoqué pensando que mi gusto iba a ser aceptado», cita Chabanon). Afortunadamente, en 1735 dio a conocer «Les Indes Galantes», y luego no sólo escribiría más de 20 otras partituras para la escena sino que revisaría dos veces más su «Hippolyte et Aricie»: en 1742 y 1757. El argumento, llevado a la escena por Eurípides, retoma el «amor funesto» de Fedra por Hipólito (hijo de su esposo Teseo y la amazona Antíope) y el del joven por Aricia (de la estirpe de los Palántidas, enemigos de su padre).

Rameau no sólo explota todas las posibilidades de expresión del libreto (como la escena de Fedra y el coro del cuarto acto, o la invocación a Neptuno que hace Teseo en el tercero) sino que despliega una serie de «divertissements» de extraordinaria calidad musical que equilibran la carga patética del argumento central y dejan al espectador, como escribió a Diderot su amigo Friedrich Melchior, «ebrio de armonía».

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