Rastros de una antigua cultura descubierta en nuestros tiempos

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El Museo de sitio Valdivia presenta piezas de la cultura homónima que perteneció al Período Formativo (3000 -1500 a.C.), caracterizado por el avanzado proceso en la elaboración de la cerámica. La más conocida es la llamada «Venus», realizada para rendir culto a la fertilidad. Las cerámicas de Valdivia, Ecuador (frente a Guayaquil), ilustran acerca de uno de los momentos capitales de la historia humana en su largo y azaroso desarrollo: el nacimiento de la alfarería.

Entre las últimas investigaciones sobre el tema, en el Auditorio del Museo Bahía de Caráquez, el arqueólogo norteamericano Jonathan Dump expuso, la semana pasada, su ponencia «Sitios y Sostenimiento: Una Hipótesis sobre la Vida Económica de Valdivia en la Costa de Manabí», y se refirió a las implicaciones de los patrones de asentamiento y la alta densidad de sitios de Valdivia en los valles interiores de la provincia.

Los vestigios de sus poblados están ubicados a lo largo de las cuencas fluviales que posibilitaron el aprovechamiento de los ríos para la agricultura, su principal medio de subsistencia. En torno a una plaza ceremonial, sus viviendas conformaban una gran aldea, núcleo de numerosos y pequeños caseríos. Algunos especialistas sostuvieron que las primeras cerámicas databan de unos 9.000 años atrás, según restos hallados en Çatal Höyük (al Sur de Konya, en la actual Turquía). Estimaron que el descubrimiento de la alfarería derivaba del de la agricultura: la preparación de alimentos hechos con cereales necesitó de vasijas capaces de contener líquidos.

V. Gordon Childe, por su parte, planteó que la cerámica pudo haber antecedido al establecimiento de la economía productora de alimentos: quizá se originó -sostuvo-, en el endurecimiento al sol de una cesta recubierta con arcilla, destinada a servir de recipiente al agua. La acción del sol fue después reemplazada por la del fuego y los objetos de arcilla se terminaron por cocción; el horno y el torno aparecieron más tarde, sin fechas exactas, como en todos los pasos de la alfarería.

Desarrollo

Es obvio, sin embargo, que pasaron decenas de siglos entre los comienzos de la alfarería y su afianzamiento, porque el hombre debió sortear problemas relacionados con los materiales, las técnicas y la composición de sus obras. Al cabo de tan dilatado proceso, había logrado algo más -mucho más- que la elaboración de objetos utilitarios: era un arte -un nuevo arte- lo que terminaba de fundar. En rigor, la cerámica fue entonces el ejemplo supremo de la creación humana: como la masa de arcilla tiene una plasticidad de la cual carecen la piedra, el hueso y el marfil, el hombre del Neolítico, que inició la alfarería, se vio enteramente libre al poder moldear lo que quería, al producir formas donde no las había (y sólo con sus manos), venciendo así las limitaciones a que estaba sometido al trabajar otros materiales.

Más aun, la creación humana de la cerámica fue identificada con la del hombre por Dios: Adán fue hecho de barro. Así el profeta Isaías: «Pues bien, Yahvéh, tú eres nuestro Padre. / Nosotros la arcilla, y tú nuestro alfarero, / la hechura de tus manos todos nosotros» (LXIV, 7). Y Jeremías escuchó estas palabras de Yahvéh: «Mirad que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, casa de Israel» (XVIII, 6).

La invención de la cerámica -que se expandió entre los pueblos de Egipto, el Asia menor, la Mesopotamia, Palestina y Japón, alcanzó a Europa en la aurora de la historia: se destacaron entonces las vasijas pre-helénicas de Sesklo y Dímini, alrededor de 3500 a.C., y la cerámica «cardial», decorada con incisiones de conchas, propia de España y el Norte de África. Hacia la misma época floreció en el Ecuador la sorprendente cultura de Valdivia, que abrió el denominado Período Formativo ecuatoriano en torno al 3500 a. C., introducida ya la agricultura (maíz, yuca).

Originaria de las costas de la actual Provincia del Guayas, se extendió a la Isla Puná y las provincias de Los Ríos, Manabí y El Oro. Al parecer, los hombres de la Fase Valdivia vivían en casas de caña, a veces con revoque de barro; en ciertos lugares (Real Alto), las casas se alzaban alrededor de una plaza en cuyo centro había un complejo ceremonial. Pescadores, los valdivianos también tuvieron agricultura. Lathrap y Marcos estimaron, por sus estudios en Real Alto, que había una clase dirigente, acaso sacerdotal o tal vez matriarcal.

La alfarería, especialmente las estatuillas, fue el rastro mayor de la cultura de Valdivia, extinguida hacia 1500 a.C. La variedad y la complejidad de las decoraciones (se han reconocido más de veinte rasgos ornamentales) de sus objetos utilitarios son asombrosos, pero nada iguala en originalidad como en riqueza compositiva a las figurinas, sobre todo por la representación de sus cabellos.

P. Porras Garcés sostuvo que la abundancia de estas esculturas en los «basureros» donde depositaban los restos de sus comidas y otros desperdicios, excluía la posibilidad de que fuesen objetos de veneración o culto. Sin embargo, se las supone vinculadas a los ritos de la fertilidad. Sabido es que, en general, la alfarería era ocupación femenina en los pueblos de la prehistoria y la antigüedad, pero se ignora si las estatuillas de Valdivia fueron obras de mujeres, aun cuando la exaltación escultórica del cuerpo femenino y del peinado, pudieran hacer suponer en esa autoría.

Sea como fuere, los o las artistas de Valdivia -una cultura descubierta en nuestro tiempo- nos ha dejado su enseñanza estética y social. El arte es, esencialmente, según Hans Gadamer, «hacer comunidad». Cinco mil años atrás, lo sabían ya los hombres y las mujeres de la costa ecuatoriana.

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