1 de diciembre 2010 - 00:00

¿Reaccionará en serio el BCE?

Dos noticias del Viejo Continente. Primero, la buena. La Unión Europea ya definió cómo resolverá toda crisis de deuda posterior a junio de 2013. Después, la mala. La corrida contra la deuda se transformó en avalancha. Ya no se molesta en agredir a Portugal sino que saltó dos casilleros y embiste contra España. Lo que es peor: la vorágine no se limita a la periferia de la eurozona y asedia también a Italia y Bélgica. Y hasta los bunds de Alemania, hasta ahora el refugio seguro en la tormenta, comienzan a sentir su incómoda respiración en la nuca. Conclusión doble: el 2013 está arreglado. Sólo resta saber cómo se hará para llegar en pie, medianamente indemne, a la próxima Nochebuena.

En otras palabras, la corrida se exacerbó. Y devino en una práctica que a nada se asemeja más que al tiro al pichón. Se elige el blanco y se dispara a discreción sin que, en apariencia, haya más riesgo que malgastar la munición. Y, como se dijo, ya se ensaya la puntería sobre los blancos más lejanos, que -después de todo- son los trofeos más grandes. Dijo ayer Jean-Claude Trichet, el presidente del Banco Central Europeo (BCE): «Los inversores están subestimando la determinación de los gobiernos de defender la estabilidad de la zona del euro». Que no lo dude. «No creo que pueda cuestionarse la estabilidad financiera de la región». Debería convencerse ya que está ocurriendo delante de sus narices. La corrida es una profecía -a la que no le faltan argumentos (en su mayoría pulcramente aportados por las propias autoridades)- que se realimenta a sí misma. Más aprieta, más suben las tasas de interés (o, lisa y llanamente, se cierra el acceso a los mercados) y, en consecuencia, más explosiva se torna la dinámica de las cuentas públicas, no importa con cuánto empeño se acometan los planes de ajuste fiscal o se juren nuevas promesas. Si Europa apostó por salir de la crisis por la vía de la austeridad, debería quedar suficientemente claro que la apuesta -como se temía- resultó una catástrofe. La clave de la estrategia era generar confianza y, sin ánimo de exagerar, puede decirse que la reputación se pulverizó. No hay corrida sobre otra deuda soberana que no sea la europea. Este camino es un callejón sin salida. Cuanto antes lo abandonen las autoridades, mejor. Pero para salir de una posición bajo sitio, hay que romper el cerco. Habrá que hacer un uso intenso (y más inteligente) de la firme determinación que Trichet avisa que late en el corazón de los gobiernos de la región.

¿Significan algo las palabras de Trichet? ¿Anticipan un nuevo curso de acción? ¿O es retórica vacía de contenido? No habrá que esperar mucho para saberlo. Mañana se reunirá el Consejo Monetario del BCE. Su primera decisión debería ser anular por completo la agenda de arrastre. Toda la planificación de un repliegue de la política monetaria hacia condiciones más restrictivas -que se fue ejecutando a contramano de la dinámica subyacente de la crisis y que se tradujo en una duplicación de la tasa Eonia (del 0,40% al 0,80%) y en una fuerte presión sobre la banca para que redujera el uso de la asistencia del banco central -deberá arrojarse como un bollo estrujado al cesto de los papeles. Cabe pensar que así será, que por lo menos el BCE dará a entender que le cayó la ficha, que sabe que hay una crisis y además que no la considera materia ajena a su incumbencia. Pero el BCE debería ir más allá. Y prejuzgar que lo hará es asunto discutible. Dicho de otro modo, sin dudas que tendrá que tomar decisiones más audaces, pero no está claro que las resuelva mañana mismo. Los inversores subestiman la determinación de las autoridades de preservar la integración europea, pero no tienen una visión desajustada de su grado de autismo y descoordinación. Con media Europa bajo fuego, no hay excusa para temer un rebrote de la inflación. Y uno hubiera descontado que el banco central ya hubiese adoptado una política de relax monetario más activa, sin necesidad de esperar a la formalidad de una reunión del calendario regular. Sin embargo, no ocurrió así. Quizás la única señal de reacción frente al crescendo de la crisis sea un ritmo más intenso de compra de deuda pública. Cuando se revisan los números -1,4 mil millones de euros la semana última- se advierte que se avanza en la dirección correcta, pero a un insólito paso de tortuga. Si de veras Trichet quiere que sus palabras no caigan en el vacío, o peor aún, que no revelen una impotencia que se convierta en un búmeran filoso, debería mostrar fehacientemente que al BCE tampoco le falta determinación para jugar fuerte. No son sólo los gobiernos los que deberán tallar en la partida. Quien revise cómo fue que se controló la corrida en mayo, encontrará que el BCE desplegó el papel protagónico. Si se exceptúa el paquete de rescate a Grecia (financiado por la Unión Europea y el FMI) todo lo demás fue operado directamente por el BCE. Los redescuentos a la banca, la aceptación más flexible de garantías (incluyendo deuda como la griega que ya había perdido su estatus de grado de inversión), la provisión de toda la liquidez que se requiriese a una tasa del 1% y, sobre todo, tras dura porfía (y con grandes desavenencias internas), la decisión de participar de la compra de bonos públicos de los países jaqueados por la crisis. Si se piensa qué contribución puede aportar el BCE para estabilizar las condiciones financieras es obvio que cabe pedirle más de lo mismo. Esto supone revertir la política de asistencias y sobre todo vigorizar la compra de deuda pública para contrarrestar el daño que produce la espiral de las tasas largas de interés. Si se compara al BCE con sus pares del G-7 no hay dudas que es el banco central que menos apalancó su hoja de balance. Es más, si hubiese intervenido pari passu con las compras de la Fed aquí no habría ninguna crisis.

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