Eva Mendes
en la ficción
del film
«Muerte en
vivo»: la
película
imagina un
reality show en
donde las
personas
mueren de
verdad.
La Mipcom, la feria de televisión internacional más importante del mundo que se realiza en Cannes, presentó como novedad en materia de «reality» un show que, en lugar de buscar al deportista, la modelo, el cantante o el cocinero, pretende encontrar a la persona más normal y ordinaria. El formato que ya es éxito en Japón consiste en que los espectadores respondan un cuestionario minucioso y avancen en las diferentes etapas para que surja esa persona «normal». En una era en que los anónimos buscan sobresalir y destacarse con lo que fuere, empezando con la creación de páginas blog o figurando en Facebook, este reality busca lo contrario.
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El género, que se instaló desde el film «The Truman Show» sigue sumando decenas de secuelas antojadizas, en especial gracias a la cantidad de anónimos con deseos de prestarse a cualquier humillación con tal de aparecer en TV, con la ilusión de convertirse en futuras celebridades. La película «Muerte en vivo», que se conocerá el jueves 13 en la Argentina y sobre la que advierten, publicitariamente desde ya, que «no quieren estrenar en varias salas norteamericanas por su morbo y polémica», muestra un reality show basado en la ruleta rusa, con muertes en directo. En el film se dice: «Desde el Coliseo Romano hasta las guillotinas de París en el siglo XVI, ver a alguien cómo muere siempre resulta atractivo». Los participantes del film dicen querer estar allí -aunque mueran- si el programa va a hacer historia, los anunciantes ponen condicionantes pero no quieren perderse de pautar; la ideóloga del reality, Eva Mendes, batalla con el abogado de la cadena televisiva para que se anime a un estreno revolucionario en la historia de la TV, y una televidente reconoce que «es un programa desagradable, pero lo voy a ver».
Variantes
El género reality show, que llegó a nuestro país hace ocho años con «Gran hermano» y «Expedición Robinson», y que se creía estaría a esta altura sepultado por el efecto saturación y copia, sigue generando infinitas variantes, algunas francamente nefastas, como encarcelar a menores de edad que han sido condenados por delitos menores o someter a participantes a vivir como gorilas en una selva africana.
Estos y otros ciclos se ofrecieronen Mipcom: «La boda del millón de dólares» busca la pareja ideal a la que se regala un millón para el casamiento y «Se busca condesa» es una suerte de «Yo me quiero casar y usted» pero con la peculiaridad de reclutar participantes solteros de sangre azul. A esta altura ya se vieron decenas de programas cuyo objetivo radicó en encontrar a la media naranja: varias versiones de «The Bachelor» o «The Bacholorette», donde el protagonista iba eliminado uno a uno a los candidatos y a nivel local estuvo la mediocre versión inspirada en aquella donde los participantes buscaban pareja pero elegían sin verlos. Por el contrario, «Confianza ciega» en 2002, por «Canal 9», consistía en resistir a las tentaciones y mantener la fidelidad a la pareja, en una isla paradisíaca.
También en Cannes se presentó «El eslabón perdido», donde ocho personajes deben aprender a vivir como gorilas en una selva africana, surgido del país de «Gran hermano», Holanda, y otro es «Encarcelados», que encierra a diez adolescentes con condenas menores por robo o asalto que no han llegado a la cárcel.
Esta suerte de reality disciplinario también tiene su correlato en «Los padres más estrictos del mundo», donde diez adolescentes británicos son educados bajo un estricto régimen de familias de todo el mundo, y «Clase 9A», que busca disciplinar a un curso de secundario rebelde y convertir a los alumnos en buenos estudiantes.
Otros programas son más bien concursos, por caso, los participantes detrás de 20 cajeros automáticos de diferentes colores se enfrentan a una cifra que va creciendo y que debe parar antes de que supere el dinero disponible en la cuenta bancaria. Otro que resulta una parodia de la crisis mundial actual se llama «Medidas desesperadas», y llama a participantes que estén endeudados. Se les formulan preguntas sobre sus pasiones y cada respuesta suma dinero, ahora si falla, compromete a un miembro de su familia a realizar retos disparatados.
Todavía nada resulta tan dramático como lo imaginado por Amelie Nothomb en el libro «Acido sulfúrico», donde la autora plantea un reality show en que los participantes son secuestrados y hacinados en un campo de concentración sin saber por qué, hasta que se les informa que han sido elegidos para participar de una competencia televisiva. Gana el que mejor tolere la vida en una recreación de los campos de exterminio nazis.
Tal es el furor que provocan los realities en Manhattan que allí se ha abierto una escuela que prepara para triunfar en esta clase de programas. Se trata de la «New York Reality TV School», un centro que abrió sus puertas en Julio pasado y que, desde entonces, ha recibido la visita de más de un centenar de personas que esperan encontrar algún tipo de truco que les cumpla el sueño de ganar en cualquiera de los concursos.
Las clases que ofrece esta escuela no incluyen el aprendizaje de artimañas para acabar con el resto de los oponentes o para seducir de manera especial a la cámara o jurado, sino que las lecciones se basan en que los alumnos aprendan a ganar seguridad. La mitad de los asistentes a estos cursos son actores, músicos o artistas, mientras que la otra mitad son «personas normales», de cualquier ocupación o profesión.
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