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Rebelión en el BCE: el riesgo de volver a incendiar Europa
Si el estancamiento económico y los riesgos deflacionarios dictasen la política en exclusividad, bien podría Mario Draghi emular al gobernador Kuroda y despachar otra salva de artillería no convencional. Créase o no, en la coyuntura, Japón luce más sólido que la Europa de la moneda común. Su atasco deriva del aumento de la alícuota del IVA -del 5% al 8%- practicado en abril, pero la política fiscal está presta a intervenir si hace falta su colaboración. En cambio, por diseño, y por mandato teutón, el corsé fiscal es rígido en la Europa de los 18 y sólo la realidad autoriza, por su propio peso, un margen limitado (e insuficiente) de flexibilidad. A la par, la desinflación no cede (0,4% interanual) mientras que Japón ya consiguió zafar de la deflación y ostenta una inflación positiva en torno al 1%. Sólo que Kuroda aspira a llegar a tiempo a su meta del 2% y sabe que necesita más estímulo. El italiano pensará lo mismo -después de todo, el objetivo del BCE es similar- pero no tiene plafón operativo ni respaldo político. Menos cuando le acaba de estallar un motín interno, ventilado insólitamente a los cuatro vientos. Al acudir a la agencia Reuters, los rebeldes pretenden que Draghi, y la opinión pública, entiendan que el horno del BCE no está para bollos. Si Fráncfort se convierte en mero espectador, difícil que Europa no se abolle más. Y el mundo, mejor que preste atención.
El salvador del euro en 2012 -a cuya audacia se debe el fin de la corrida contra la deuda soberana de media Europa- precisa salvar ahora su rol al timón del BCE. Las sutilezas de la oposición saltaron por la borda hace tiempo. Arde Troya, como mínimo, desde Jackson Hole a fines de agosto. Molestó su referencia a la caída de las expectativas inflacionarias de largo plazo (los "breakevens" 5 años/5 años) y la necesidad de combatirla. Luego, en apariencia, Draghi se cortó sólo con su discurso "a la japonesa" de las tres flechas: la necesidad de coordinar el estímulo monetario y el fiscal y las reformas estructurales. La última traición según los críticos que cita Reuters, la que terminó de alborotar la granja, ocurrió tras el cónclave del 4 de septiembre cuando el BCE dispuso retomar un sendero de expansión cuantitativa a través de la compra de fideicomisos privados (ABS) sin una posterior esterilización monetaria. Se acordó decir que el plan era grande, pero no precisar cifras. El romano no pudo con su genio: en la conferencia de prensa, aventuró que la intención era devolver la hoja del balance a su tamaño "a comienzos de 2012". En otras palabras, una expansión de un millón de euros (o 700 mil, según la fecha precisa que se tomara). Para qué. La sangre llegó al río. Y ahora se comprende la vehemencia de Jens Weidmann, titular del Bundesbank, en la entrevista que le concediera al Wall Street Journal (octubre 7). A buen entendedor, allí blandió el poder de veto de los disconformes (y de los de afuera -como el ministro alemán SchTMuble- que no son de palo, aunque parezcan de madera). Cuando Draghi prometió hacer lo que fuera necesario para salvar el euro, el Bundesbank también se opuso, pero entonces contó con el apoyo de Merkel y Hollande. O sea, de Merkel. Pensamos que había vuelto a tejer esa urdimbre, pero todo indica que esta vez Draghi cruzó el Rubicón en soledad. Ni Phillipe Noyer -acota Reuters- lo acompañó. Y habría "como mínimo, siete, y, tal vez, hasta diez miembros de los 24 que componen el consejo monetario del BCE", señala la nota, que se oponen a una expansión cuantitativa a la manera que se hizo en EE.UU. (y Draghi pretendería).
Motín a bordo. ¿Golpe de estado? Hay cosas que en Europa no se consiguen, pero otras -como la nostalgia por Jean Claude Trichet- que sólo están disponibles allí. La reunión de mañana, y su posterior conferencia de prensa, serán para alquilar balcones. Ya no es la eurozona, sino el BCE lo que requiere control de daños. Con un banco central al garete, y la fatiga de materiales en la economía y la sociedad, la crisis europea volverá con una venganza terrible.


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