1 de marzo 2010 - 15:01

"Rebotábamos contra las paredes"

Una de las tantas grietas que se vieron en las rutas que transitamos.
Una de las tantas grietas que se vieron en las rutas que transitamos.
El viernes a las 17.30 Aterricé en el Aeropuerto Arturo Merino Benitez de Santiago de Chile. Salí pronto del lugar porque no llevaba equipaje. Solo un bolso de mano y el traje oscuro con corbata, también oscura que llevaba puesto para la ocasión. Iba al funeral de Alicia Briones, una joven de 32 años que murió al despeñarse su auto por un barranco de 50 metros cuando iba a su casa en Portecillo una de las playas más lindas de la costa chilena. Alicia es hija de mi amigo Hernán Briones, uno de los empresarios más importantes de Chile.

Todo el tiempo de vuelo pensé en los momentos dolorosos que iba a vivir en Santiago. Estaba lejos de saber que en unas horas el viaje iba a empeorar para hacerme vivir algo similar a la serie "24".

Dejé el bolso en el Carlton Ritz e inmediatamente el chofer me llevó a la iglesia de San Francisco de Sales, lugar del velatorio y donde se iba a oficiar una misa por Alicia, madre de Juanito un bebé de seis meses. Facundo, un marido desconsolado, que fue testigo del accidente porque iba conduciendo una moto adelante del vehículo de su mujer al momento del accidente; mi amigo Hernán que parecía portar un cuerpo sin huesos por lo derrotado que se lo veía y su hija Bárbara, hermana de Alicia, estaban al lado del féretro. Afuera un sol radiante hacía más doloroso el momento.

Poco a poco fui descubriendo algunos conocidos. Estaba Cecilia Bolocco, muy amiga de la familia; el brasileño Fabio Ermirio de Moraes, presidente del board de Votorantim , junto a su mujer Melissa y Guillermo Viegener, presidente de Ferrum.

Cuando terminó la ceremonia regresé al hotel y una hora después fui caminando hasta la casa de Hernán que estaba a 200 metros del Ritz. Me esperaban a comer. Allí ya estaba Guillermo Viegener . Tratamos de evitar hablar de la muerte para sacar a Hernán de su pena, pero fue imposible. Los detalles del accidente del jueves a la tarde fueron inevitables. El camino por el que conducía Alicia es peligroso. Se lo conoce como filo del cuchillo, por eso ella le pidió a su marido que la fuera a buscar con la moto a ese tramo y le marcara el camino. Juanito había quedado en la casa de Portecillo.

A la una de la madrugada retornamos con Guillermo al hotel. La noche templada y la enorme luna llena nos desvió de los comentarios sobre el momento que estábamos viviendo.

Yo bajé del ascensor en el quinto piso del hotel y Guillermo en el sexto. Quedamos en vernos al mediodía para el funeral, ya que compartiríamos el auto que nos iba a llevar al funeral.

A la mitad de la madrugada, después supe que fue a las 3.31 exactamente, mi cama comenzó a sacudirse con una violencia exagerada, mientras escuchaba un trueno sordo, de ultratumba, que acompañaban al ruido de las lámparas cayéndose y a las mesas de luz y el escritorio crujiendo. Recuerdo que me enojé. No distinguí que era un terremoto. Solo sabía que me habían despertado.

Cuando caí en la cuenta intenté ponerme los pantalones. Apenas levanté una pierna, el terremoto me hizo saber quién era haciéndome rodar por el suelo. Acostando en la alfombra conseguí ponerme los pantalones y descalzo salí al pasillo. No había luz. La espléndida luna que había visto y la suerte de no haber cerrado las cortinas me dieron la suficiente claridad para no tropezar. Salí al pasillo y a los segundos apareció gente. Una mujer casi desnuda gritaba con histeria. Alguien la cubrió con una bata. Fabio y Melissa estaban en el grupo. Agradecimos la luminosidad del celular de Fabio que nos sirvió para encontrar la puerta de la salida de emergencia, porque todas las luces se habían apagado, incluso las que no debían apagarse. El temblor nos había rebotar contra las paredes. Duró dos minutos. No sabíamos si el temblor iba a cesar antes de que se derrumbara el hotel, era el único miedo.

Yo me había olvidado que estaba descalzo. No sentí los escombros ni los vidrios. Mientras descendíamos cesó el terremoto y llegamos a la calle saliendo por el garage. La noche era helada, pero la luna seguía brillando. Me encontré con Guillermo y nos apostamos al lado del transformador de emergencia para tener algo de calor.

El personal del hotel trataba de sobrevivir a su desorientación y a los llantos de las empleadas que querían comunicarse con sus casas para saber cómo estaban sus familiares. Los celulares no funcionaban igual que las luces, el gas, el agua, los teléfonos e Internet.

Pudimos retornar al lobby del hotel una hora después. A esta altura me había agenciado de una manta y pantuflas. Me desplomé sobre una silla y me dormí, mientras Guillermo hacía lo mismo en un sillón y Fabio trataba de tranquilizar a Melissa.

A las seis subimos a las habitaciones. Para entrar el personal de seguridad abrió las puertas a empellones porque quedaron descalzadas. Inmediatamente se nos pidió que pusiéramos toallas en el piso contra el marco, para que no se cierren.

A las 7 de la mañana una réplica de grado 8, igual al terremoto pero que duró un segundo, me despertó. Esta vez me cambié y decidí seguir durmiendo. Que sea lo que dios quiera.

Al día siguiente el funeral tuvo lugar en otro cementerio, porque el antiguo había sido destruido por el temblor y la autopista para llegar estaba intransitable. Durante la ceremonia, la tierra volvió a moverse. No daba tregua. Al marido de Alicia no le quisieron contar que su casa en Portecillo estaba arrasada por el agua. Un tsunami había barrido al balneario. Tal vez la muerte de Alicia evitó la de todos porque podría haber sorprendido a Facundo y Juanito adentro de la casa de la costa. Nunca se sabrá cómo hubiera sido esa historia. El accidente torció el destino.

Después siguieron las réplicas. Fue un sábado de claustrofobia porque no podíamos salir de Santiago. Fabio había ido con el avión de la empresa pero no podía retornar a San Pablo porque no le podían cargar combustible por falta de energía eléctrica.

Arregló para que en la mañana del domingo lo hicieran de forma manual y se ofreció llevarnos a Guillermo y a mí a Mendoza donde iba hacer otra carga para llegar a su ciudad.

En la mañana del domingo hubo otro sismo de grado 6,5. Comparado con el de de la noche anterior de intensidad 8, pareció un prolongado y suave cimbrón. Un grado y medio de diferencia en la intensidad de un terremoto, es la brecha entre miedo y terror.

Cuando el avión aterrizó en Mendoza era tanta nuestra ansiedad que al ver que había luz e internet, sentimos con Guillermo que llegábamos al primer mundo.

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