La llegada de Cristina al Senado no parece complicar el horizonte de votaciones. El problema está en la demora en cerrar los cambios tributarios.
La batalla más relevante en el Senado de estos tiempos se da en los pasillos que rodean el despacho de Miguel Pichetto. Allí se define, con avances y retrocesos, cómo será el bloque peronista a partir de diciembre, siempre de acuerdo con dónde quede ubicada Cristina de Kirchner y cuántos senadores estén dispuestos a seguirla en esa nueva división del peronismo. No es una mera cuestión de la interna del PJ; de hecho, no hay muchos interesados en jugarle a la expresidente ese juego; gobernadores y dirigentes más bien la quieren lejos y aislada. El problema es el reparto de cargos que se consagrará recién en febrero y la gobernabilidad que Mauricio Macri logrará o no mantener en esa Cámara. Cuantos más senadores se queden con Cristina de Kirchner, más poder de "molestar" tendrá en el recinto. El verbo elegido no es caprichoso ni irónico: no es mucho más que eso lo que podrá hacer si Pichetto y Cambiemos se ponen de acuerdo en la negociación de proyectos y en las votaciones clave como lo vinieron haciendo hasta ahora.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La jura de ayer en el Senado (ver nota de Mariano Casal en pág. 10) no sembró demasiado temor en el oficialismo, por lo menos si se esperaba algún efecto "Cristina" que complicara el recinto. Más bien se vio a la expresidente intentando mostrar que ya estaba en funciones recolectando voluntades para sus fines, cuando recién podrá hacer esos ejercicios a partir del 10 de diciembre.
Mejor fue mirar el bloque que conduce Pichetto y los acuerdos para sancionar leyes, con modificaciones introducidas como el caso de la reforma previsional, que es donde se asienta el núcleo de consensos que Macri logró bordar con el peronismo, sus gobernadores y las expectativas sobre los laberintos que aún le resta recorrer al Gobierno con el sindicalismo.
En Diputados los problemas son otros. Sergio Massa dio muestras ayer de no estar dispuesto a romper todos los puentes con Emilio Monzó y Mario Negri. Ayer le dijo que no al kirchnerismo en su pedido para que sumara número en una sesión especial de hoy donde el bloque K quiere castigar a Cambiemos por el caso del desalojo con una muerte de mapuches en el sur. Por allí el horizonte está bastante limpio.
Hay otra pelea que complica. El macrismo decidió llevar adelante la reforma tributaria con un esquema de negociación abierto. Es decir, la anunció y abrió una negociación con sectores sin que estuviera terminado el proyecto de ley. Luego envió el texto al Congreso. Y ahora se está en un proceso de revisión donde cada afectado pide turno con los jefes parlamentarios para explicar su posición. Ese ese el verdadero debate de la reforma que se está dando con complicaciones.
Hay temas que el gran público no vio aun sobre esta reforma. Más allá de los cambios en Impuestos Internos sobre vino, champán, gaseosas o cigarrillos (algunos ya dejados de lado) hay problemas, por ejemplo, con el Impuesto a las Ganancias que se aplicará sobre la diferencia financiera en las operaciones de las cooperativas. Se alega que se cobrará incluso sobre los préstamos a socios y más grave es la presión sobre las que operan con seguros.
"En la medida en que pasan los días y no se trata, una ley de 30 y pico de capítulos se complica", reconocía ayer un experto radical en estos temas. Es el peligro que algunos llaman "la ley biodegradable". La situación es clara tanto para Negri como para Luciano Laspina, ambos guerreros en estas reformas. El Gobierno deberá afilar rápido el lápiz y cerrar la negociación si quiere bloquear pronto el peligro.
Dejá tu comentario