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Repusieron lograda versión mozartiana
Sarastro y la invocación en la correcta puesta de Eduardo Casullo, dirigida musicalmente por Tania Morandini.
Lo que más importa en «La flauta mágica», de Mozart -una ópera que a esta altura sería ocioso reiterar que ha sido vista como un manifiesto masón o como una meditación sobre los mecanismos del poder y también como un cuento infantil- es la belleza de una perfecta partitura de Mozart. Fundamús repuso su producción 2009, en la que Eduardo Casullo hace hincapié en esa maravillosa locura que propone todo el argumento, y ofreció una mirada respetuosa y nada manipuladora de la historia.
Una escenografía multimedia y un diseño de vestuario colorido y original acompañan la propuesta, que acentúa el elemento metafórico en todo su ágil desarrollo escénico. No hay elementos corpóreos en la escena. Se proyectan imágenes, algunas realistas y otras abstractas según las necesidades argumentales y las luces hacen el resto.
Nada extemporáneo, sólo un dragón y algunos animales interpretados por bailarines, a veces, algo excesivos en su desnudez, rompen la armonía expuesta por Casullo en esta producción bella y despojada. La realización tiene, como se dijo el año pasado, un punto en contra: la traducción al castellano de algunos diálogos de este «singspiel», sobre todo teniendo en cuenta que con el subtitulado la valla del idioma se puede salvar perfectamente.
Bienvenida la presencia de la directora musical italiana Tania Morandini, nacida en Udine y con una destacada trayectoria internacional. No es habitual que se confíe la concertación y la dirección orquestal de una ópera a una mujer, lo que significa un mérito para Casullo y Fundamús. Morandini tuvo especial cuidado en la concertación, acompañando en ocasiones la propia dinámica de cada uno de los cantantes.
La versión tuvo vuelo, buen ritmo y cuidado de la afinación, salvo algún desliz momentáneo. Algunos momentos de la producción estuvieron muy bien resueltos, como las escenas de las pruebas del fuego y del agua y el dúo de Papagena-Papageno que remata en la escena final con la descendencia de los esposos pájaros.
Excelente resultó Carlos Ullán como Tamino bien acompañado por Graciela Oddone como Pamina. La reina de la noche fue la uruguaya Luz del Alba Rubio que aunó dramatismo y coloratura en feliz emisión, a pesar de cierto vibrato que no opacó su desempeñó asaz temerario. Autoridad y buen canto hubo en Lucas Debevec Mayer como Sarastro y encantadoramente graciosa la composición de Luciano Garay como Papageno. El resto del elenco cumplió con sus personificaciones hábilmente y se destacó una vez más el Nuevo Coro de Opera dirigido por Ezequiel Fautario. Vale la pena acercarse a esta renovada experiencia mozartiana.


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