Rescate esforzado sin final feliz

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«Belisario», tragedia lírica en tres actos de G. DoLibreto: S. Cammaranno. Orquesta y Coro Buenos Aires Lírica. Puesta en escena: M. Perusso. Dir. Mus.: J. Logioia Orbe (Teatro Avenida, 16 de julio).

Si algo hay que destacar de Buenos Aires Lírica es una impecable selección de títulos a lo largo de sus siete años y medio de vida. La asociación se las ha ingeniado siempre para programar temporadas equilibradas, que combinan títulos taquilleros con otros menos conocidos (o desconocidos) por nuestro público pero de gran trascendencia en la historia del género. En vista de ésto no se termina de comprender la elección de «Belisario» de Gaetano Donizetti como uno de los cinco títulos de la temporada 2010. «Ópera original y llena de logros», dice el programa de mano sin que lo que se puede apreciar en el escenario lo confirme plenamente; tampoco se trata de un estreno en nuestro país ni de un título tan olvidado, ya que se lo vio en el Colón hace menos de 30 años. Por alguna razón BAL puso un empeño digno de mejor causa por llevarla a escena y hasta debió encomendar a Juan Casasbellas (preparador del coro) la reconstrucción del material, ya que el que se utilizó para la producción del Colón fue destruido en el último incendio del Teatro La Fenice.

Dentro de la producción de Donizetti, «Belisario» (1836) se ubica entre «Lucia» e «Il campanello». El argumento gira en torno al general del ejército del Imperio Bizantino en tiempos de Justiniano, que sufre una traición a manos de su mujer y muere en la mayor de las desgracias. Una obra que tiene momentos felices pero infortunados cuartos de hora (como decía Rossini de las óperas de Wagner) sólo puede atraer en una realización muy lograda; Buenos Aires Lírica, que cuenta con los medios materiales y los recursos humanos, no la consiguió.

Enmarcada en una escenografía y vestuario con uso y abuso del mosaico, la puesta de Marcelo Perusso se ve estática y pueril, con marcaciones actorales básicas para el cuadro de cantantes. Omar Carrión (quien peluca y barba mediante se asemeja poderosamente a Donizetti) pone su profesionalismo al servicio de un papel ingrato cuya tesitura es poco acorde con su registro. Los roles femeninos principales (Antonina, la esposa de Belisario, e Irene, su hija) fueron asignados a cantantes de medios vocales por debajo de las exigencias: la chilena María Luz Martínez, de una voz mucho más liviana de lo requerido, tiene evidentes buenas intenciones musicales pero su emisión tensa y su falta de proyección le impiden plasmarlas, mientras que la joven Vanina Guilledo, de timbre áspero, tampoco convence como Irene. Sí lo hacen Christian Peregrino como Giustiniano y Santiago Bürgi como Alamiro.

Afortunadamente en el podio está Javier Logioia Orbe para dirigir con claridad de ideas y de gestos a una excelente formación orquestal y un coro vibrante.

Habrá de todas maneras espectadores que defiendan los méritos de «Belisario» y que puedan trenzarse con los decepcionados en algo tan caro a los fanáticos del género y nunca más apropiado que en el caso de esta ópera: las discusiones bizantinas.

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