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Richter, de la figuración al cruce de pintura y fotografía
El estupendo retrato de su hija Betty resume en gran medida el trabajo de Gerhard Richter, quien elude el canon del retrato clásico y le brinda a la elaborada pintura la frescura de una instantánea.
Richter nació en 1932 en Dresde. Su ciudad natal es una auténtica escuela de la mirada, colmada de museos con las obras que atesoró el emperador Augusto, fervoroso coleccionista que supo rodearse de bellísimas pinturas renacentistas y barrocas, holandesas y flamencas. El artista tuvo el privilegio de convivir con obras magníficas, pero también fue testigo de la Segunda Guerra Mundial, de los feroces bombardeos que apuntaron a Dresde poco antes de la capitulación nazi, en una «tormenta de fuego» ardieron varias joyas de la arquitectura barroca.
En 1961 Richter se trasladó a Dusseldorf; allí cambió sus ideas políticas y también el estilo de su arte; conoció el expresionismo abstracto y el Pop, y pasó del «Realismo socialista» al «Realismo capitalista», como irónicamente denominaban a la versión crítica del consumismo con su amigo Sigmar Polke. A pesar de este rasgo de humor, Richter acarrea una densa historia sobre sus hombros. En 1977 pintó «Negro, Rojo, Dorado», una obra abstracta para el Reichstag de Berlín. En la actualidad reside en Colonia y es, junto a Polke, Georg Baselitz y Anselm Kiefer, uno de los artistas más valorados de Alemania.
El interés que suscita la muestra actual, más allá de los aspectos históricos que marcaron la carrera de Ritcher, consiste en sus cuestionamientos a la pintura, en el particular uso que hace de la fotografía, y en el modo de combinar ambas disciplinas a la vez, temas que hoy ocupan un lugar privilegiado en las agendas de las nuevas generaciones.
La exhibición comienza con «Sinopsis», de 1998, un gráfico conceptual donde el artista señala personajes de la historia de la pintura, la escultura, la arquitectura, la música y el pensamiento. Los nombres comienzan, entre otros, con Fra Angélico y al llegar a la actualidad se incluye a sí mismo. Es decir, Richter se presenta en medio del amplio contexto cultural al cual pertenece y que abarca gran parte de la historia de la humanidad.
El artista inició en 1962 sus series de «pinturas fotográficas», desde esa fecha colecciona imágenes que no necesariamente fueron tomadas por él, como retratos familiares, paisajes y tomas periodísticas que configuran el punto de partida de sus trabajos. Si bien las obras de la exposición datan de la década del 90, salvo por una colorida pintura del neoexpresionismo abstracto que se remonta a 1977, hay imágenes que parecen provenir de un pasado lejano, efecto logrado al barrer este material fotográfico y borrar la nitidez. «El motivo de la pintura se percibe vagamente: Richter reduce los colores -en el pasaje de la foto a la pintura- a matices grises», señalan en el texto del catálogo.
En la línea figurativa presenta el retrato del «Tío Rudi», el hermano de su madre que cayó en el frente en 1944. A partir de la fotografía del personaje, el artista elabora una pintura, y manipula la imagen hasta lograr el aspecto borroso de un recuerdo que se esfuma. En muchas de sus pinturas abstractas, a veces de colores vibrantes y en ocasiones monocromáticas, Richter parece arrastrar la pintura con una espátula, y las huellas se perciben como metáforas del olvido y del transcurso del tiempo.
Con la mayor ductilidad, Richter pasa de la abstracción absoluta a la figuración minuciosa. El estupendo retrato de su hija Betty resume en gran medida su trabajo. A partir de una fotografía pinta a la joven que aparece vestida con un llamativo conjunto deportivo de flores rojas, con su torso de perfil y apoyada sobre un brazo. Pero Betty, con un gesto espontáneo ha dado vuelta su cabeza y mira hacia atrás, de modo que su rostro queda oculto y el espectador sólo descubre su sedoso pelo rubio recogido en la nuca. El artista elude de este modo el canon del retrato clásico, realiza un «no-retrato» y le brinda a la elaborada pintura, tan luminosa como un Vermeer, la frescura de una instantánea. Sin embargo, la verdadera obra de Richter no es la pintura sino la fotografía de la pintura, ya que elige presentar la reproducción del retrato y el soporte tecnológico. De este modo, la obra es la foto.
Ese procedimiento, representativo de los desplazamientos entre ambas disciplinas -la fotografía y la pintura- se reitera en «Orquídea», una naturaleza muerta con flores blancas, cuya imagen registra los rastros del pincel sobre la tela. El estilo romántico de estas obras recuerda al famoso retrato que pintó de su hija con el rostro reclinado, el mismo que la rosarina Nicola Costantino tomó como modelo. Cabe aclarar que el artista brasileño Vik Muñiz, tomó a Betty como modelo y reprodujo en gran formato la imagen.
Por lo demás, la exhibición es pequeña pero representativa, casi un modelo de cómo presentar la trayectoria de un artista con una mínima cantidad de obras. Está presente la dedicación de Richter al estudio de la pintura como materia, a las características más sensuales y las formas que genera el empaste sobre la tela o la paleta. Así, la pintura en sí misma es el motivo de las 128 fotografías que una vez reunidas configuran un gran mural. En el territorio de la abstracción el alemán presenta dos rombos donde fotografía la pintura, densa y voluptuosa con sus colores radiantes, ostentando el decorativismo de la belleza por la belleza en sí misma.
La producción de Richter va desde la más clásica figuración a las fotografías pintadas y resulta inclasificable. Las cuestiones sensibles están sabiamente balanceadas con las conceptuales. «Yo no persigo ninguna intención, ningún sistema, ninguna dirección. No tengo programa, ni estilo, ni deseo», aseguró el artista, en los inicios de su carrera. Pero sin duda, desde entonces aprendió a sacar partido de un sutil romanticismo y cierta anacrónica dedicación al oficio del pintor.


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