Las alucinaciones, que provocan pánico y se consideran un signo del ingreso a la locura, sólo tiene ese carácter en poquísimos casos, por lo general son manifestaciones normales ligadas a algún desorden como la pérdida de la visión, el aburrimiento, la fatiga o la búsqueda de un "estado alterado de la conciencia" a través de alguna droga. "Las alucinaciones", señala el neurólogo Oliver Sacks en un nuevo libro magistral, "siempre han ocupado un lugar importante en nuestra vida mental y en nuestra cultura. De hecho, podríamos preguntarnos hasta qué punto las experiencias alucinatorias han dado lugar a nuestro arte, nuestro folklore e incluso nuestra religión".
Recuerda los dibujos geométricos que aparecen en esos fuertes dolores de cabeza denominado migrañas, y que estarían en la base de los motivos del arte aborigen, y estuvieron en la visiones de ángeles de una famosa santa de la edad media. La Biblia está plena de esas sorprendentes apariciones, del mismo modo que todas las mitologías, en la griega Aquiles enfrenta la aparición de Palas Atenea y Ulises se hace atar para poder ver a las sirenas y no dejarse arrastrar por su canto. "Las alucinaciones liliputienses (que no son infrecuentes), dieron lugar a los elfos, hadas y duendes? ¿Las terroríficas alucinaciones de pesadillas contribuyeron a generar nuestra concepción de los demonios, brujas y malignos? Los ataques extáticos, cómo los que sufría Dostoievski, ¿desempeñan algún papel a la hora de generar nuestra idea de lo divino?". ¿En cuánto las cefaleas ayudaron a Lewis Carroll a escribir "Alicia en el país de las maravillas" y a Cortázar sus juegos con el tiempo?.
Sacks va a buscar responder a las preguntas que lanza desde la ciencia y aun desde su propia experiencia personal, desde el haber vivido algunas formas de alucinación debido a migrañas o la paulatina pérdida de la visión de uno de sus ojos. El primer acercamiento al tema lo hace por medio de una de sus pacientes de un geriátrico, Rosalie, una mujer de 90 años, que contaba a las enfermeras de sus extrañas alucinaciones que la llevaban a ver unas especies de películas con protagonistas orientales. Se pensó en un desorden neurológico, en Alzheimer o, quizá, una apoplejía. La primera sorpresa de Sacks fue que la mujer había quedado ciega tiempo atrás, y estaba mentalmente sana. Sólo estaba preocupada por ver esas "películas" que no dejaban de ser hasta cierto punto simpáticas, y si eso no era un síntoma de locura. Sacks le explicó que en la locura se estable un diálogo nunca apacible con lo alucinado, y lo de ella era ser una mera espectadora, y eso se debía a su pérdida visual, un fenómeno conocido como síndrome de Charles Bonnet, nombre del biólogo suizo que descubrió el fenómeno en el siglo XVIII. Al saberlo, Rosalie se puso feliz y contenta de poder decirle a las enfermeras: ¡qué se creen yo tengo síndrome de Charles Bonnet! "Hace 250 años Charles Bonnet se preguntaba pensando en esas alucinaciones cómo podía la máquina de la mente instalar ese teatro de la mente, ahora, 250 años después, estamos empezando a vislumbrar cómo sucede eso".
Y así, desde su propia experiencia cuando se hizo observar una crisis alucinatoria por medio de la resonancia magnética, al "cine del preso", a oír voces o sonidos inexistentes, a sentirse rodeado de un perfume que no tiene realidad alguna, desde los fenómenos ligados a la epilepsia o el parkisonismo, Sacks va desterrando miedos. Haciendo gala de su humor, de su inmensa cultura, de su fascinante arte de narrar haciendo lo complejo simple. Seguramente se divertiría si alguien elogiándolo, le dijera que su libro resulta alucinante.
| M.S. |



Dejá tu comentario