21 de junio 2010 - 00:00

Saramago: la polémica sobrevive a sus cenizas

José Saramago murió el pasado viernes en su isla de Lanzarote en España. Lo ensalzaron numerosos intelectuales, además de Hugo Chávez y el gobierno cubano. Lo criticó post-mortem el Vaticano y el presidente portugués no asistió a su incineración.
José Saramago murió el pasado viernes en su isla de Lanzarote en España. Lo ensalzaron numerosos intelectuales, además de Hugo Chávez y el gobierno cubano. Lo criticó post-mortem el Vaticano y el presidente portugués no asistió a su incineración.
La polémica que rodeó los últimos años de la vida del Premio Nobel de Literatura José Saramago sobrevivió a la incineración de sus restos, ocurrida ayer en el cementerio Alto de San Juan de Lisboa: criticado post-mortem por el Vaticano, despedido sin la presencia del presidente portugués, el conservador Aníbal Cavaco Silva, (aunque sí estuvo su fervoroso admirador, el primer ministro José Sócrates), ensalzado por Cuba y por Hugo Chávez, el multitudinario adiós al autor de «Ensayo sobre la ceguera» continuó despertando las mismas pasiones encontradas entre sus adeptos incondicionales y aquellos críticos que, aún sin objetarle su militancia izquierdista, consideraban sin embargo que su obra literaria más valiosa había cesado hacia mediados de los 80.

Los restos de Saramago, fallecido el pasado viernes a los 87 años en la isla de Lanzarote, España, como consecuencia de una leucemia, fueron trasladados en un avión militar hasta Lisboa y velados el sábado en el Ayuntamiento, donde miles de personas desfilaron ante la capilla ardiente, incluyendo a los escritores Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, opositor político aunque amigo personal. Altos funcionarios como el primer ministro Sócrates, el alcalde de Lisboa Antonio Costa y la vicepresidenta del gobierno español, María Teresa Fernández de la Vega estuvieron presentes junto a la viuda de Saramago y traductora al español de su obra, Pilar del Río.

El presidente Aníbal Cavaco Silva consideró una «polémica estéril» los comentarios posteriores sobre su ausencia en las honras fúnebres. Cavaco Silva lamentó el viernes en un comunicado oficial su muerte y decretó dos días de duelo nacional, un gesto «que un jefe de Estado debe hacer», dijo. «Es diferente de lo que deben hacer los amigos o los conocidos. Nunca tuve el privilegio de conocer o encontrarme con Saramago».

El católico jefe de Estado era primer ministro de Portugal cuando se produjo en 1992 una gran polémica por la obra «El evangelio según Jesucristo» de Saramago, que llevó al escritor a trasladar su residencia a España. Un funcionario gubernamental había vetado la obra, muy criticada por la Iglesia Católica. Saramago regresó después con frecuencia a su país y pasó largas temporadas en sus residencias de Portugal tras aquel incidente, al que varios políticos y autoridades portugues restaron importancia estos días al subrayar que en su país siempre se lo apreció a Saramago y que él nunca se sintió alejado de su patria.

El «Osservatore Romano», diario de la Santa Sede, criticó ayer la postura ideológica del desaparecido escritor, afirmando que se declaraba preocupado por las Cruzadas pero parecía del todo indiferente ante los crímenes del comunismo. Saramago, escribió el crítico Claudio Toscani, era «un hombre y un intelectual sin ninguna admisión metafísica, clavado hasta el último momento en su obstinada confianza en el materialismo histórico, alias el marxismo. Habiéndose lúcidamente autocolocado de la parte de la cizaña en el campo de grano evangélico, declaraba perder el sueño ante el mero pensamiento de las Cruzadas o de la Inquisición, olvidándose el recuerdo del Gulag, de las purgas, de los genocidios, de los samizdat (textos clandestinos difundidos en la Unión Soviética) culturales y religiosos», agregó Toscani.

Hugo Chávez, por el contrario, lamentó la muerte «del gran escritor» portugués, al que alabó como un «hombre con pensamiento crítico propio» y del que tuvo el «honor» de recibir su «reconocimiento» como promotor del socialismo. «¡Se nos fue el gran Saramago, grande en su lucha por la dignidad de los pueblos!», declaró Chávez durante una cadena nacional obligatoria de radio y televisión.

En Cuba, intelectuales y medios de comunicación la muerte del «amigo fiel de Cuba hasta el último día de su vida». Así lo definió el presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), Miguel Barnet, quien señaló que como escritor cubano se lo agradecerá siempre. Barnet resaltó de Saramago que un hombre nacido en un medio duro y agreste «tuviera una imaginación tan desbordante, con una estética y un mundo de metáforas y valores tan propios» y señaló que su obra le hizo descubrir «una sensibilidad muy apegada a la tierra y particularmente al mundo de campesino pobre de Portugal». Numerosos mandatarios de Estado en el mundo, incluyendo a la Presidente Cristina de Kirchner, enviaron a la viuda del escritor telegramas de pésame.

Entre los miles de personas que desfilaron ante su féretro, no fueron pocos los que llevaban en una mano un clavel rojo, símbolo de la revolución que puso fin a la dictadura de Antonio Salazar el 25 de abril de 1974, y de la que participó Saramago como uno de sus sostenes intelectuales. Saramago jamás le rehuyó a la polémica: muy crítico con el ex presidente estadounidense George W. Bush, defendió la causa palestina, y llegó a comparar Ramalla con Auschwitz durante una visita en 2002 a Cisjordania.

Nacido el 16 de noviembre de 1922 en Azinhaga, centro de Portugal, Saramago publicó en sesenta años unas treinta obras, novelas, poesía, ensayos y piezas de teatro. Sus obras más ensalzadas, y sobre las cuales existe un consenso más unánime, son «Levantado del suelo» (1980), «Memorial del convento» (1982, de tema medieval), «El año de la muerte de Ricardo Reis» (1984), «La balsa de piedra» (1986, metáfora sobre las relaciones entre la península ibérica y el resto de Europa) e «Historia del cerco de Lisboa» (1989).

De 1991 data la controvertida «El Evangelio según Jesucristo», y de 1995 «Ensayo sobre la ceguera», que fue llevada al cine con relativa fortuna por Fernando Meirelles. Sus últimas novelas fueron «El viaje del elefante» (2008) y «Caín», en la que volvió a embestir contra la Iglesia. Actualmente se encontraba trabajando en una nueva obra sobre el tráfico de armas.

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