30 de octubre 2018 - 00:00

¿Se acabó la fiesta en Wall Street?

¿Se acabó la fiesta en Wall Street?
Tropezón es caída, un revés muy duro y -al precipitarse 10% o más desde los récords- corrección. El índice S&P 500 descendió 10,1% (tras haber bajado cuatro de las últimas cinco semanas), el Dow Jones Industrial también perforó la marca, aunque pudo cerrar con una merma de sólo 9% y el Nasdaq decreció 13%. El Russell 2000 y el Dow Jones de Transportes, donde se inició la fisura, cayeron más del 15% desde los máximos en un raid negativo de seis semanas consecutivas. El desliz lleva tiempo, como se aprecia, pero el golpe seco que lo transformó en corrección se produjo recién. Y sobrevino en buena ley: los balances de Caterpillar y 3M, primero, y los de Amazon y Alphabet (Google), después, no dieron la talla adecuada. Y los inversores hicieron el resto. Es la tercera corrección del año, ¿será la vencida? La regla de pulgar es que traspasado el umbral de una caída del 20% (en el Dow Jones Industrial y el S&P500, no en los índices más volátiles) cabe dar por muerto el mercado bull (alcista) y recibir a los osos (bears) que reinarán en la nueva etapa bajista. En febrero y en abril la zozobra fue mayor -que los salarios en alza, que la inflación y la Fed de Jerome Powell muy agresiva, que la guerra de aranceles de Trump-, pero las acciones zafaron (la economía aceleró y la inflación dijo presente sin excederse) y en septiembre llovieron los récords. Sin embargo, no se dijo la última palabra. Y esta caída no sólo devoró las ganancias de 2018. Derrumbó la serie de mínimos cada vez más altos que sirvió como escalera desde febrero, y no dejó otro sostén a la vista que ese piso del año. Habrá que hundirse otro 4,7% para saber si de veras soporta el impacto.

La Bolsa anticipa, no es infalible pero se adelanta, es precavida cuando, como es el caso, no la domina la euforia, y tiene olfato. Y volvió a la obsesión de abril, y de tantas ocasiones en los diez años del mercado bull más largo de la historia: la duda existencial del fin de ciclo. No es que esté atrapada sin salida. Entiéndase bien, esta es la séptima corrección del ciclo alcista iniciado en marzo de 2009. Veintiuna veces se tomó un respiro luego de mermas de más de 5%. La Bolsa ha estado aquí, y en condiciones peores. En 2011, al borde de la cornisa fatídica del 20% cuando S&P le quitó la calificación AAA a la deuda del Tesoro. En los últimos cinco años, con valuaciones más difíciles de justificar que la actual (apuntalada por el recorte de impuestos). Y conste que las bonanzas no acaban por la edad en el documento. Sin negar lo complicado del brete, no es la primera vez que un mercado tan auspicioso se estrella con un octubre negro, y devuelve todas las ganancias del año. Desde 1950 ocurrió siete veces, y en seis se recuperó en los dos últimos meses para cerrar el calendario con una ganancia promedio de 4,1%. El destino no está escrito en piedra.

La Bolsa anticipa a la economía, pero el fin de ciclo en el que más se cree es el advenimiento de una recesión. O en el que más se creía antes de la corrección. Que el PBI de los EE.UU. creciera 3,5% en el tercer trimestre -empalmando con un salto previo del 4,2%- no sació las sospechas porque 2 puntos de los 3,5 fueron acumulación de inventarios. La noción es que la economía se desacelera, y, en buena hora que se calme y no empuje más allá de su capacidad potencial (hoy por debajo del 2%). Lo que preocupa es el impacto real de las tasas de interés en alza. El sector de la vivienda acumula tres trimestres consecutivos en retroceso, y la Fed de Powell, lejos de convencerse, redobla la ferocidad de su discurso. Está bien, las políticas de Trump no le dejan margen. Pero nadie le exige raciocinio al presidente (que promete otra baja de impuestos a los votantes de clase media), y sí a Powell. La Casa Blanca maneja a gran velocidad -y no elude caminos intransitables como los de la confrontación comercial- mientras la Fed tiene la tarea de llevar a la expansión a buen puerto, y por carril seguro. Pues bien, lo más seguro que encuentra el banco central es la suba gradual y constante de las tasas de interés. ¿Quién sino Powell arruinó la fiesta de septiembre? ¿Quién dijo que la tasa todavía está lejos de ser neutral, y que quizás haya que ir más lejos? Powell aprieta para que las fisuras afloren y los bríos se calmen. Vemos que lo consigue. ¿Llamaremos a esto la señal del fin de ciclo? Después de todo, una palabra suya bastará para sanarlo. No es su propósito enterrar el ciclo, sino extenderlo en el tiempo. Y Powell no sigue una regla incondicional. La suba de tasas no está escrita en piedra; depende -Loretta Mester dixit- de las condiciones del terreno. Sabrá tomar nota de las rugosidades en ascenso.

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