29 de julio 2009 - 00:00

Se endurece el bloque chavista

 Casi como un papa laico, Barack Obama se ha empeñado desde su debut presidencial en abogar por la reconciliación. En una postura necesaria para dejar atrás el saldo nefasto que dejó la era Bush para la imagen de Estados Unidos en el mundo, multiplicó los gestos amigables.

A Irán, al mundo islámico en general, a Cuba, a Venezuela, a Rusia, a China. Y hasta el momento no ha recibido respuestas proporcionales. Ahora comienza a sentir el mismo frío en América Latina.

Uno se preguntaba al comienzo de su gestión si el idealismo, la buena voluntad y los llamados al diálogo eran suficientes para modificar percepciones de seguridad nacional muy arraigadas en los Estados Unidos. Sobre todo cuando se tiene en cuenta que hablar de ese país es hacerlo de uno de los sistemas políticos más complejos del mundo, de una trama de intereses sin parangón que refleja su condición de única superpotencia militar, política y económica.

En rigor, hay muchos Estados Unidos. El de la Casa Blanca, por supuesto, el del Congreso, que obliga a los presidentes a negociar. El del poder judicial independiente que muchas veces complica los designios políticos. El de las burocracias de la comunidad de inteligencia y seguridad, desde el Pentágono hasta la CIA, pasando por muchos otros organismos, todos en feroz competencia entre sí. Una maquinaria paquidérmica, en suma, que es difícil poner patas para arriba. Y ni siquiera puede darse por sentado que ésa sea (o haya sido) la intención de Obama.

Así, poco a poco, la realidad ha ido complicando la política de paz y amor. Los iraníes siguen con su plan nuclear, su represión, sus fraudes electorales y no dan noticias de avenirse a dialogar. Israel se esfuerza por velar sus diferencias con el demócrata, pero continúa reclamando plazos para un regreso de la política de línea dura hacia Teherán y se muestra más que remiso a cumplir con la demanda de congelar los asentamientos y aceptar un Estado palestino pleno. Corea del Norte sigue adelante con sus demenciales amenazas atómicas. Rusia no cede en su rechazo al avance de la OTAN hasta sus orillas. Y la lista podría seguir casi al infinito.

Pero las buenas intenciones de Obama no son espejismos. La conculcación de la tortura, el lento avance hacia el cierre de Guantánamo, la continuidad de la marcha hacia una mayor normalidad en Irak, el relajamiento del embargo a Cuba, su condena al golpe en Honduras, entre otros hechos, no deben ser pasados por alto. Probablemente eso, el freno a las buenas intenciones que interponen la densa trama de intereses que pulula en Washington y la percepción predominante allí sobre el interés nacional, sea lo que explica justamente una política exterior que se ha mostrado zigzagueante.

Lentamente, tras los gestos hacia Cuba y el intercambio de saludos, sonrisas y presentes con Hugo Chávez, la realidad también comienza a caer pesadamente sobre América, llevando a un atolladero las buenas intenciones de Obama.

Cuando Chávez habla menos, cuando su retórica no parece tan incendiaria, cuando sus gestos son menos ampulosos es cuando hay que estar más atento a sus movimientos. El bolivariano parece capear el temporal de la crisis internacional y el petróleo barato y se siente lo suficientemente fuerte como para avanzar a paso redoblado sobre emisoras privadas de radio y televisión. Mientras, niega que haya desviado a las FARC proyectiles antitanque que habían sido comprados a Suecia. Por ahora, Estados Unidos calla ante estos hechos. ¿Por cuánto tiempo más lo hará?

¿Y los aliados de Chávez? Rafael Correa también navega como puede en las aguas correntosas de la guerrilla colombiana, acentuando su retórica antiimperialista en la medida en que persisten las denuncias de financiación de las FARC a su campaña (ayer desmentidas por la guerrilla). Evo Morales fustigó el plan de paz de Óscar Arias (es decir, del Departamento de Estado) para Honduras y se dispone a ampliar el área legal para la siembra de la coca. Daniel Ortega da cobijo y rodea a Manuel Zelaya y vocifera que Estados Unidos es el verdadero artífice del golpe hondureño.

El avispero bolivariano se agita. Por un lado, porque, pese a la retórica de paz y amor, sabe imposible una reconciliación plena con Estados Unidos. Por el otro, porque recela de la morosidad de Obama para desenfundar en serio las armas políticas y económicas contra el Gobierno de facto de Honduras. Una situación que pareció comenzar a variar ayer, con la cancelación de visados de ingreso a un grupo de golpistas, pero que seguirá siendo observada con lupa.

Rivales y enemigos de Estados Unidos mantienen sus retos en cada rincón del mundo. El arco conservador dejó de lado los susurros y ya grita (y presiona fuerte) contra lo que entiende como una peligrosa debilidad del presidente. Acaso estemos a las puertas de descubrir un Obama algo distinto del de sus primeros meses.

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