3 de septiembre 2009 - 00:00

Seineldín ya había muerto

Seineldín ya había muerto
Cuando reapareció en 1990 al frente de un alzamiento contra el Gobierno de Carlos Menem -el último contra un Gobierno democrático-, ya era una figura del pasado. Extravagante, extremista, se enredó en política como otros militares y terminó de la peor manera, condenado a perpetua por un golpe desesperado con 13 muertos. El último agravio lo recibió Mohamed Alí Seineldín -quien murió ayer en Buenos Aires-, cuando en 2003 lo indultó Eduardo Duhalde junto al cabecilla del ERP Enrique Gorriarán Merlo. Difícil imaginar una biografía con mayores contradicciones, que se resolvió entre el ejercicio de un nacionalismo sin concesiones y el heroísmo en Malvinas, y, en el otro extremo, la rabia contra la sociedad que decía defender con actos abominables, como golpear a la naciente democracia en dos asonadas que lo sumieron en el rechazo colectivo.

El público, que algo reconoce, prefirió el olvido después del indulto; sólo retuvo la actuación en Malvinas, gesto que prueba ese cartel que luce en homenaje a él sobre la autopista que une Ezeiza con la Capital Federal que nadie, en dos décadas, se ha animado a borrar.

Golpeado por esa última estocada del indulto, terminó sus días como nunca pudo imaginarlo, trabajando en una empresa de seguridad, casi una caricatura de aquel oficial que instruía a los cadetes del Colegio Militar con consignas de patriotismo extremo, que incluía insultos antisemitas que recuerdan hoy los oficiales que pasaron bajo su mando.

Como a otros argentinos que vivieron a su estilo, seguramente le faltó un jefe que le diera una causa mejor y más alta. No lo tuvo en su mejor hora, la de Malvinas. Creyó encontrarla a mediados de los años 80, cuando aceptó organizarle al panameño Manuel Noriega una brigada personal que bautizó con el pretencioso nombre de «Los machos del monte». Noriega fue derrocado y recibió también condena en los Estados Unidos por narcotraficante.

Al regresar al país, sin que él hubiera recibido acusaciones por delitos cometidos durante la represión clandestina de la guerrilla en los años 70, se sumó a la conducción de los «carapintadas» que hicieron tambalear al Gobierno de Raúl Alfonsín en la crisis de Semana Santa de 1987, que condujo Aldo Rico. Tuvo también un intento propio de alzamiento en Villa Martelli, en 1988.

Según se conoció en el juicio que le valió la condena, antes de 1989 trabó relación con políticos que trabajaban para la candidatura de Carlos Menem, quienes, estando él detenido, se comprometieron a confiarle un futuro Ministerio de Defensa si el riojano ganaba las elecciones. Julio Mera Figueroa, Gustavo Béliz, César Arias y hasta Zulema Yoma fueron citados por Seineldín como garantes de ese acuerdo, del cual nunca se conoció la contrapartida. La presunta participación de «carapintadas» en los saqueos previos a la salida anticipada del poder de Alfonsín fue señalada por algunos observadores como la moneda de cambio de aquel pacto (lo relató Simón Lázara en su libro «El asalto al poder»).

En ese mismo juicio que se hizo después del golpe de 1990, Seineldín dijo que Menem no había cumplido con lo prometido cuando asumió en 1989. Seineldín había imaginado que conduciría la política militar del nuevo Gobierno; una fantasía si hubiera conocido a los personajes de aquella negociación. Debió conformarse con alguna designación de un acólito menor y, cuando vio cuál era el rumbo que tomaba el Gobierno de Menem, se puso a organizar el golpe que lo hizo terminar en la cárcel, un alzamiento con poco eco hasta en el resto de los militares, que habían entendido el sentido de los primeros indultos a ex comandantes y ex guerrilleros.

Perdones

El alzamiento fue el 3 de diciembre de 1990, después del primer paquete de indultos. A fin de ese mes, Menem logró cerrar las quejas de los militares que debían ser juzgados por delitos aberrantes con el último paquete de perdones (30 de diciembre de 1990).

Ese novelesco intento de golpe, que transcurrió entre cruce de columnas de vehículos castrenses que chocaban con colectivos, asustó más a los funcionarios que al resto de la sociedad. Moisés Ikonicoff, entonces secretario de Planeamiento, guarda pintorescos recuerdos de cuando Hugo Anzorreguy, jefe de la SIDE, repartía cascos de acero en el despacho de Menem para prevenirlos de algún disparo que nunca llegó.

Aislado en la condena junto al pequeño grupo de oficiales que lo acompañó, estuvo preso algo más de 11 años. Conservó detrás de las rejas el mismo estilo que había mostrado antes; pasó a ejercer un liderazgo carcelario basado en el crédito que conservaba como comando en Malvinas. Cuando ingresó en la cárcel de Caseros, la primera noche, gritó «Subordinación y valor», siguió un silencio y le respondieron de las galerías: «Para defender a la Patria». Los jefes de las ranchadas lo saludaban todas las mañanas a los gritos, reconociendo esa caricatura de liderazgo. Mientras estuvo allí, antes de ir a Campo de Mayo, ejerció el mando que suelen tener los pesados.

Sufrió entre rejas la enfermedad incurable de un hijo que sólo se dormía si él lo abrazaba de noche. Hoy puede contarse que sus custodios le permitían salidas clandestinas para que Seineldín lo acompañase hasta que se durmiera. Imaginar esa escena es otra de las contradicciones de esta biografía del desperdicio.

Al salir de la cárcel en 2003 buscó rearmar formaciones políticas que había intentado ya estando preso. No logró trascender en un país que estaba en otro rumbo desde hacía 20 años. Tampoco podía reconocer que muchas de sus consignas de nacionalismo básico, tercerismo y antinorteamericanismo las encarnaba desde el Gobierno el nuevo presidente Néstor Kirchner. Las últimas señales las dio a través de mensajes en una página de Facebook que tiene medio millar de suscriptos - seguramente una mitad son adherentes; la otra, espiones-, que se sorprendieron ayer al conocer que había sufrido un paro cardíaco a los 75 años que terminó con su vida en el sanatorio Otamendi.

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