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Si Occidente actúa, frenará los cambios
Mir Husein Musaví pidió a sus seguidores que se manifestaran en calma. Aseguró que peleará hasta el final por la anulación de los comicios del viernes, pero admitió que las posibilidades de que eso ocurra no son muchas.
Desde el sábado, el ex presidente Akbar Hashemi Rafsanyani, valedor de Musaví, se encuentra en la ciudad santa de Qom buscando el apoyo, entre bambalinas, de los clérigos que controlan el Consejo de los Guardianes. Todo se mueve en el secreto, hasta el punto de que no sabemos si Jamenei ha estado detrás del fraude o ha sido el primer sorprendido por los resultados.
Las manifestaciones a favor de cada candidato, los enfrentamientos de seguidores de Musaví con la Policía antidisturbios, las detenciones de dirigentes de la oposición, los ataques verbales del Presidente contra los medios informativos extranjeros y los cortes de comunicaciones por internet y por los móviles por parte del Gobierno para entorpecer la coordinación de la respuesta a su más que probable fraude seguirán durante días y semanas, pero -con el Ejército, la Guardia Revolucionaria y los clérigos, fuertemente divididos- es muy difícil que se repita en Irán una revolución verde, naranja o de terciopelo como las que hemos presenciado en otros países.
Detrás de Musaví están muchos clérigos, militares, empresarios e intelectuales que quieren dejar atrás la militarización de la política, el arma principal de la vieja guardia desde la revolución para mantener sus privilegios, y que ven en Ahmadineyad y sus lugartenientes un camino que sólo conduce a un régimen militar muy parecido al de Egipto. Todo menos eso es lo que ha defendido Musaví en la última campaña.
Las potencias occidentales no pueden dar por bueno lo sucedido, pero tampoco pueden dar un puñetazo en la mesa y romper las negociaciones con Teherán, pues con ello harían un gran favor a la vieja guardia empeñada en seguir como hasta ahora. Obama está haciendo lo correcto. Es el primer presidente estadounidense que se refiere a Irán por su nombre, República Islámica de Irán, y que está dispuesto a negociar con Teherán sin condiciones.
Si Ahmadineyad no escucha la voz de la calle en su propio país y la de los gobiernos y medios de comunicación extranjeros e insiste, como ha hecho hasta ahora, en tratar a Obama como a Bush II, nuclearizar su país y seguir apoyando a los grupos más radicales de Oriente Medio, Washington y sus aliados europeos tendrán mucha más fuerza para imponer sanciones draconianas. El cambio de régimen por la fuerza y la injerencia en los asuntos internos iraníes deben descartarse por completo. Con un Irak ya hemos tenido bastante.
Los gobiernos y periodistas occidentales haríamos bien en olvidar los binomios reformistas-conservadores u occidentales-antioccidentales con los que simplificamos y distorsionamos constantemente la realidad iraní.
Por su experiencia histórica, por la propaganda de los últimos 30 años y por los cambios radicales ocurridos desde la muerte de Jomeini en Oriente Medio, la inmensa mayoría de los iraníes comparte el sentimiento de cerco y ve en el Israel nuclearizado, con misiles apuntando a Irán, su principal amenaza. Si a ello añadimos los efectos contradictorios en Irán de las intervenciones occidentales en Afganistán e Irak y la paranoia alimentada cada día por una propaganda nauseabunda, tenemos el cóctel perfecto para años de negociación y conflicto. Esperar otra cosa es ignorar la realidad.


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