Sin perder identidad, el arte del tucumano Chaile se complejiza

Edición Impresa

El artista tucumano Gabriel Chaile (1985) presenta en la galería Alberto Sendrós «Todas las cosas eran comunes», exhibición que desde su título, extraído de «Los Hechos de los Apóstoles», habla de la entrega al prójimo e implica un cambio en el estilo cargado de humor de sus primeros autorretratos.

Chaile llegó en el año 2009 a Buenos Aires, traía un llamativo conjunto escultórico: un pequeño escolar negro ostentando sus propios rasgos, junto a otro idealizadamente rubio. En 2010 regresó, se había fotografiado como un granaderito frente a la Casa de Tucumán, y personificando a los vendedores ambulantes del tiempo de la Colonia. Así reiteraba con especial gracia una fórmula autorreferencial, tucumana por excelencia, que todavía perdura en algunos aspectos de una obra que se ha complejizado. Hoy, desde la invitación que cursó la galería, donde Chaile se autorretrata en posición fetal junto a una serie de objetos, otro es el clima y otro el sentido de las obras. La madurez se expresa en la forma y también en el contenido.

Al ingresar a la muestra hay unos pequeños retratos al lápiz, una serie de perfiles delicados como camafeos, que se destacan por la nitidez de la línea y la pureza del trazo. Son los rostros de su familia encabezados por el de su padre, muerto hace cinco años, protagonista central de la exposición y de una trama de afinidades filiales.

La muestra relata una historia, la de su padre y la propia. Pero no de cualquier modo. Lo primero que se advierte es la búsqueda de un orden, de un método que permita arribar a alguna conclusión. Chaile coloca como si fueran elementos de estudio los objetos que trajo de su hogar tucumano, utiliza los procedimientos de un museo antropológico para el inmaculado montaje. Su padre fue un albañil que supo sacar partido de su inventiva, y en unos estantes, semejantes a los andamios de la construcción, descansan algunos objetos que le pertenecieron: una cuchara, algunas herramientas, una navajita y una pequeña guitarra realizada con sus propias manos para sus hijos y decorada con estrellitas de colores.

El artista modeló unos breves pedestales de arcilla para colocar estos objetos y, con el afán de elevarlos, usó, a modo de columnas, frágiles alfileres para levantarlos. Las cosas parecen levitar sobre los andamios.

En la sala está la cama que heredó de su padre y que trajo de Tucumán, también elevada del suelo, con las patas apoyadas sobre objetos personales: libros, potes de pintura y hasta algún cuadro. Así, con la altura de una mesa, la cama cumple una doble función simbólica: allí se nace, se muere y se sueña, y allí se reparte el pan.

El conjunto de todas las cosas, está abrigado por unas estufas de factura casera: unos ladrillos con una resistencia eléctrica y unas patas de metal. La pobreza convirtió al padre en inventor.

No obstante, y a pesar de la sencillez del relato, la muestra tiene un carácter enigmático. La dificultad interpretativa persiste, incluso, después de analizar el cruce interdisciplinario del arte y la antropología, y la aclaración sobre el propósito de la materia: conocer y estudiar la especie humana, sus comportamientos sociales y culturales.

Si bien las cosas están alineadas y ordenadas con rigor científico, a la vez trasuntan la carga afectiva que arrastran. La muestra transmite la necesidad del artista de buscarle un sentido profundo a su quehacer artístico y busca la ayuda de la religión y la antropología.

Las cosas, la guitarrita, las herramientas y las alpargatas negras que fueron del padre, parecen estar allí para renovarlas y renombrarlas. Gabriel García Márquez cuenta en «Cien años de soledad» que cuando los habitantes de Macondo olvidaron el nombre de las cosas, Arcadio Buendía tomó un hisopo entintado y las marcó con su nombre: mesa, silla, puerta, pared. Después vio que no alcanzaba con el nombre, que había que explicar para qué sirven las cosas, y Arcadio completó cada letrero: «Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche». De este modo, las cosas no sólo recuperan su verdadero nombre sino también su razón de ser.

Chaile se impone un monumental desafío: suplantar por la diáfana claridad de su arte, la percepción confusa y difusa de las cosas que impera en la sociedad actual. En cierto modo, la humildad de los objetos y la pretensión de rescatar el sentido de las cosas, recuerda, salvando la enorme distancia, el texto que le dedica Heidegger a los zapatos de un campesino pintados por Van Gogh. El filósofo reflexiona sobre la condición del arte, sobre la posibilidad de revelar la verdad de las cosas. «El origen de la obra de arte» descubre el universo que abre la visión de los zapatos y cómo, de repente, esa pintura transporta al espectador lejos de la sala del Museo, lo inserta en la propia vida de un labriego. [...] «En la ruda pesadez del zapato está representada la tenacidad de la lenta marcha a través de largos y monótonos surcos de tierra labrada, sobre la que sopla el viento ronco. En el cuero está todo lo que de húmedo y espeso tiene el suelo. [...]Cruza el mudo temer por la seguridad del pan, la callada alegría de volver a salir de la miseria, el palpitar ante la llegada del hijo y el temblor ante la inminencia de la muerte». «El cuadro habló», observa Heidegger. Y agrega que no es por la descripción del zapato, ni por conocer cómo se confecciona o cuál es su utilidad, «sino frente al cuadro de Van Gogh, que el espectador puede saber lo que es en verdad el zapato de un labriego».

El poder evocativo del arte del tucumano es poderoso. Pero además, su actitud ética es una rareza, la pulcritud de su obra expresa una posición limpia, íntegra y honrada ante la vida, abre un extenso horizonte de significación ante nuestros ojos.

Dejá tu comentario