El feriado en conmemoración de la Virgen María nos obliga a comentar lo realmente relevante para nuestro mercado de capitales. Vivir dentro de un orden social implica aceptar situaciones que muchas veces no nos gustan y hasta horrorizan. El caso típico es el del vivillo que realiza su latrocinio sin romper en lo formal las reglas sociales y queda impune. Esto nos enfrenta aparentemente a un callejón sin salida. Sabemos que el caco ha sido deshonesto, que merece un castigo y que si queda sin él puede incentivar otros casos similares. Pero si lo castigamos estamos rompiendo el orden social, con lo cual caemos más bajo que el malandra. La solución es salirnos de la trampa, "tragarnos el sapo" de aceptar los hechos y de ahí en más modificar las leyes para que no se repitan casos similares. La aparición y desarrollo del mercado de capitales, en particular en su faz bursátil, ha estado y está íntimamente ligado a la idea de la separación entre el control y la actividad de los emprendimientos comerciales, lo que se plasmó en la creación de las Sociedades Anónimas. Esto permitió que las empresas fueran independientes -en un doble sentido- de la suerte de sus creadores. Si el dueño moría, la sociedad seguía funcionando, si la sociedad quebraba el accionista no sufría la misma suerte. Esto no libera a ninguna de las dos personas -la ideal y la física- de sus responsabilidades particulares, pero las separa. Así, cuando un controlante abusa de su posición para llevar a la empresa por el mal camino, las responsabilidades se reparten. Si hubo dolo, este cae sobre el controlante y/o los directivos de la sociedad y sus cómplices en el Gobierno que lo permitieron; si esto generó deudas, ellas quedan en cabeza de la empresa. Las sociedades modernas adoptaron este esquema porque es el que menos afecta el orden y el desarrollo social, al asignarle el pago que merece a cada uno, permitiendo un justo castigo y un justo resarcimiento de los afectados. La ruptura de estos principios "confundiendo al controlante con la sociedad" -y especialmente si están involucradas cuestiones personales como la venganza o el deseo de beneficiar "amigos"-, produce un quiebre de la seguridad jurídica cuyo efecto negativo es mucho más extenso, profundo y duradero que el de cualquier estafa, regulación o ley abusiva. Ojalá la Justicia y la sociedad no lo avalen (aunque por ello los cacos queden sin recibir todo el castigo que merecerían).
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