- ámbito
- Edición Impresa
“Sin un buen guión, yo no me animo a dar un solo paso”
El director junto al elenco principal de «Un cuento chino», Ricardo Darín, Muriel Santa Ana e Ignacio Huang.
Periodista: Su primera película era excelente, pero no tuvo mayor éxito. ¿Qué experiencia sacó usted de ella?
Sebastián Borensztein: La mejor. Me dije «tengo mucho que aprender». Y también me dije «esto es muy lindo, me dedicaré al cine el resto de mi vida». De esa primera experiencia todavía recibo elogios y satisfacciones, y también enseñanzas.
P.: Los personajes de ambas obras tienen cierto parecido.
S.B.: Es muy posible, porque el guionista es el mismo, es decir quien suscribe. Sí, en ambos casos se trata de personajes sufrientes, con mala suerte y obligados a soportar estafas. La diferencia es que «Un cuento chino» tiene cariz de cuento, como dice el título. Incluso también diría que tiene cariz de fábula.
P.: Una fábula que nace inspirada en un hecho real.
S.B.: Sí, apenas leí la noticia me dije «Así empezará mi nueva película». ¡Hay que imaginarse esa vaca! De a poco fui cambiando las situaciones, y convertí un pesquero japonés en un sampang chino. Pensé qué habría pasado con esa gente a la que el destino le cambió el futuro a causa de una vaca que cae del cielo. E imaginé un chino que cae, metafóricamente, en la Argentina. Ahí lo reuní con otro tema, del que siempre he querido hablar. Como soy clase 63, lo de Malvinas me pegó muy de cerca. Había sacado número bajo, de modo que no hice el servicio militar, pero varios amigos lo hicieron y debieron ir a la guerra. Yo les escribía cartas. Desde entonces, siempre tuve la idea de hacer algo sobre la generación de Malvinas.
P.: Así nace el personaje que interpreta Ricardo Darín.
S.B.: Generalmente, mientras escribo ya imagino el rostro del actor que ha de interpretar cada personaje. Pero a éste, primero lo escribí sin rostro, porque me sentía identificado con él. Recién después pensé en Ricardo. Lo leyó y se enganchó enseguida, ya mismo quería hacer la película. «Pará, pará, que necesitamos un chino», le dije. Y no cualquier chino. Debía ser muy buen actor, tener aspecto de desvalido, no cualquiera. Pensé buscar alguno en Los Angeles, donde hay empresas especializadas en actores de diferentes razas, pero mi directora de casting, Eugenia Levin, me hizo descubrir a Ignacio Huang.
P.: ¿Usted nunca había visto ninguna de sus apariciones en cortos y películas de jóvenes, por ejemplo la comedia «Apolonia Borgoña»?
S.B.: Ninguna. Para mí fue una total sorpresa. Nacho es un tipo de gran percepción. Captó enseguida mi propósito. Se llevó el guión para estudiarlo, y en dos días lo trajo con una devolución extraordinaria de su personaje. Aportó gestos, construcciones, cosas de los chinos que uno no sabe. Con él disfrutamos una gran ventaja, porque tiene aspecto oriental y formación occidental, conoce los códigos chinos y los argentinos, ya que vino aquí cuando niño. Resulta gracioso verlo actuar el personaje de extranjero que no entiende nada, siendo que él entiende todo. Bueno, apenas me trajo la devolución, lo llamé y le dije «¿Te animás a trabajar junto a un actor importante?». Me dijo que se animaba, me levanté, abrí la puerta de la oficina, y ahí entró Ricardo. ¡Cómo se le abrieron los ojos!
P.: Al final, quien abre los ojos es el personaje de Darín.
S.B.: Claro, la intención era generarle un golpe emocional fuerte. Sólo ese sacudón podría sacarlo de la trinchera emocional en que vive.
P.: Y hacerle ver de otra forma a la vecina enamorada.
S.B.: Gran actuación de Muriel Santa Ana. Su personaje es una chica de mente naive y optimismo a prueba de balas. Ella viene por lo suyo, totalmente convencida, ve lo que otras no ven, y tiene paciencia y perseverancia.
P.: De fábula. ¿Qué escenas filmó en España?
S.B.: Gracias a la coproducción con Tornasol Films, de Gerardo Herrero, filmamos en los estudios de Ciudad de la Luz, Alicante, todas las escenas que transcurren dentro de la casa, incluso el fondo, tan porteño, y también las escenas de los amantes al borde del barranco y de la barbería en un típico pueblo mediterráneo, todo en estudio, con dirección de arte de Valeria Ambrosio y Laura Musso.
P.: ¿Y las terneras de la secuencia ambientada en China?
S.B.: Son argentinas. Esa parte la filmamos en Pilar y Luján, haciendo luego un trabajo de composición de capas para agregarle montañas al fondo del campo y el rio. En cuanto a las escenas en la Embajada de la República China, las hicimos en el edificio de una fundación médica sobre Libertador, una tremenda casa señorial. Le pregunté a Nacho si se enojarían por la parte donde se ve a los empleados haraganeando, pero me dijo que no tienen mucho de qué enojarse. A fin de cuentas, son ellos quienes se mueven y encuentran al pariente que nuestro chino está buscando.
P.: ¿Qué viene ahora?
S.B.: Como diría Mostaza Merlo, vamos paso a paso. Según me enseñó el querido Eduardo Mignogna, un buen guión es el arte de la reescritura. Y yo sin un buen guión no me animo a dar el menor paso. De modo que por ahora me dedico a esta obra. Y mientras, sigo escribiendo. En algún momento saldrá otra del horno. Pero todavía no.
Entrevista de Paraná Sendrós

